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05 de Feb de 2023

  • Ingrid Perscky

Columnistas

La historia de Mina, Tamara y Yesenia

‘Vivo entre sordos que se hacen los mudos con la excusa de que se hizo lo que se pudo ', Hordo.

‘Vivo entre sordos que se hacen los mudos con la excusa de que se hizo lo que se pudo ', Hordo.

¿Cómo empezar esta historia tantas veces contada y muchas más ignorada? Historias de pobreza, ignorancia, discriminación y desesperanza. Historias que se perpetúan de generación en generación de mujeres donde, cada vez más, se sobreponen los ciclos de reproducción de abuelas, madres e hijas. Y no hablamos de mujeres insertadas en un núcleo donde se comparte al menos algo de responsabilidad de los hijos y las necesidades del hogar. ¡No! Estas son historias de mujeres abusadas, sin autoestima y con futuro incierto. ¡Mujeres que hasta parece que Dios hubiera olvidado!

Mina nació en Piedras Blancas-Coclé hace 65 años, en el seno de una familia muy pobre y solo llegó hasta tercer grado. Inicia su vida sexual a los 18 años y tiene su primer hijo de una relación pasajera al cual cría sola; eventualmente encuentra pareja y enviuda hace nueve años. Nunca se casaron, vivían en pobreza extrema, tuvieron un hijo y una hija y ‘mi señor ' era el que aportaba económicamente. ‘De esas cosas de sexo nadie me habló y por el interior la gente se esconde para hacerlo ', me dijo, ‘era bueno y solo me pegaba de vez en cuando si lo contradecía y cuando tomaba '. Hoy vive en un rancho en algún lugar de La Chorrera y carece de las más elementales necesidades, y sus hijos varones ‘el mayor tiene problemas con la ley y el otro es su vecino, pero se desentiende ', no la ayudan. ‘Por aquí no viene nadie ni la iglesia y ni siquiera para las elecciones '. Imagínense, ¡hay que estar muy mal para que ni los políticos te visiten cada cinco años!

Tamara, su hija, tuvo pareja a los 18 años y procreó dos hijas casi de inmediato; en la actualidad tiene 36 años. Se deja con el marido para unirse a otro hombre, quien no le permite llevarse a sus hijas, las cuales deja con Mina y su esposo. ¡Dios bendiga a los abuelos! Como no trabaja y además concibe otro hijo, no puede ayudarlas económicamente y el esposo no le permite verlas y ‘su señor ', me dice Mina —y no, no estamos hablando de Jesucristo o el Rey—, ‘toma mucho, la cela y la insulta '. El papá también se desentiende de las niñas y Mina, con mucho sacrificio, logra educar a Daniela y Yesenia, sus nietas, hoy de 16 y 18 años. Yesenia, una estudiante brillante hasta tercer año, empieza a ver videos de pornografía en las casas de las amigas y de lugares donde trabajaba a veces; ella misma me cuenta: ‘Nadie nunca me habló del sexo y yo hacía lo que veía y mis amigas lo hacían por ropa o un celular '. En un viaje al interior, el conductor del bus, de 54 años —¡sí!, cinco y cuatro, no está leyendo mal— ‘me enamoró y me fui a vivir con él... antes de eso yo no había tenido sexo así '.

Yesenia desaparece sin dejar rastro, por lo cual su abuela pone una alerta en la DIJ. Pasan meses hasta que finalmente es visualizada en un lugar del interior donde la recogen y la regresan a casa. Al poco tiempo descubre que está embarazada, el ‘violador ' reconoce al niño y le da su apellido, pero la abandona y solo le envía $30 al mes. ¿Cómo funciona el Registro Civil? Mamá 16 años, Papá, 54... ¿y la DIJ? ¡Dios, en qué mundo vivimos! Hoy Yesenia y su bebé de nueve meses viven en el rancho con su hermana y Mina, quien a sus 65 pesados años sigue trabajando como doméstica para sobrevivir, al igual que Yesenia, quien por unos pocos dólares lava y plancha donde le permiten llevar a su hijo. Solo reciben la beca Universal para la hermana menor.

Estas historias se repiten de generación en generación a lo largo y ancho del país, ante la complaciente indiferencia de la mayoría de nosotros.

Necesitamos con urgencia enfrentar el tema de la educación sexual y reproductiva —¡guías incluidas por supuesto!— sin prejuicios sociales ni atavismos religiosos o morales.

De no hacerlo, seremos cómplices de perpetuar el círculo de la miseria de la mujer, quien no puede ni debe ser más ni la ‘posesión del señor ', ‘pecadora de la iglesia ' o estadística de los Gobiernos, las ONG y los obituarios.

Esta es una historia de la vida real y yo doy fe de ella.

URÓLOGA