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02 de Jun de 2020

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Samuel Lewis Galindo

Columnistas

Anécdotas (II)

Por mis vinculaciones con la Cervecería Nacional, tuve la oportunidad de estar muy cerca del Mayor Alfredo Alemán.

Por mis vinculaciones con la Cervecería Nacional, tuve la oportunidad de estar muy cerca del Mayor Alfredo Alemán. Esa relación fue una escuela y una experiencia inolvidable. La anécdota que a continuación narro, la presencié.

Un buen día, encontrándose en su despacho de la Cervecería Nacional, llegó su hijo Alfredo y, con una gran sonrisa, le enseñó una carta que le dirigía Julio Ernesto Heurtematte, donde le daba el pésame por la muerte del Mayor Alemán. Julio Ernesto, al parecer había confundido por una mala información recibida, el fallecimiento de don Louis Martinz por el del Mayor Alemán. El Mayor le arrebató la carta —a su hijo— y, después de releerla varias veces me preguntó: ‘¿Julio Ernesto está bien de la cabeza?'. A lo que le contesté, ‘por supuesto que sí, Mayor'. Inmediatamente nos dijo: ‘No, no debe estar muy bien nada, pues él debe saber que el Mayor Alemán es inmortal'. Llamó a su secretaria y le dictó una carta en la cual en el último párrafo le escribió textualmente: ‘Julio, cuídate mucho, hijo, acuérdate que antes de fin de año siempre mueren más pollos que gallos'.

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En cierta ocasión el Dr. Arnulfo Arias fue a cortarse el cabello donde su viejo amigo Arístides Vernaza (q. e. p. d.). No encontrándose este en su barbería, le tocó atenderle a un joven, para él desconocido. Inmediatamente este le preguntó: ‘Dr. Arias, ¿cómo quiere que lo pele?'. A lo que le contestó muy serio: ‘En completo silencio, jovencito'.

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Mi muy apreciado amigo don Alberto Arias (q. e. p. d.), me contaba que hace muchos años su cuñada, Ema Lefevre de Paredes (q. e. p. d.), fue a sacar la licencia para conducir automóviles. El inspector encargado de hacer el examen le hizo las preguntas reglamentarias.

La última de ellas fue: ‘¿Qué debe Ud. hacer cuando ve en las señales del tránsito la luz amarilla?'. La Sra. de Paredes, ni corta ni perezosa, le contestó: ‘Acelerar lo más posible, pues detrás de la luz amarilla viene la roja' y, por supuesto, fracasó el examen y tuvo que repetirlo con éxito.

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A don Ernesto de la Guardia, don Neco, gran humorista, se le acercó un día su hijo Eduardo y le preguntó sobre el parecer que le merecía su novia. Después de escucharlo con mucha atención, le dijo: ‘Hijo, ¿cómo se te ocurre pensar en casarte con un mujer más vieja que tú y más fea que yo?'. Ahí terminó el idilio.

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Una abuela, que por razones muy obvias no revelo su nombre, le dijo a su nieto, que acaba de terminar sus estudios en una excelente universidad norteamericana. ‘Si después de tantos estudios, solo aspiras a vivir como tu padre, te aconsejo que trabajes como tu abuelo'.

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Del presidente Franklin Delano Roosevelt hay muchas anécdotas, pero hay una que, por referirse a él mismo, demuestra la vena humorística que poseía. En cierta ocasión, contaba el gran demócrata norteamericano, fue a hacerse un examen médico y terminando este, le preguntó al doctor si él consideraba que su cuerpo podría resistir por algunos años más la gran presión que tenía sobre sus hombros. El médico —decía Roosevelt— se sonrió y le dijo: ‘No hay la menor duda de que su cuerpo puede soportarla por muchos años, pero no así el país'.

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