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25 de Jun de 2022

  • Mario J. Galindo H.

Columnistas

Trump o el perfecto demagogo de derechas

‘No sé si todos los que votaron por Trump se lo merecen. Pero sospecho que muchos de ellos se le parecen. ¿Será que ese parecido determina que se lo merezcan?'

UN POCO DE HISTORIA - Empiezo con un poco de historia supercondensada. Los filósofos griegos Platón y Aristóteles, entre otros, así como el romano Cicerón, que escribieron antes de la era cristiana, y trece siglos después de Cicerón, Santo Tomás de Aquino, quien, a la luz de la teología escolástica, retomó las teorías de Aristóteles, hicieron importantes aportes en lo relativo a la clasificación de las distintas formas de gobierno. Esos aportes todavía gozan de gran predicamento.

En tesis general, para todos ellos hay tres formas de buen gobierno y otras tantas de gobiernos espurios. Dicha clasificación se basa en dos criterios complementarios. A tenor del primero, los gobiernos se clasifican según el número de personas que ejercen el poder supremo del Estado y, conforme al segundo, según el gobernante ejerza dicho poder en función del bien común, es decir, del interés general de los gobernados o, por el contrario, en función del interés privado o mezquino del gobernante.

En atención a los referidos dos criterios, las tres formas de buen gobierno son la autocracia o monarquía (gobierno de una sola persona), la aristocracia (gobierno de los mejores) y la democracia (gobierno del pueblo). Esas tres formas de gobierno pueden degenerar, respectivamente, en tiranía, en oligarquía y en demagogia, en la medida en que los gobernantes no actúen en función del interés general o bien común. Vista así, la demagogia sería una patología exclusiva de la democracia.

DEMAGOGIA O EL ARTE DE CONQUISTAR EL PODER - Ahora bien, en mi concepto, la demagogia, más que como una forma espuria o corrompida de la democracia, hay que entenderla como lo que realmente es en la actualidad, es decir, como una herramienta o técnica política que se emplea con la mira o propósito de conquistar el poder del Estado o de conservarlo. En consecuencia, esta técnica puede darse en cualquier tipo de gobierno y a ella puede recurrir el propio gobierno cuando ve amenazada su estabilidad.

Así, no es extraño que el gobierno recurra a tácticas demagógicas para no perder el poder político y, por lo tanto, cabe hablar de demagogia monárquica o aristocrática u oligárquica o democrática o teocrática, sin que, por lo demás, la demagogia sea patrimonio exclusivo de ningún matiz del espectro ideológico, de suerte que hay demagogia de la izquierda, de la derecha y del centro políticos.

DEMAGOGIA CON TINO DE TAHUR FULLERO - En las recientes elecciones de Estados Unidos el candidato triunfante Donald Trump hizo gala de una demagogia de derechas sin precedentes en la historia de ese país.

Su principal carta de presentación ante el electorado fue la de ser él mismo, sin tapujos. No disimuló nada y transgredió todas las normas del paradigma de lo políticamente correcto. Así, hizo ostentación de su condición de fanfarrón, sabelotodo, arrogante, narcisista, multimillonario, xenófobo, egocéntrico, lenguaraz, teatrero, embustero y altanero. Trump es, sin duda, todas esas cosas y tal vez otras peores que aún no conocemos. Pero, que nadie se equivoque, no tiene un pelo de tonto.

¿Cómo fue entonces que una persona de semejante calaña pudo alzarse con el triunfo, contra todos los pronósticos y la oposición de todos los medios de comunicación social norteamericanos (salvo los de extrema derecha), que incluso lo calificaron de no apto para ser presidente? Creo que la respuesta es sencilla: Trump tuvo el olfato y el ojo zahorí que le permitieron detectar, con tino de tahúr fullero, el estado de ánimo, el temperamento, el humor, las frustraciones, el malestar, los resentimientos y el racismo de vastos sectores del electorado de su país y, a partir de allí, aplicó, sin asco y sin frenos, la nunca desmentida tesis de que a los electores se les seduce más fácilmente apelando a su afán de obtener provechos o revanchas inmediatas o explotando sus emociones y sus prejuicios subconscientes que proponiéndoles argumentos dirigidos a su razón.

