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19 de Feb de 2020

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Rafael Carles

Columnistas

Sin competencia estamos jodidos

‘[...] las farmacéuticas elevan precios muy por encima de la inflación, porque sencillamente pueden hacerlo y nadie se los impide'

En diciembre de 1996 fui designado comisionado de la Clicac, una institución recién creada para promover la competencia y proteger a los consumidores dentro del marco de la apertura económica, la desregulación de precios, la liberalización de aranceles y la privatización de empresas públicas. Como comisionado, tuve el desafío de enfrentar a sectores poderosos y demandarlos ante tribunales de justicia por prácticas monopolísticas, siendo el caso de las cuatro empresas harineras el primero en octubre 1997.

La experiencia en la Clicac permitió ordenar el mercado en materia de etiquetado de productos, fechas de vencimiento de alimentos, garantías de bienes y servicio, contratos de adhesión, cláusulas abusivas, metrología, etc. Pero si existe un sector en el que no tuvimos todo a nuestro favor fue el de medicamentos, ya que al eliminarse el control de precios en 1998 y liberarse el mercado totalmente, se produjo un aumento desproporcionado de precios que hasta los legisladores de ese entonces irrumpieron en la faena y exigieron a la Clicac una acción inmediata.

Por eso, durante dos años se trabajó intensamente en la redacción de un marco legal, con el objetivo de ordenar el mercado de medicamentos y promover la competencia. Y fue así como nació la Ley 1 de 2001, mejor conocida como ‘Ley Balbina'. Es cierto, el texto y el espíritu de la Ley 1 son los correctos, pero la realidad es que mientras no exista una autoridad mundial que ponga el cascabel al gato, nunca habrá una verdadera competencia, porque por mucho que queramos reducir el precio de los medicamentos en Panamá, nuestras agencias reguladoras no tienen los mecanismos para enfrentar el monstruo global de las farmacéuticas.

Tomemos el ejemplo de la enfermedad de Wilson, que detectada a tiempo es tratable y curable. Durante años los doctores recetaban píldoras de Syprine o Cuprimine que costaban alrededor de $1 por píldora en la mayoría de los países. Era un medicamento accesible por una buena razón: no era caro de producir. Merck, que originalmente era propietario de Sypirine y Cuprimine, mantuvo los precios bajos, pero en 2006 los vendió a una pequeña empresa llamada Aton, que comenzó a subir los precios. Luego en 2010, Aton los vendió a Valeant Pharmaceuticals y fue entonces cuando los precios se dispararon. El precio actual de lista oscila entre $300 000, para un suministro de un año, o $25 000 por mes, y al no existir una versión genérica, debido a un atraso en las aprobaciones de medicamentos en la FDA, la mayoría de los pacientes no puede pagarlo y seguro morirán si no los obtienen.

Al tratar de entender la lógica detrás del aumento de precio del medicamento de Valeant, se descubre que es el mismo guión utilizado en la mayoría de los otros casos en la industria farmacéutica. Una empresa adquiere una compañía rival, despide a la totalidad de los científicos, recorta el presupuesto de investigación y desarrollo, y comienza a subir los precios. Valeant realizó 34 adquisiciones entre 2008 y 2014, y subió los precios de casi todos sus medicamentos. En 2015, Valeant elevó el precio de Glumetza, su medicamento para la diabetes, de $572 a $5184. También subió el precio de Zegerid, un tratamiento para el reflujo y otros problemas estomacales, de $421 a $3034 (https://www.nytimes.com/2016/07/31/business/how-valeant-cashed-in-twice-on-higher-drug-prices.html).

Igualmente aumentó el precio de un tratamiento para el envenenamiento por plomo en más de 2700 % en un solo año. El precio original cuando Valeant adquirió Medicis en 2013 era de $950, pero después de todas las alzas de precios, el precio actual en Estados Unidos es $5000 por gramo, en comparación con $15 por gramo en Canadá, una diferencia del 33 300 %. La formulación no es cara y se puede preparar a precios muy bajos, aproximadamente $0.33 por gramo, si los ingredientes se ordenan de un catálogo de laboratorio.

Sería injusto señalar a Valeant como los únicos con este comportamiento monopolístico, porque la verdad es que no está solo. Una encuesta de octubre 2015 de más de tres mil marcas de medicamentos recetados encontró que el precio de sesenta marcas se había duplicado y que el precio de una veintena se había cuadruplicado desde diciembre 2014. El aumento promedio de los precios de las farmacéuticas fue de 16 % en 2012, 29 % en 2013, 22 % en 2014 y 19 % en 2015 (https://qz.com/514553/massive-unexpected-drug-price-increases-are-happening-all-the-time/).

En conclusión, las farmacéuticas elevan precios muy por encima de la inflación, porque sencillamente pueden hacerlo y nadie se los impide. En presencia de una burocracia conspiradora que no defiende a los consumidores y en ausencia de una norma legal que promueva la competencia, las farmacéuticas han descubierto que el cielo es el límite.

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