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03 de Apr de 2020

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Jorge Luis Macías Fonseca

Columnistas

Un desafortunado discurso

Lo peor que puede pasar es la pérdida de confianza y pareciera que de eso se trata.

Hay discursos hechos para cumplir, impresionar, lisonjear o para lo que se proponga el que habla. Los hay también de tipo político cuyo contenido cumple una serie de propósitos y mucho más si se trata de quien lo expresa, es decir de la figura que lo porta.

El caso que nos ocupa es el discurso del primer magistrado de la nación. En cualquier lugar del mundo son motivo de atención ciudadana las palabras o intervenciones públicas del mandatario. Son momentos importantes para la comunicación con el elector, para establecer o mantener un acoplamiento y por supuesto, para plantear las tareas resueltas y las que quedan pendientes.

El reciente discurso presidencial —a propósito de la instauración de un nuevo periodo de la Asamblea Nacional— fue insustancial, intrascendente y más bien cumplidor del protocolo exigido en este evento.

Transcurridos tres años de una sinuosa gestión gubernamental, quedaba hacer el necesario balance de lo actuado y centrar la atención en los temas trascendentes, vitales, preocupantes y sentidos de la sociedad panameña. No se trataba de un discurso para la defensiva ni tampoco para la ofensiva y mucho menos para distraer estableciendo responsabilidades a los medios de comunicación sobre la pobrísima percepción que tiene la comunidad nacional sobre el accionar del Gobierno.

Y es que la realidad es una, la cual era merecedora de ser reconocida en el discurso presidencial. Tal vez, hubiera salido ganancioso el primer magistrado de la nación y menos maltrecha la imagen y de pronto obtenido un aliento, el Gobierno en su conjunto. Señalar lo que no es correcto, desde luego, es incorrecto. Tal y como decía un intelectual panameño, José de Jesús Martínez: ‘Ver bien lo que no está bien, es no estar viendo bien'.

Pretender incorporar a la psiquis colectiva la existencia de una realidad inventada que no se corresponde con la realidad vivida y presente, es no ser consecuente con una comunidad que espera de los rectores de la cosa pública los valientes actos de reconocimiento del fracaso para poder emprender el camino de las soluciones.

Plantear que no hay un reconocimiento al ‘país que todos estamos construyendo', es una sentencia cuyo contenido es ilusorio y por consiguiente falso. Cabría preguntar: ¿cuál es ese país? Desde luego al no encontrarlo, queda más bien haber reconocido al país que algunos, están destruyendo.

Los espacios y las oportunidades públicas deben ser bien aprovechadas. Se eligen a los hombres para que gobiernen en favor de la gente. Y por supuesto para que se sienta que se da la confianza para que actúen sin enmascaramientos y de la manera más correcta y justa.

Cada aparición pública del presidente de la República debe concentrar toda la atención ciudadana. No debe ser motivo de repulsa y desaliento. No cabe duda alguna de que a la población no le importa lo que se diga y ya tampoco quién lo diga. Si esto se da así, sigue perdiendo la figura presidencial y consecuencialmente el Gobierno. Lo peor que puede pasar es la pérdida de confianza y pareciera que de eso se trata.

DOCENTE UNIVERSITARIO.