• 14/03/2026 16:55

Culinaria y política exterior

“La diplomacia culinaria es el uso de la comida y la cocina como un instrumento para crear un entendimiento intercultural con la esperanza de mejorar las interacciones y la cooperación” (Chapple-Sokol, 2013).

Es una práctica diplomática que antecede a su propia definición conceptual acontecida en el s. XXI y que afirma -baste repasar la historia política de Latinoamérica- que la gastrodiplomacia es una herramienta de la diplomacia pública (Rockower, 2002). Así, en el siglo pasado, Panamá, por su posición geoestratégica y el Canal, no fue la excepción y en su territorio se registraron este tipo de manifestaciones culinarias que, más tarde, serían tendencias en la promoción de las respectivas gastronomías nacionales.

El 27 de enero de 1959, el embajador peruano José Francisco Mariátegui, ofreció un banquete en honor del canciller panameño Miguel J. Moreno Jr. y de su esposa Graciela Gasteazoro al que asistieron el Nuncio Luigi Púnzolo, el Ministro de Gobierno y Justicia Max Heurtematte y su esposa Elisa María Espinoza, el expresidente Ricardo J. Alfaro, el viceministro de relaciones exteriores Mariano J. Oteiza y el asesor jurídico del Presidente de la República, Erasmo de la Guardia y su esposa. Dos anécdotas destacaron de aquella velada: tanto las orquídeas que fueron obsequiadas a las damas del ágape como los ingredientes para la cena peruana que se ofreció aquel día fueron llevados desde Lima por la aerolínea Avianca.

Iniciativas audaces dentro de un contexto de incipiente crecimiento de la promoción gastronómica inca que permitió crear el ambiente idóneo para conversar esa noche sobre los derechos marítimos panameños, la situación política del continente, los rasgos comunes de la cultura peruano-panameña, así como de las coincidencias en gastronomía.

Tan amena conversación dio paso a la proyección del documental “Una mirada al Perú” preparado por Avianca en conmemoración del inicio de operaciones en la tierra de los incas (Archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores del Perú, Caja 5-20-A, of.44, 1959). Se alcanzó así el doble objetivo de la divulgación tanto gastronómica como cultural peruanas.

Si bien la reseña de Mariátegui no brinda datos sobre el menú ofrecido, los indicios se hallaron en la cuenta de gastos que permite inferir que los potajes preparados fueron causa de pollo, chicharrón de cerdo acompañado de espárragos cocidos y de puré de papa amarilla mientras que los postres fueron el ‘suspiro a la limeña’, alfajores con manjar blanco y helados.

En la rendición de gastos se consigna también esencia de algarrobina que permitió la elaboración de un cóctel que resultaba novedoso en el istmo y con el que se hizo el brindis que acompañó a las palabras de homenaje.

El 24 de julio de 1959 tuvo lugar un evento académico en la Sala Capitular de la Sociedad Bolivariana donde el diplomático inca José Alvarado Sánchez, predecesor de Mariátegui, disertó sobre “Bolívar y la juventud de su tiempo” siendo acompañado en la Mesa de Honor por el intelectual y excanciller Lic. Aquilino Boyd y el investigador y exviceministro de relaciones exteriores Ernesto Castillero Pimentel (MRE, Caja 5-20-A, of.270, 1959).

Al finalizar el acto conmemorativo en honor del Libertador, la embajada ofreció un brindis con ron y vino peruanos traídos vía aérea, un gesto exótico si se toma en cuenta lo poco conocidos que eran estos productos en ciudad de Panamá y alrededores.

El 28 de julio de 1959, Día del 138° aniversario de la independencia del Perú, la embajada dirigida por Mariátegui organizó una recepción para cuatrocientas personas en la sede diplomática. Asistieron el Presidente Ernesto de la Guardia Jr. y su esposa, el canciller Moreno Jr. y su esposa, los jefes de los Poderes Legislativo y Judicial, los integrantes del gabinete ministerial, las autoridades civiles y militares del Canal, el cuerpo diplomático acreditado en Panamá y miembros de la comunidad peruana.

Tanto el Presidente de la República como el canciller enviaron sendas canastas de flores, gesto que Mariátegui reciprocó con una caja grande de bombones peruanos. Desafortunadamente, el informe del embajador no consigna ni el nombre ni la procedencia del chocolate peruano que había sido traído por avión para esta efeméride. Una segunda anécdota es que se ofreció un buffet de platillos peruanos y se entregaron -a la salida del evento- broches de filigrana de plata peruana a las damas como un recuerdo de esa patriótica conmemoración (MRE, Caja 5-20-A, of.272, 1959). Los broches posiblemente procediesen de Catacaos en la costa de Piura -al norte del Perú- especializada en ese tipo de arte.

Manjares, flores exóticas, broches de plata y chocolates fueron parte del lenguaje diplomático no verbal destinado a generar simpatías, estrechar lazos y fortalecer los acercamientos entre Panamá y Perú en un convulsionado 1959 donde el istmo experimentaría alzamientos y conatos revolucionarios.

El autor es exembajador del Perú en Panamá
Lo Nuevo