La lengua y la silla R

  • 20/05/2026 00:00

El teléfono sonó y escuché la voz del director de la Academia Panameña de la Lengua, Jorge Eduardo Ritter, quien llamaba para informarme que yo había sido seleccionado como académico numerario de esa institución. Me explicó además que junto al profesor Rafael Ruiloba C. nos uniríamos al grupo de miembros que tiene como finalidad llevar adelante los programas de la corporación.

De acuerdo con las reglas, se me asignó la silla R; lo singular es que, en los cien años de existencia de la APL, no se había ocupado antes ese lugar. Es necesario aclarar que es tradición desde la creación de la Real Academia Española de la Lengua, que los académicos ocupen un asiento con una letra que identifica a cada miembro.

La designación como numerario me hizo recordar a mis maestros Pablo Pinilla, Elsie Alvarado de Ricord, Aristides Martínez Ortega, Franz García de Paredes y a Guillermo Sánchez Borbón (Tristán Solarte), también académicos. Ellos desde el aula insuflaron ese espíritu de compromiso con la lengua, al igual que otros profesores que no fueron miembros de la Academia como Mercedes Bolaños, Matilde Real de González y Félix Figueroa.

El trabajo que se realiza en la Academia es meticuloso, callado y esforzado por cuanto que requiere indagar la situación de la lengua en el país para recoger las formas como la sociedad se desenvuelve cotidianamente, en cuanto a su interacción y el uso de los instrumentos de comunicación verbal. De igual manera estudia el avance de la lengua en sus especificidades en el país.

Por eso se dice: “Preservar, estudiar y unificar el idioma español”. Históricamente, esta labor se refiere a procurar la cohesión de la lengua frente a diferentes factores que pueden incidir en ella como los cambios abruptos o la influencia de otras voces extranjeras. Hay que partir de que no todo lo que se inventa en la comunicación coloquial, ingresa al repertorio; sin embargo, existen usos que sirven de base para nuevas palabras que terminan por adoptarse.

El español, creado con la articulación de otras lenguas de vigencia ancestral como el latín vulgar, el griego y el árabe tuvo la capacidad de asumir diferentes estados para explicar plurales condiciones y ambientes. Nuestros clásicos dieron rienda suelta a la imaginación y se pudieron crear textos desde la juglaría o la clerecía. Luego Quevedo, Góngora, Lope de Vega, Gracián y Cervantes definieron moldes que consolidaron los usos de la creatividad literaria.

De esa herencia hispánica hubo que armar los vastos soportes que surgieron en el continente americano, donde la colonia selló realidades específicas que se fueron interpretando con un mismo idioma, pero con sus variantes regionales. La independencia obligó a los políticos del siglo XIX a explicar a las sociedades sobre la insurgencia independentista y hubo que asentarse en los enfoques periodísticos para llegar a la población y sensibilizarla.

La lengua española, al igual que otras, tiene la facultad de ser instrumento del lenguaje para cumplir con diferentes objetivos de comunicación. Funciones como la referencial, expresiva, apelativa, fática, metalingüística y poética dan sentido al mensaje y posibilitan una mayor y más estrecha relación entre el emisor y el perceptor. A través de estas opciones se organizan los grandes textos que surgen ante las necesidades de la población.

Los individuos que se sientan en una silla con una letra en las academias de la lengua están al servicio de una mayor comprensión de las comunidades. Deben lograr que, con su trabajo, los diferentes grupos puedan hacer uso de las palabras, armarlas en una sintáctica y con arreglo a normas ortográficas, alcanzar una comprensión o semántica que garantice una eficaz y eficiente interpretación.

Las academias de la lengua perduran y son el apoyo que tienen las diferentes instituciones del Estado y los sectores civiles para comprenderse. De allí la responsabilidad que me cabe para el futuro en la silla R. Procuraré que mi trabajo sea la consolidación de la tarea de mis maestros al darme las herramientas cognoscitivas para comprender el alcance del idioma y sus implicaciones sociales.

Lo Nuevo