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31 de Oct de 2020

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Rafael Carles

Columnistas

Adicción a dispositivos móviles

Desafortunadamente, así no trabaja el mundo... y mucho menos la mente.

Los panameños gastan más en tarjetas celulares que en arroz, según encuesta de Ditcher & Neira en 2010. Los estadounidenses navegan un promedio de seis horas al día en dispositivos móviles, según la firma eMarketer. Tres cuartas partes de los jóvenes de 18 a 25 años dicen que agarran sus teléfonos inmediatamente al despertar por la mañana y una vez fuera de la cama revisan sus teléfonos 220 veces al día, un promedio de cada 4.3 minutos, según un estudio del Reino Unido. Este número realmente puede ser más alto, debido a la tendencia de subestimar nuestro propio uso del teléfono móvil; en una encuesta de Gallup en 2015, el 65 % contestó que revisó sus teléfonos con menos frecuencia que lo que realmente hacía.

La transformación hacia la tecnología móvil ha ocurrido con una rapidez sin precedentes. Los primeros iPhones con pantalla táctil salieron a la venta en 2007, seguidos por los primeros teléfonos con Android el año siguiente. Los teléfonos inteligentes pasaron del 10 % al 40 % de penetración en el mercado, más rápido que cualquier otra tecnología de consumo en la historia. En Panamá, la adopción llegó al 30 % hace solo tres años. Sin embargo, hoy, no llevar un teléfono inteligente indica la excentricidad, la marginación social o la vejez.

¿Qué significa pasar de la noche a la mañana a una sociedad en la que la gente camina por la calle mirando una pantalla, en vez de contemplar viendo alrededor? No estaríamos aferrados a los teléfonos inteligentes si no creyéramos que nos hacen más seguros, más productivos, menos aburridos y más útiles. En una encuesta mundial del Centro Pew en 2015, en el 70 % de los países encuestados se dijo que las personas usan sus teléfonos para evitar tener que hablar con otros cerca, una clara evidencia de que la nueva revolución de la comunicación está degradando la calidad de las relaciones humanas, con la familia y amigos, y entre colegas y parejas.

Sentimos que las raíces del problema radican en la facilidad con que los jóvenes son absorbidos por los dispositivos móviles y en la comodidad para desarrollar su independencia total. Al crecer en la infancia con juguetes robóticos y tener conexiones virtuales inmediatas en la niñez, los teléfonos y los mensajes de texto interrumpen y obstaculizan la capacidad de comunicación en la adolescencia. Los maestros reportan que los estudiantes no hacen contacto visual ni responden al lenguaje corporal, sin saber que para los jóvenes el arte de la amistad es cada vez más el arte de mejorar sus perfiles en Facebook, Snapchat o Instagram, donde se relacionan entre sí en torno a un flujo de información compartida.

Lo que los jóvenes nunca hacen en sus teléfonos inteligentes es realmente hablar entre sí. Pareciera como si nunca hubieran aprendido a hablar en persona. Las relaciones familiares también se han trastocado con nuevos modos y costumbres digitales, y los conflictos tienden a resolverse ‘por texto'. Los padres y las parejas prefieren manejar sus problemas de forma digital para controlar sus emociones y deshacerse de las irracionalidades e incongruencias de las relaciones.

Entonces, ¿cómo podemos disfrutar de los placeres y beneficios de los dispositivos móviles y medios sociales al tiempo que eliminamos sus aspectos adictivos y antisociales? Estamos convencidos de que debemos cultivar la conversación cara a cara y establecer límites en nosotros mismos, como por ejemplo mantener los teléfonos lejos de la mesa y de la cama. Como consumidores, debemos también presionar a las empresas de tecnología para que diseñen aplicaciones menos adictivas y consideren los valores humanos en el diseño de la tecnología de consumo. Por ejemplo, Gmail o Facebook pudieran comenzar una sesión preguntándole al usuario cuánto tiempo desea invertir ese día y recordarlo cuando se acerca al límite. Estas son sugerencias sobre aplicaciones mejor pensadas para controlar nuestras pasiones y emociones.

Pero debemos ser cautos y no acercarnos al problema de la forma inadecuada. Porque aspirar a que las empresas salgan al rescate nuestro es muy ingenuo. Mientras los ingenieros de software sean capaces de entregar productos gratuitos y adictivos directamente a los niños, y sus padres sean igualmente compulsivos, tenemos muy pocas esperanzas de controlar el problema. Sería como tratar de defendernos del peligro de las drogas pidiéndole al ‘pusher' que nos haga menos atractiva una dosis. Desafortunadamente, así no trabaja el mundo... y mucho menos la mente.

EL AUTOR ES EMPRESARIO, CONSULTOR EN NUTRICIÓN Y ASESOR EN SALUD PÚBLICA.