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18 de Jan de 2021

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Rafael Carles

Columnistas

Una confesión personal

Por primera vez tomé conciencia de la importancia de las políticas alimentarias a finales de la década de los años 70

Por primera vez tomé conciencia de la importancia de las políticas alimentarias a finales de la década de los años 70, cuando cursaba estudios universitarios y decidí escribir una tesis sobre la bioquímica de las vitaminas. Estaba ansioso por aprender sobre nutrición, más por razones personales que académicas. Quería saber qué vitaminas debía tomar para aliviar padecimientos y enfermedades. Así que, cuando empecé la investigación, observé con preocupación cómo los requerimientos vitamínicos desaparecían de las dietas una vez los alimentos eran procesados y empacados por los grandes consorcios mundiales de alimentos.

Aconsejar sobre la ingesta de vitaminas en esos días parecía algo de otro mundo, al punto que clínicamente era muy raro que un médico sintiera gratificación en hacerlo. Parecía irrazonable que los médicos no tomaran el tiempo necesario para aconsejar más a los pacientes sobre la prevención de enfermedades. Pronto entendí que, si quería enfocarme en la prevención de enfermedades más que en su tratamiento, debía primero abogar por cambiar la mentalidad de los médicos y segundo por cambiar el enfoque de producción industrial de alimentos. Esto significaba, por supuesto, que había que convencer a las autoridades a impulsar políticas alimentarias y nutricionales dirigidas a promover salud y, definitivamente, esto también rompía el statu quo y trastocaba los intereses de la industria de alimentos. El único que en esa época públicamente se atrevía a promover la medicina ortomolecular y demostrar sobre los beneficios de las vitaminas era Linus Pauling, premio Nobel de Química y de Paz.

En 1980 terminé de escribir la tesis y el primer capítulo empezaba así: Todos los países procuran asegurar un suministro de alimentos adecuado para que su población no pase hambre, pero en el camino los Gobiernos patrocinan una amplia variedad de programas de producción de alimentos y apoyo agrícola que no necesariamente nutren saludablemente a la población. Estas actividades de subsidio se desarrollan en ausencia de una política alimentaria coherente, lo que resulta en la fragmentación de programas eficaces de nutrición y en el surgimiento de enfermedades relacionadas con la ingesta de productos dañinos para la salud.

Han pasado casi 40 años desde entonces y ya somos muchos los que hemos publicado infinidades de estudios y artículos sobre el tema, y hoy podemos observar un camino más claro que antes para abordar los problemas de salud pública a través de una alimentación saludable. Ya existe un nivel de conocimiento público más sólido y una comprensión responsable de la nutrición y los alimentos que permiten establecer objetivos para la prevención de enfermedades crónicas como diabetes, hipertensión, cáncer y obesidad. Todos los países, incluyendo Panamá, son signatarios del compromiso global para asegurar el suministro de alimentos sanos para satisfacer las necesidades nutricionales de todos los segmentos de la población.

Aquella primera experiencia como estudiante, seguida por dos décadas continuas en la industria química, una década en la Clicac y Acodeco, y casi dos décadas escribiendo en medios de comunicación, nos han permitido construir una posición firme sobre lo que es correcto y responsable en materia de salud pública. Y es que, a pesar del consenso que existe sobre los elementos básicos de las dietas saludables, los beneficios de las frutas y los vegetales, la noción de las calorías balanceadas y el daño de comer demasiada comida chatarra, el mayor impedimento para el desarrollo de las políticas de alimentación saludable es la intransigencia que existe de parte de los grandes consorcios mundiales de producción de alimentos de interponer sus intereses particulares por delante del bienestar general de los consumidores. Por supuesto, cada vez que surgen evidencias sobre los efectos adversos de la sal, el azúcar, las grasas saturadas, el alcohol, la cafeína, las calorías y los aditivos alimentarios, se produce un debate vigoroso que termina la mayoría de veces en descalificaciones, intimidaciones y amenazas.

Luego de toda una vida de investigación científica y estudios superiores, seguimos señalando las arbitrariedades y escuchando los argumentos financieros de compañías que obstaculizan el desarrollo de políticas para promover salud y bienestar. Definitivamente, no solo se trata de impulsar la producción de alimentos y de inundar el mercado con productos procesados, sino de conceptualizar una política alimentaria verdadera diseñada directamente para promover salud y evitar enfermedades.

EL AUTOR ES EMPRESARIO, CONSULTOR EN NUTRICIÓN Y ASESOR EN SALUD PÚBLICA.