DEMAGOGIA CON SAÑA DE MALHECHOR - Trump explotó esos resentimientos y fobias con vergonzosa eficacia y, así, la emprendió contra los mexicanos indocumentados, culpándolos falsamente de todas las fechorías y delitos que se cometen en su país, asegurando, además, que los deportaría a todos y que, para evitar que regresaran, construiría una muralla infranqueable entre México y Estados Unidos; contra los musulmanes, tildándolos a todos de terroristas; contra los tratados de libre comercio, aseverando que eran responsables de que Estados Unidos hubiese dejado de ser jauja; contra la corrupción del sistema político de Washington, afirmando que él era la única persona dispuesta a combatirla y erradicarla porque jamás había ocupado un cargo público; contra su contrincante Hillary Clinton y su esposo Bill Clinton, expresidente de los Estados Unidos, a quienes demonizó con saña de malhechor y de quienes afirmó que eran la encarnación de todos los defectos de la casta washingtoniana, prometiendo, además, que al llegar a la Presidencia haría cuanto estuviera a su alcance para meter a Hillary en la cárcel; contra la teoría científica según la cual el cambio climático es obra de la actividad del hombre, afirmando que esa falsa teoría es un invento de la China comunista para entorpecer el desarrollo económico de los Estados Unidos; contra el acuerdo celebrado con Irán (con el patrocinio del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas) para someter a estricta vigilancia el programa nuclear iraní con la mira de impedir que se desviara hacia la fabricación de armas nucleares y contra la Ley de salud aprobada por el presidente Obama, aseverando que derogaría el acuerdo y la ley en cuestión, por desastrosos no bien pusiera sus pies en la Casa Blanca.

Gracias a esas posturas de ostensible corte populista, Trump atrajo a su redil a una cantidad enorme de votantes blancos, sin cuyo apoyo no habría podido acceder jamás a la Presidencia de su país. Cabe recordar aquí que el electorado blanco constituye más del setenta por ciento (70 %) de los ciudadanos habilitados para votar en Estados Unidos.

Docta, inteligente, experimentada y metódica, pero huérfana de carisma y lastrada por un añejo desprestigio, Hillary Clinton combatió con argumentos muy puestos en razón la demagogia de Trump. Lamentablemente, el fragor de las campañas políticas en las sociedades abiertas y multipartidistas es ambiente inhóspito para el florecimiento y prosperidad de la razón.

LOS ESLOGANES EFECTISTAS - Aparte de sacarle enorme provecho político a su inocultable demagogia, en su campaña Trump no hizo otra cosa que repetir, hasta el cansancio, eslóganes simplistas y efectistas que le prometían todo y, simultáneamente, nada concreto al electorado. Como, por ejemplo, ese de que restauraría la grandeza de los Estados Unidos o aquel otro de que su país volvería a ser el centro manufacturero más importante del mundo.

EL SISTEMA ECONÓMICO NEOLIBERAL - Trump es, huelga decirlo, beneficiario del sistema económico hoy denominado neoliberal, que no es más que la vuelta a lo que en mi vida de estudiante llamábamos liberalismo manchesteriano, según el cual el Estado no debe intervenir en absoluto en el funcionamiento de la economía, ya que la mano invisible del mercado, por sí sola, se encarga de corregir todas las desigualdades que surgen entre las distintas clases que componen el conglomerado social.

REAFIRMACIÓN DEL LIBERALISMO MANCHESTERIANO - Por tanto, el discurso político de Trump lejos de criticar el liberalismo manchesteriano, generador de profundas inequidades, prometió reforzarlo. Las pocas propuestas concretas que hizo durante la campaña estaban claramente enderezadas en tal sentido. Así, anunció que les rebajaría los impuestos a los ricos y a las empresas y que, además, suprimiría todas las regulaciones que entorpecieran el desarrollo de las actividades de los empresarios, a fin de que estos pudieran, libremente, campar por sus respetos en la promoción de sus negocios, comprometiéndose a derogar, de un plumazo, las restricciones que en su momento se establecieron para frenar los abusos financieros que condujeron a la recesión mundial de 2008, así como las relativas a las medidas de mitigación para frenar el cambio climático.

LA GLOBALIZACIÓN - Sin embargo, Trump, como queda dicho, no tuvo empacho en rechazar uno de los principios nucleares del capitalismo neoliberal globalizado.

Poco le importó que este rechazo implicara desafiar la posición de los jerarcas del Partido Republicano. Para él lo único importante era asegurar los votos de los cientos de miles de personas que perdieron sus puestos de trabajo a consecuencia de los tratados de libre comercio.

En tal sentido, prometió gravar con altos impuestos de importación los productos fabricados en China, Vietnam y México, a fin de traer de vuelta los puestos de trabajo que emigraron a esos países.

Es claro que el efecto inmediato de esa medida sería el encarecer el precio de muchísimos artículos importados de consumo popular. Empero, eso le importa un bledo a Trump. A fin de cuentas, quien pagaría las consecuencias no sería la gente que tiene plata, sino la gente pobre, especialmente los trabajadores que en Estados Unidos se denominan los ‘working poor', es decir, aquellos cuyo salario ni siquiera les alcanza para malvivir. Para ellos no hubo ni la promesa de un aumento del salario mínimo.

COLOFÓN - Suele decirse que los pueblos eligen a los gobernantes que se merecen o los que se les parecen. No sé si todos los que votaron por Trump se lo merecen. Pero sospecho que muchos de ellos se le parecen. ¿Será que ese parecido determina que se lo merezcan?

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