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09 de Apr de 2020

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Jaime Raúl Molina

Columnistas

El problema es el tamaño del Estado

A estas alturas es evidente para todo el que no tenga una venda doble puesta sobre los ojos, que nuestras instituciones no cumplen sus propósitos manifiestos

El más reciente escándalo revelado por un trabajo investigativo de la periodista Mary Triny Zea en el diario La Prensa, ha destapado otro escándalo más de tantos que ya uno va perdiendo la cuenta. Este último apunta a una trama por la que se desviaban recursos de Pandeportes para supuestas organizaciones y eventos deportivos comunitarios, pero que en realidad iban para enriquecer diputados. Confieso que esta avalancha de escándalos de corrupción descarada, a veces me provoca por un instante, desconectarme y dejar de preocuparme por la robadera a la que somos sometidos de forma sistemática desde el poder. Pero no puedo, no podemos.

Sin embargo, a medida que siguen saliendo a la luz públicas estos escándalos en que se revela que el robo al ciudadano es constante y no esporádico, se va haciendo evidente que el problema es sistémico y no coyuntural. No es que hagan obras y roben, sino que las obras se contratan para robar. El presupuesto es concebido para robar. En gran medida los Gobiernos van inflando la planilla del Estado, no para suplir necesidades del contribuyente, sino para pagar favores y llenar espacios políticos. Se crean nuevas direcciones y departamentos dentro de las entidades públicas existentes, y se van creando ministerios y otras dependencias, también, no para suplir necesidades de usted y yo como ciudadanos, sino para adquirir y consolidar poder y riquezas de modo ilegítimo.

A estas alturas es evidente para todo el que no tenga una venda doble puesta sobre los ojos, que nuestras instituciones no cumplen sus propósitos manifiestos, sino que son usadas de manera regular para fines de enriquecimiento ilícito. Que se entienda: no me refiero al actual o a un Gobierno en particular. Estoy hablando de la estructura general del Estado panameño, que viene desde hace mucho tiempo. No creamos que aquí las megacoimas las inventó y las importó una empresa brasileña. En todo caso, lo único que hizo esta fue instalar una fábrica en serie con tecnología de punta, de aquello que antes se hacía de forma artesanal.

¿Cómo atajamos la hemorragia? Lo primero que requerimos es entender que la hipertrofia del Estado panameño, que incluye, pero no se limita al abultamiento continuo de la planilla estatal, se da por diseño, no por accidente. ‘It's a feature, not a bug' (es una especificación de diseño, no un defecto), dicen en el norte. La amplia discrecionalidad de los funcionarios para conceder o negar permisos de lo que sea o para reconocer o desconocer derechos subjetivos, en tantísimos aspectos de la vida diaria del ciudadano, son elemento fundamental de ese diseño de un sistema concebido, construido, alimentado y mantenido para la trampa.

¿Cree usted que es casualidad que —salvo honrosas, pero muy contadas excepciones— sean los peores quienes aspiran a cargos de diputados, representantes y alcaldes? Si usted deja un corte de carne al aire libre, el olor rápidamente atraerá moscas y otros animales. Si usted quiere evitar atraer alimañas, no debe pensar ingenuamente que puede lograrlo mediante la elaboración de perfiles de las características ideales que deben tener los animales que hayan de ser atraídos por la pieza de carne fresca. No, lo que debe hacer es no dejar la pieza de carne fresca al aire libre en primer lugar.

Pues lo mismo con el poder. El Estado es necesario para asegurar a los asociados ciertas condiciones de convivencia pacífica como la seguridad, policía, tribunales para dirimir conflictos. Aparte de tales mínimas funciones requeridas para evitar el estado de guerra permanente descrito por Hobbes, el Estado moderno debe ofrecer a la población servicios como sanidad, una red de atención de salud, y una educación secular y científica. Sin embargo, con el cuento de velar por las personas desde la cuna hasta la tumba, como si fuésemos todos infantes dependientes, en lugar de mantener y promover un genuino principio de subsidiariedad, el Estado moderno ha ido adquiriendo funciones y poderes cada vez más grandes. Ante esto, es inevitable que resulte la corrupción sistemática, particularmente en países con escasa institucionalidad. Si queremos recuperar el país, tenemos mucho por hacer. Pasa por reformas al diseño de la estructura de poder en la Constitución, pero también pasa por reducir de forma sustancial y no meramente cosmética el tamaño del Estado. De lo contrario, seguiremos haciendo perfiles de cargos para idealizar a las mismas moscas de siempre que seguirán siendo atraídas por la carne expuesta.

ABOGADO