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21 de Jan de 2020

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Carlos Augusto Herrera

Columnistas

Mi testimonio

‘Debo considerar que, lejos de adorar imágenes, reconozco a la Virgen María como la madre de Nuestro Señor Jesucristo'

Estoy seguro de que esta actividad de la JMJ resultó un triunfo sobre la marca país, con el resto de las prestezas que fluyeron en mágico arpegio, en contraste con algunas voces agoreras que intentaron desacreditar, y que quedaron sepultadas por esa alegría pegajosa de toda la gente que llegó por aire, mar y tierra, desde varios continentes y que en proporción llenó las expectativas, si nuestro país apenas tiene cuatro millones de habitantes, empero nos visitaron además los presidentes Carlos Alvarado, de Costa Rica; Iván Duque, de Colombia; Juan Orlando Hernández, de Honduras; Jimmy Morales, de Guatemala; Salvador Sánchez Cerén, del Salvador y Marcelo Rebelo De Sousa, de Portugal y miles de peregrinos de más de ciento cincuenta y ocho países.

El lunes 28 de este enero pude participar de la visita de la esfinge de la virgen de Fátima, que fue llevada al Hospital Oncológico, ese mismo lugar en donde murió mi hermano, de quien no pude despedirme por ese barniz de maldad que intentó separarnos sin éxito, pero el hado me obligó en esta vida pasajera porque de niño en la Iglesia católica me inculcaron a Nuestra Señora de Fátima, quien en Portugal se le apareció el 13 de mayo a Lucía y a los santos Jacinta y Francisco, de modo sucesivo, cada día 13 hasta octubre todo de 1917 para revelar tres secretos. Ahora dentro de las eventualidades me enteré de esta presencia en el lugar citado y una fuerza espiritual me obligó a participar del evento, a pesar de todas las incomodidades que fueron presentidas.

Nuestra madre María, advocada por su carácter místico relativo a sus dones, misterios, actos sobrenaturales y fenómenos religiosos, sean en el carácter de la Anunciación, Asunción o Presentación en las apariciones terrenales, han dado pie para la construcción en los años mil seiscientos cuarenta y dos en Zaragoza, España, del Tabernáculo de la Virgen, quien apareció gravada en un Pilar; en Santo Domingo de Guzmán de La Virgen Del Rosario, para promover Los Rosarios; de la Virgen María del Carmen, creadora del culto mariano carmelita; la Virgen de Guadalupe que emergió ante el indio san Juan Diego en México; de Nuestra Señora de Lourdes en Francia que se asomó ante Santa Bernardette de Lourdes. Otras advocaciones sobre la inmaculada concepción, concebida sin el pecado original; María Estrella de la Mañana utilizada en letanías; María Auxiliadora por su intersección ante su hijo; María Madre de la Iglesia en el cuerpo místico de Cristo, cabeza de la Iglesia; de María Madre de la Iglesia, si el templo es el cuerpo místico y su cabeza en Cristo; de María es madre de Cristo, que es también Madre de su cuerpo, entonces María es madre de la Iglesia y una lista interminable de María Virgen de Nazaret. Este es la evidencia de fe compartida de forma pública.

Alguien al momento de mi desgracia me aconsejó que me pegara a la Dolorosa Virgen María, porque ella supo ese calvario que se sufre al perder a un hijo, un cáustico dolor que se mantiene en latencia sórdida, por lo que ruego que esto no le pase ni a los verdugos. Lo cierto es que la Virgen María de Nazaret fue elegida por Dios para que fuera la madre de Nuestro Señor Jesucristo, que en su agonía, a los pies en la cruz, la designó nuestra madre. En su santuario en Portugal, cada año la visitan siete millones de peregrinos y ahora en su honor, estuvo con nosotros en esta jornada hasta el 28 para retornar a Portugal. Debo considerar que, lejos de adorar imágenes, reconozco a la Virgen María como la madre de Nuestro Señor Jesucristo.

Este 28 de enero en el Oncológico, la gente se mezclaba con enfermos, algunos con vendas, bastones, muletas o en sillas de ruedas, que se tropezaban con el hormiguero de creyentes que absorbieron el menguado aire acondicionado. Fueron horas de la ansiosa espera en la que se descargó todo el recuerdo sobre este trasnochado dolor y el latente sufrimiento por ese reclamo al no despedirme de mi hermanito. Debo testimoniar que en el lugar sentí la energía de los que en silencio pedían se hicieran los milagros; allí sentí en la distancia un atisbo de paz, todavía lejos de las recomendaciones del papa Francisco sobre el perdón y el sufrimiento por los muertos, para agradecer lo que nos resta de vida hasta el momento del rencuentro con mi hijo. Solo Dios sabe por qué continúo con vida.

ABOGADO