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05 de Dec de 2019

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Rafael Carles

Columnistas

Un círculo vicioso

Actualmente, la industria alimenticia añade jarabe de maíz a la mayoría de los productos en el supermercado

Cuando pensamos en la exagerada cantidad de jarabe de maíz alto en fructosa que agregan a los alimentos procesados, pensaríamos que una respuesta lógica de la industria alimentaria sería reformular, fabricar y comercializar productos que utilicen edulcorantes no calóricos. No obstante, los edulcorantes artificiales están vinculados ahora al cáncer y otras enfermedades crónicas porque sus moléculas son neurotoxinas. Además, cuando se sustituye el jarabe por edulcorantes no calóricos, aumenta el apetito por alimentos dulces, lo cual resulta entonces en comer más y aumento de peso con el tiempo.

El estudio de Terry Davidson y sus colegas en la Universidad de Purdue (https://www.purdue.edu/uns/html4ever/2004/040629.Swithers.research.html), encontró que ratas que comían yogur con sacarina ganaron casi un 30 % más de peso que ratas que comían yogur con jarabe. La pregunta es si los alimentos dietéticos entonces ayudan a subir peso, y la respuesta definitiva es ¡sí!

Y lo peor es que evitan que el cerebro sane. El aumento de dopamina está estimulado no por el sistema glucosa-insulina, sino por el sabor dulce en las papilas gustativas. Sea lo que sea que nos pongamos en la lengua y sea dulce, activa la dopamina en el cerebro. Es decir, con los edulcorantes no calóricos, las personas no solo engordan, sino que su cerebro no se cura y los antojos se mantienen vivos. Y eso impide que nos liberemos de las garras de la adicción.

Hay otra razón más para no ingerir edulcorantes artificiales, un problema que aún no toman en cuenta los médicos y nutricionistas, pero que es muy serio, y es que destruyen la flora intestinal. Y eso sí es un problema, porque es una de las principales causas por el aumento de enfermedades en los últimos años. Si pensamos en la disponibilidad de alimentos dulces hace 50 mil años cuando evolucionábamos como seres humanos y hacemos una comparación con lo que sucedía hace 500 años o incluso hace 50 años, nos daríamos cuenta que las diferencias son bastante grandes. Hace 50 mil años, los alimentos más dulces disponibles eran las bayas y los enebros. Los arbustos de bayas y enebros eran de temporada durante uno o dos meses al año, pero ahora tenemos productos dulces los doce meses del año.

Actualmente, la industria alimenticia añade jarabe a la mayoría de los productos en el supermercado. Hace 60 años, debido a un cambio en la política de subsidios agrícolas en los países desarrollados, el jarabe de maíz alto en fructosa se convirtió en un edulcorante muy barato y los fabricantes empezaron a añadírselo a todo. Ahora, el consumidor promedio ingiere por año casi su propio peso en azúcar agregada, aproximadamente 150-170 libras, unas 3-4 toneladas en la vida promedio de una persona.

Es interesante en este entorno de abundante jarabe que algunas personas resisten mejor que otras los abates de la comida procesada. Las recompensas están por todas partes. Máquinas expendedoras por doquier, tiendas de burundangas en cines, ventas de pastillas y galletas en los semáforos. Difícilmente podemos salir de casa sin encontrarnos con medio centenar de establecimientos de comida chatarra que existen por kilómetro cuadrado en la ciudad de Panamá.

Muchos salimos apurados y corriendo de nuestras casas sin tener idea de dónde vamos a comer. Simplemente pensamos como si hubiera buenas opciones en el mercado. Es imposible, en este ambiente ‘endulzado', que el cerebro pueda tomar decisiones racionales. Más bien, son cerebros susceptibles a la adicción y lloran a gritos por una recompensa. Cerebros que se excitan cuando ven vallas publicitarias mostrando comida chatarra. Evolutivamente, nuestros cerebros eran sensibles a los estímulos de la naturaleza, avisaban cuando veían serpientes, predecían cuando venía una tormenta y guiaban para obtener alimentos en el campo y recoger agua en el río.

Pero ahora, los cerebros son atraídos por otras sensaciones. Las investigaciones nos dicen que la atracción es casi magnética, casi imposible salir de ella. Los arcos dorados, el momento del día, la chispa de la vida, la emoción, el ánimo... todos estímulos que mandan señales de que hay cerca una recompensa de comida. Sensaciones todas que nos mantienen atrapados en su fuerza gravitacional. Para muchos, estimulaciones enfermizas que nos acercan cada día más a la muerte. Porque ciertamente esta cultura de la recompensa inmediata, en la que celebramos con dulce por todo y por nada, acelera la destrucción no solo de nuestros cuerpos, sino también de nuestros cerebros.

EL AUTOR ES EMPRESARIO, CONSULTOR EN NUTRICIÓN Y ASESOR DE SALUD PÚBLICA.