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14 de Oct de 2019

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Guillermo A. Cochez

Columnistas

¿Es un mito la libertad de prensa en Panamá?

Con Juan Samudio (nombre ficticio) conversaba sobre las vicisitudes que tenía en su trabajo como reportero de una televisora.

Con Juan Samudio (nombre ficticio) conversaba sobre las vicisitudes que tenía en su trabajo como reportero de una televisora. No pierdo el tiempo entrevistándolo, me llegó a decir. Simplemente está en la lista negra de mi canal. María Suárez (igual ficticio), laboró ocho años en otra televisora. Se fue harta de que gente, de adentro y de afuera del canal, le dijera qué tenía que preguntar a sus invitados. En una ocasión, molesta por tanto asedio, preguntó lo que consideraba como periodista experimentada en temas políticos debía hacer. El dueño del canal se molestó.

Hay quienes me llaman para que plomee a Varela. Otros para que hable contra el expresidente preso. Se desencantan cuando no lo hago. Hay otros que me dicen: ‘te invitamos, pero no puedes tocar este tema ni nada que se le parezca'. Algunos medios se usan para seguir la línea editorial de sus dueños, o proteger a sus anunciantes o por temor a los gobernantes, no para encontrar la verdad e informar responsablemente. Flaco favor se hacen: de repente lo que logran es que cada vez haya más gente viendo noticieros televisivos y que menos les crean. Prohibir a los ministros participar en el programa de Álvaro Alvarado para mí representaba lo más absurdo que podía existir en términos de comunicación oficial.

La libertad de prensa en Panamá es un gran mito.

Se confunde libertad de prensa con la que tienen algunos en los medios para imponer sus criterios, como si fueran cualquier empresa que puede hacer con la misma lo que quiera. Le guste o no a sus propietarios, los medios deben cumplir una importante función de respeto a la dignidad humana, ya que es un derecho el estar bien informado. Deben ser vehículos de información transparentes y sin ataduras. Que informen a la población imparcialmente, aunque toquen temas que podrían afectar a sus dueños o anunciantes o a los gobernantes. Son instrumentos que cumplen una sagrada misión: informar objetivamente.

Hoy como que se cuadran y están al servicio de un grupo político o en función del temor reverencial que les imponen los gobernantes, como que sigan líneas ajenas al periodismo para tratar de imponer un criterio. Ese ha sido el asunto, de lado y lado, del tratamiento seguido en el caso del juicio del expresidente Martinelli. Eso les quita objetividad y la gente termina por no verlos y no leerlos. Es que la verdad de un medio no puede estar sesgada a favor o en contra de nadie.

Desde muy joven he tenido o compartido programas de radio y televisión. En 1994, al salir de la Asamblea Nacional, compartí diariamente, con el nunca olvidado Mario Rognoni, 53 semanas en TV-2, en Fuego Cruzado. En una ocasión Mario tuvo que decirle al invitado que su visita al canal no era bien vista, y no pudimos interactuar con él.

Nunca he pagado por un espacio en ningún medio de comunicación. Al contrario, en tiempos de dictadura, The Wall Street Journal me pagó B/400 por cada artículo que les escribí (2). En Panamá, el extinto diario Universal, cuando llevamos Fuego Cruzado al periódico, nos compensaba a Mario y a mí con intercambios que recibían.

La libertad de prensa es sagrada y por encima de lo que quieran los dueños de los medios. Como decía George Orwell, ‘Periodismo es decir lo que algunos no quieren oír. Lo demás es simplemente relaciones públicas'. En los tiempos de la dictadura varias veces se impuso la censura. Los militares nombraron censores en todos los periódicos opositores. Era el encargado de preparar la página semanal que el Partido Demócrata Cristiano publicaba en La Prensa. Rehusé enseñarle al censor asignado a ese diario lo que publicaríamos esa semana. ¿Qué se me ocurrió para llamar la atención de lo que vivíamos?: dejarlos en evidencia. La página se publicó en blanco. Le llamaron la atención al tonto útil que hacía tan infame trabajo por haber permitido esa manifestación subliminal de protesta. En nuestro país hasta reporteros han sido destituidos porque alguien del Gobierno lo pidió al dueño del medio.

En 1989, en el programa de la oposición que dirigíamos todas las mañanas en RPC Radio, demostré a la periodista María Elena Salinas de Univisión las consecuencias de mencionar al dictador en el programa. Me filmó al decir: ‘En Panamá todos le dicen ‘Pan de Dulce' a nuestro candidato Guillermo Endara, pero es un delito decirle a Noriega ‘Cara de Piña'. A las diez de la mañana llegó la comunicación del Ministerio de Gobierno y Justicia cancelando sin explicación el programa. En el noticiero de Salinas esa tarde la noticia fue esa.

Si queremos evolucionar no podemos tener miedo o que nos amedrenten. Aunque no tenemos la censura de los militares, que era tan visible, existe otra, quizás peor. ‘No publiques, porque puedes ofender a tal o cual funcionario o molestar a ese importante cliente'. Espero que ahora que Odebrecht está pautando tanto, no provoque que ese nombre no se pueda mencionar más.

Si queremos avanzar como Nación, resulta insostenible que exista en los medios ningún tipo de censura. Debemos ser libres; pero de verdad. Libres a medias, simplemente no existe.

ABOGADO, POLÍTICO Y DIPLOMÁTICO.