09 de Ago de 2022

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    Mireya Lasso

Columnistas

El futuro de reprobados y desertores

‘El esfuerzo por promover la excelencia educativa es loable y contribuye en forma concreta a solucionar el problema de reprobados y desertores'

Según datos de la Contraloría General, unos 49 mil estudiantes de educación premedia y media en planteles oficiales dejaron de aprobar de una a tres materias en el año lectivo 2013 y tuvieron que participar en sesiones especiales de rehabilitación durante sus vacaciones. Por su lado, cerca de 24 mil jóvenes reprobaron íntegramente el año escolar y debieron repetirlo. Por añadidura, a esas cifras de fracasos debe añadirse el hecho de que ese mismo año cerca de 13 mil estudiantes desertaron de escuelas públicas.

Estos resultados de por sí deben llamar la atención por muchas razones; pero, lo que es peor: posteriormente se han divulgado cifras más alarmantes. El año pasado 20 mil estudiantes abandonaron sus escuelas, mientras que en los primeros meses del presente año escolar más de 180 mil han mostrado fracasos. Estos resultados no son aceptables y deben llamar a reflexión: es inadmisible que en un período escolar cerca de 37 mil estudiantes hayan dejado de aprovechar el esfuerzo del Estado, abandonando sus estudios o repitiendo el año lectivo, y 180 mil no hayan podido asimilar el conocimiento ofrecido.

Esas cifras revelan una lamentable pérdida de tiempo, de recursos y de esfuerzos de nuestro sistema educativo y de los padres de esas criaturas, comenzando por el desperdicio de limitados recursos técnicos, administrativos y financieros del Estado. Según datos oficiales de la Contraloría, en el 2013 el costo de la educación por estudiante de premedia y media fue de B/.1250.00, lo que indica que se desperdició más de B/.46 millones en esfuerzos inútiles que no produjeron los resultados esperados con estudiantes que desertaron o que reprobaron totalmente. A este gasto habría que sumarle el costo del período de clases de rehabilitación para estudiantes aplazados parcialmente.

Otro aspecto, quizá más importante, es el costo para la sociedad al verse impedida de poder aprovechar el intelecto, capacidad y formación de los jóvenes que desertan, que podrían brindar su aporte positivo al desarrollo nacional. Tampoco es de ignorar la suspicacia natural que suscite dudas sobre la eficacia de una formación adecuada de quienes se someten a un proceso rápido —quizá superficial— de rehabilitación que podría resultar una inadecuada preparación de jóvenes. Quienes pierden en forma directa son los propios jóvenes fracasados o desertores porque sin la base apropiada para luego acceder a una sólida formación profesional o vocacional, aunque básica, no podrían obtener mayores ingresos que les posibiliten un mejor nivel durante sus vidas productivas.

Por eso es motivo de optimismo el esfuerzo que está haciendo la Fundación para la Promoción de la Excelencia Educativa, que organizó, con el apoyo del MEDUCA, un concurso entre las 200 escuelas públicas de todas las regiones del país que participaron voluntariamente para evaluar conocimientos de lenguaje, matemáticas y ciencias entre estudiantes de sexto, noveno y duodécimo grados. Una de las escuelas participantes, por ejemplo, tiene como objetivo educativo el desarrollo de la capacidad de análisis de sus educandos. Diez jóvenes fueron escogidos en cada plantel para responder preguntas sobre esas tres asignaturas. Contrastan estos esfuerzos con la decisión oficial anterior de no participar en las evaluaciones en lectura, matemáticas y ciencias del programa PISA.

El propósito del concurso es incentivar a la comunidad educativa para resaltar la calidad del proceso enseñanza-aprendizaje, destacando la excelencia educativa y valorando el desempeño del docente. La única forma de progresar es incentivando el aprendizaje y midiendo el aprovechamiento de los evaluados, reconociendo los méritos donde los haya. El esfuerzo por promover la excelencia educativa es loable y contribuye en forma concreta a solucionar el problema de reprobados y desertores.

EXDIPUTADA