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19 de Apr de 2021

Andrés L. Guillén

Columnistas

La magia de la religión

La religión es un sueño de esperanza y fe, del cual los creyentes nunca despiertan

La religión es un sueño de esperanza y fe, del cual los creyentes nunca despiertan. Es, además, una virtud adquirida a través de las creencias de cada religión, fuente de santidad y alegría, sin ser apología o remedio contra toda culpa (para esas religiones que creen que los humanos nacen culpables).

Para estas, todo mal y sin duda todo bien conllevan la noción del pecado (como ofensa hecha contra Dios y sus mandamientos) que para las religiones judío-cristianas, forman parte de sus tradiciones morales y espirituales, que ven, en esa culpabilidad humana, una oportunidad para perdón divino.

Casi todas las religiones monoteístas sirven para tranquilizarnos, para consolarnos, para hacernos creer y obedecer, ya que basan su teología en esa misma metáfora que define a Dios como lo único verdadero, fuente de todo bien, lo que amerita su necesaria adoración.

Buscar a Dios, después de despertar de ese sueño, es tarea de ateos porque tanto ateos como agnósticos ven con otros ojos las vicisitudes (y los pecados) de los humanos y los confrontan con intelecto y espíritu critico, en el mundo actual, sin recurrir a ‘esas mentiras colectivas, piadosas y de buena fe' que para ellos proliferan en las creencias religiosas.

Esta duda inteligente, dirán algunos, muestra una consciencia más atenta a no dejarse engañar, que irse en busca de la verdad. Lo curioso es que para librarse de esa misma duda, tanto ateos como creyentes recurren a demostraciones racionalmente validas, en actos que implican tanto una posibilidad como un hecho, pues los humanos siempre actuamos para satisfacer algo que esta por hacer, tanto así que la inacción supone lo contrario.

En sentido ontológico, el acto (como hecho) contrapone lo real a lo posible (su potencia), en cuanto lo real solo nace de lo posible; por ejemplo, el mármol es una estatua en potencia y se hace real solo cuando el escultor ha terminado el acto de esculpirla.

Todas las religiones, tienen como preámbulo de sus creencias, la existencia de un Dios, parte de su magia sobrenatural, tan necesaria para fortalecer la fe de sus creyentes, pero es precisamente en la explicación (Dios como posibilidad) de esa misteriosa existencia (Dios como hecho) que comienza a complicarse el misterio de sus dogmas.

Su fuente no son actos racionales sino la revelación divina a través de un intermediario (por ejemplo, Moisés, Jesús, Mahoma), que para ateos es casi como si un pajarito hablara del lado oscuro de la luna.

No así la espiritualidad, como presencia y verdad universal, que no desemboca en Dios, sino en sabiduría porque es una dimensión de la condición humana; que no apela a un ser supremo sino a la práctica de la inmanencia (la presencia de todo en todo); que es una terapia de salvación personal, como las enseñanzas orientales – Budismo, Sintoísmo, Taoísmo, y hasta cierto punto el Hinduismo – que son doctrinas espirituales de validez universal.

La magia de las religiones esta en esa espiritualidad, humana y divina a la vez.

CIUDADANO