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18 de Apr de 2021

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Ernesto A. Holder

Columnistas

Opiniones a ciegas

Llegó a tener una de las clases más concurridas por los estudiantes que a la larga cayeron en su trampa

Opiniones a ciegas
Opiniones a ciegas

Tuve un profesor que nos insistía en no ‘opinar a ciegas', por lo menos en su clase. Que no abriéramos la boca para repetir las mismas generalidades sobre lo que se discutía. Exigía aportes educados y bien formulados. Era mejor quedarse callado. Mejor aún, conocer algunos pros y contras de lo que se trataba.

Dictando una clase se daban acontecimientos como: ‘Díganme, ¿por qué tal o cual cosa?...', ‘Porque así o asá, profesor', contestaba alguien. ‘Nop'. Otro: ‘Porque equis o ye o zeta, profesor'. ‘Naaa. Leíste solo la introducción del libro'. ‘¿Quién más? Fulana: ¿qué me dices?'. ‘El asunto es que así o asá, profesor...'. ‘Tú estabas con el que leyó la introducción. ¿Alguien más?...'. ‘Profesor, yo creo que tal o cual cosa... porque equis o ye'. Silencio. Era una clase amena y enriquecedora; su silencio significaba que más o menos estabas un tanto cerca de la realidad del tema y de allí él profundizaba sobre el asunto.

Llegó a tener una de las clases más concurridas por los estudiantes que a la larga cayeron en su trampa: investigar antes de abrir la boca. Lo importante era entender, como decía, los hechos discutidos en la clase en el marco de la mayor cantidad de información posible a favor o en contra. No daban mucho espacio a utilizar la carta de la opinión personal: ‘Tengo derecho a mi opinión'. Eso será cierto, pero no significa que sea correcta y mucho menos si no está fundamentada por la evidencia científica y comprobada.

En el día a día, nos vemos enfrentados al dilema del derecho a la opinión personal. No hay mucho que se pueda hacer cuando alguien te espeta ‘tengo derecho a mi opinión', no importa qué tan desinformado esté. La semana pasada toqué el tema de las redes sociales y la posibilidad de repensar su utilidad. Eso, ante lo ocurrido con la incesante y malévola desinformación durante el evento del huracán Otto y el tema de las noticias falsas que impregnaron considerablemente el proceso comunicativo de la campaña electoral en los Estados Unidos. Mi llamado de atención no es una amenaza a la libertad de expresión.

En términos generales muchos de los que escribimos en estos espacios dedicamos un tiempo prudencial a la investigación sobre el tema que vamos a tratar. O, la mayoría son expertos, educados al más alto nivel en temas específicos: medicina, ambiente, salud pública, derecho, educación, tecnología, finanzas, economía, etc. No hay duda de que en algunos temas, particularmente los político-ideológicos, el que opina sesga sus observaciones conforme a sus más íntimas convicciones político-sociales o religiosas.

Se trata muy poco de ser objetivo, eso es difícil muchas veces. El pequeño diablito que tenemos a lo interno toma control de nuestras más crudas emociones y, nublada la razón, nos esquinamos en lo que consideramos nuestro ‘derecho a opinar' para no darle espacio, ni una pulgada, a otra idea que puede ser contraria a la nuestra.

El acceso a las redes sociales ha permitido que todos puedan opinar sobre todos los temas que se discuten; y lo hacen. Hoy día, los llamados call centers corrompen los asuntos cotidianos; y las oficinas de comunicación de empresas y entidades oficiales también hacen lo propio para acomodar sus verdades a través de su personal responsable de las redes sociales.

Realmente me apresa con total asombro el hecho de que algunas personas, en algunos temas puntuales, razonan y opinan gutural y emotivamente contrario al balance lógico y razonable ante los hechos evidentes. Es decir, dejan a un lado el análisis frío y concienzudo de la realidad existente y visible para abrazar y defender los escenarios creados por terceros sin corroboración, evidencias ni fundamento. Imaginario que ha sobrevivido por la repetición de discursos o ideas presupuestas, medias verdades o simplemente mentiras. Ya me imagino una clase sobre el tema de la muerte de Fidel Castro y la historia de la Revolución cubana.

La mayoría, convencida, reenvía los mensajes que recibe sin tomarse un tiempo para verificar o investigar lo planteado. Solo se conforma con ‘la primera página', como diría mi profesor, quien debe estar anonadado, como lo estoy yo. En mi humilde opinión, la libertad de expresión y el derecho a opinar tienen la obligación de ir de la mano con información confiable y veraz, sustentada por la investigación objetiva y la honestidad.

COMUNICADOR SOCIAL.

‘... nos vemos enfrentados al dilema del derecho a la opinión personal. No hay mucho que se pueda hacer cuando alguien te espeta ‘tengo derecho a mi opinión', no importa qué tan desinformado esté'