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18 de Oct de 2019

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Enrique Jaramillo Levi

Columnistas

Lo fantástico en literatura

Como los dos anteriores, la duplicación, o tema del doble, es otro asunto ancestral, muy propio de la literatura fantástica

Lo fantástico implica siempre un desquiciamiento de la realidad cotidiana, un quiebre, una irrupción de algún elemento extraño que, al no poderse explicar con la razón, nos deja perplejos; y de paso, esto hace que se exacerben al máximo los resortes todos de la imaginación. A menudo, este sacudimiento que siempre es tan sorpresivo como inexorable le mueve el piso al personaje, y de paso al lector, y los introduce en una ambigua sensación de extrañamiento fascinante que, o bien impide por completo que las cosas sigan siendo como antes, o de raíz las paraliza o desarticula.

Además, no pocas veces cuando sentimos que el fenómeno acaecido nos amenaza por ominoso e irresoluble, lo fantástico da pie al más hondo terror; otras, nos causa una suerte de estrujante angustia existencial; y en no pocas ocasiones, la confusión que suele seguir a lo que nos sacude porque no lo entendemos, desemboca en alguna forma de desgarramiento o muerte.

Lo fantástico en literatura creativa implica un desgarrón en el tejido vital de lo que en un momento dado se tiene como ‘normal'; la irrupción de algún elemento extraño, acaso sobrenatural. También existe una suerte de dimensión fantástica de difícil explicación en la perplejidad metafísica; en la conciencia que se tiene de nuestra imposibilidad de aprehender lo inescrutable de ciertas dimensiones extra-mentales o ultraterrenas, lo cual nos rebasa sin remedio como pensamiento que se frustra, causando en el proceso una fuerte dosis de ansiedad irresoluble, lo cual puede sumirnos en la nada, o en su alter ego, la locura. Se trata de un estadio mental inasible pero que entendemos como real, al grado de que nos dispara la imaginación hacia regiones inconmensurables pero que no obstante sentimos como filos de inexpugnable realidad al pensarlos, al no poderlos abarcar.

Sin duda, a veces la literatura fantástica puede ser un simple juego de virtuosismo literario (es un decir, pues de hecho nunca se da como una simpleza, ya que su complejidad es una de sus características intrínsecas); una fabricación que tiene más de ingenio y artilugio que de honda vivencia. En ese sentido, el autor se torna un fabricante de exquisiteces intelectuales que oscilan entre la aplicación de una inteligencia singular, exacerbada, incluso ostensible en su esfuerzo por volverse una vitrina de la ingeniosidad nunca antes ensayada en el planteamiento de situaciones, en la manera de conducirse de un personaje, en el manejo de la estructura poco tradicional de un texto o en la depurada selección de un lenguaje críptico o virtualmente muy sugestivo.

Por supuesto, no es una literatura que pueda ser comprendida o descifrada por cualquier lector: implica una determinada cultura, una inteligencia muy particular, una cierta sensibilidad, todos los cuales suelen hibridar elementos de la ciencia, de la tecnología y de la tradición cultural de manera peculiar, inesperada, a veces abrupta y aparentemente descoyuntada. Y sin embargo, a veces este tipo de obra puede considerarse fantástica en la medida en que rebasa los parámetros habituales de concepción literaria, e incluso las normas tradicionales de lectura, e introducen elementos supranaturales o paranormales que rompen esquemas o desarticulan normas establecidas de comprensión de la realidad.

En algunos casos, la literatura fantástica (que no fantasiosa, esa tan de moda entre los jóvenes), se confunde un poco con la llamada ciencia-ficción, en la medida en que ambas corrientes de escritura abordan dimensiones que van más allá de lo que se vive de manera habitual, porque abordan fenómenos del futuro o del pasado sobre los que, si bien a veces sólo se puede especular, los autores encuentran formas de presentar como auténticas rupturas con lo establecido, como sacudimientos. Pero no cabe duda de que cada vez más el avance sorprendente de la ciencia y la tecnología que van imponiéndonos sus cánones y sus casi inmediatas aplicaciones, están invadiendo terrenos que antes eran sólo feudos de la imaginación de los más superdotados artistas, y ocupando esos espacios con la nueva fuerza innegable de su novedosa realidad. Dos ejemplos serían el manejo de la llamada ‘inteligencia virtual' y el uso de aparatos cada vez más sofisticados (incluidos los robots) que desempeñan funciones asombrosas en el mundo de las comunicaciones, entre otras muchas.

Acaso uno de los elementos que más persistentemente haya manipulado la literatura fantástica de todos los tiempos –y también la ciencia-ficción desde finales del siglo XIX— sea el tiempo. Su fluidez y trastocamiento súbito y al parecer inexplicable; su presencia enigmática en situaciones de todo tipo; su fragmentariedad infinita; sus diversos manifestaciones, desde lo psicológico hasta lo medible mediante cronómetros, relojes y calendarios de todo tipo; la escenificación diversa de cómo influye en el derrotero de la vida y de cómo el ser humano aprende a lidiar con su presencia…

También la muerte ha sido tradicionalmente una presencia constante pero casi siempre inhóspita, combatida, temida, antes y después de su inevitable acaecer. Toda clase de situaciones han tejido siempre los escritores en torno a sus manifestaciones múltiples, introduciendo aspectos inauditos, extraños, inexplicables y terroríficos en su entorno.

Como los dos anteriores, la duplicación, o tema del doble, es otro asunto ancestral, muy propio de la literatura fantástica. Obviamente, existen cientos de modos de presentar aspectos diversos de la duplicidad que hay tanto en el ser humano en sí, como en el mundo que lo rodea y determina. Lo más usual es presentar dicotomías u opuestos y hacerlos convivir de maneras inesperadas: vida/muerte, realidad/sueño; hombre/mujer, hombre/máquina, hombre/animal, memoria/imaginación, virtual/real, adentro/afuera, pasado/presente, presente/futuro, tierra/cielo, tierra/mar, mente/cuerpo, virtud/vicio, plenitud/desolación, etc. Y está, por supuesto, la vieja idea de que todos tenemos en algún sitio un doble con el cual alternamos o con el cual sorpresivamente alguna vemos habremos de toparnos para bien o para mal.

Lo importante, en todo caso, es entender que la mejor literatura fantástica suele ser aquella que, si bien resulta imprevisible, y que no tiene asidero en explicación alguna, a la postre se siente inevitable. Inevitable, claro, en la medida en que, en el fondo, es un pretexto para profundizar en los vericuetos de la realidad, en su rostro oculto, en esas cosas que yacen escondidas detrás de la fachada de las apariencias, y que cuando al fin se presentan o súbitamente son descubiertas nos causan algún tipo de conmoción. Una conmoción que puede ser emocional, espiritual o intelectual, o todo a un mismo tiempo, y de la cual no habremos de reponernos con facilidad.

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