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12 de May de 2021

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Julio Bermúdez Valdés

Columnistas

Mensajero de la historia

Había incubado esa clase de pánico en los años setenta del pasado siglo

La vi este año, en abril, en el teatro Balboa, en el marco del Octavo Festival Internacional de Cine, y para el paladar de mis ojos fue como el calor de un buen vino descendiendo desde la pupila hasta la fortaleza de mi pulso.

Asistí a la presentación de ‘Panamá Al Brown: cuando el puño se abre' con un poco de temor, solo atenuado por saber que quien era su autor había sido mi primer productor en la TV, en Canal Dos, Carlos Aguilar, un profesional confiable, viejo amigo, además. Pero sí, desde un ángulo crítico, me preocupaba sobre todo la lealtad del guión, o que el espectáculo estuviera por encima de la vida, que no fuera la vida misma lo estelar.

Había incubado esa clase de pánico en los años setenta del pasado siglo. Después de leer con hambre ‘Los perros de la guerra', del legendario Frederick Forsyth, llegó la película, y solo la publicidad estuvo a la altura de la obra; la exhibieron en una de las salas de los desaparecidos Multicines que estaban en la avenida Ricardo J. Alfaro, (Tumba Muerto) donde queda hoy El Depósito, y la sola emoción de entrar a ver la grandiosidad de aquella ficción que Forsyth había logrado imponer en mi imaginación, hizo que me sintiera como Vasco Núñez de Balboa cuando descubrió el Mar del Sur. Bueno, la verdad es que no sé a ciencia cierta qué sintió el español, pero la imaginación posee licencias infinitas. El asunto fue que 15 minutos después de iniciado el filme abandoné la sala irritado, con un sentimiento de estafa. Aquella proyección nada tenía que ver con la majestuosidad de lo elaborado por Forsyth, una novela que marcó época por la denuncia que exponía, por la forma como revela el nefasto papel de empresas transnacionales que organizaban golpes de Estado para controlar países africanos donde había yacimientos de minerales estratégicos. El filme minimizaba la importancia del tema y Carlo Antonio Thomas Shannon, de mercenario ilustre bajaba a la condición de pandillero de barrio. Ese temor solo fue superado una década después cuando, con reservas, fui a ver El cartero llama dos veces, basada en la novela de James M. Cain, con las excelentes actuaciones de Jack Nicholson y la hermosa Jessica Lange. Me curé, pero la prevención persistió.

Así que en abril de este año cuando asistí a la gala de Panamá Al Brown: cuando el puño se abre llevaba puestos mis guantes, pese al aprecio que le tengo a Carlos, porque no se trataba de eso, sino de ver cómo había trasladado al celuloide la vida del primer campeón mundial que había dado Panamá. Y conocía bastante bien la vida de Al Brown, porque entre las muchas cosas que me había enseñado Rodrigo César Tejeira, Ñan, mi viejo talentoso y formidable, estaba precisamente la vida de ese famoso boxeador. Ñan no solo se la sabía, sino que las muchas veces que hablaba de Al lo hacía con un orgullo notable. Eso, mi lealtad al guión de Ñan, hacia más exigente la lupa que me obligaba a auscultar el filme de Carlos Aguilar. Por eso, pese a los muchos amigos que sabía que la iban a ver, preferí llegar solo, sin ruido, cuando ya las luces se habían apagado y me senté bajo la penumbra del colectivo anónimo que llenaba el teatro.

Debo decirlo. Carlos fue leal hasta en la forma que cobijó su narrativa. Fueron más de sesenta minutos bien estructurados, que le dieron a la película, con campana y todo, los asaltos de los que está compuesta la vida misma. No solo fue docente. En su organización, la película revelaba la pasión con la que había sido elaborada, la paciencia de los detalles, pero sobre todo el compromiso y la lealtad con un mensaje que desde muy atrás venía a llenar un espacio que solo reinaba hasta ese día en segmento generacionales muy específicos. Fui comprendiendo por qué le había tomado algunos años hacerlo, según me había contado él mismo. El largometraje respiraba también el orgullo con que Ñan me la había narrado décadas atrás. Sencillamente era un poema, una oda a la vida y me sentí agradecido con Carlos.

Me quedaron los balances de las imágenes por varias semanas, noticias que mi viejo no conocía, como la vida que había llevado Alfonso Brown en Francia y España, la reafirmación de muchas de las que me había dicho, así que lo que Carlos Aguilar nunca supo, hasta ahora, es que un par de meses después seguía con su película en mi cabeza, y asumí mi egoísmo, la escribí para mí, para disfrutarla todas las veces que la traía a mi mente. Por estos días veo que el puño se abre en provincias centrales, y permite descubrir lo tremendamente humano de una vida como la de Panamá Al Brown, y la gran capacidad de un artista para narrarla con profesionalismo, pero ante todo, con pasión y lealtad.

Con este filme, Carlos Aguilar, además de productor y cineasta, muta en mensajero de la historia, llena vacíos que quedaron a lo largo de los años, y contribuye a darle forma a esa experiencia colectiva que hace de los panameños una nación de sentimientos buenos y poderosos.

PERIODISTA