06 de Oct de 2022

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    Mario Velásquez Chizmar

Columnistas

Parapeto

‘[...] los enemigos de la dignidad [...], siguen como adversarios en contra de una robusta, permanente, valiente y oportuna defensa de los intereses nacionales'

Poner la otra mejilla cuando recibes una bofetada es una metáfora de rigurosa aplicación en el inmaterial mundo de los valores y principios. Es guía del carácter de un individuo dentro del marco por alcanzar una felicidad plena y auténtica en medio de insalvables y variadas prácticas en las que es obligatorio lidiar con el prójimo. Tratándose de relaciones entre países, donde la regla es ‘el pez grande se come al chico', la dignidad nacional y la razón histórica no dejan lugar a ardides de ninguna naturaleza, demandando posturas firmes y bien definidas, que permitan obtener resultados claramente beneficiosos. La complacencia reverencial y la sumisión, no son instrumentos propios para extraer condiciones aceptables en negociaciones internacionales, menos con países más experimentados y poderosos que nosotros. De ellos obtienes más con actitudes duras. El pequeño Panamá, logró ganarse el favor de la comunidad internacional en la lucha por recuperar el Canal y completar nuestra soberanía, precisamente en virtud de una gestión que, con notable sabiduría y persistencia, supo manejar aquellas diferencias que siempre existen entre países, para, finalmente, alcanzar la meta y coronar el reconocimiento mundial como Nación soberana. Han sido muy grandes los beneficios que trajo tal comportamiento y quienes negaron que la dignidad se comía, están hoy llenando sus estómagos con los frutos tangibles de esa dignidad menospreciada.

Hoy somos testigos, otra vez, de que los enemigos de la dignidad de aquella época, siguen como adversarios en contra de una robusta, permanente, valiente y oportuna defensa de los intereses nacionales. La verdad es que no hay razón para esperar que hubiesen cambiado, ya que la mezquindad política y la falta de visión, los caracteriza. Debemos darle crédito al esfuerzo que cualquier Gobierno realiza en aras de cumplir su obligación de mantener y manejar las relaciones con otros países; pero cuando toca asumir posturas dignas y obtener dividendos duraderos, en temas puntuales y relevantes para nuestro carácter nacional, es el momento de calibrar el contenido de la política exterior oficial. Aquí el Gobierno actual ha registrado una alta y grave deficiencia. La imagen del Panamá pernicioso, de piratas modernos, de resguardo de fortunas mal habidas, mal fiscalizadas o evasoras, de estructuras legales para tapar lo originalmente ilícito y de una Nación al servicio del crimen global organizado, donde la economía terciaria es útil para burlar la Ley, no solo predomina en los pasillos de los foros mundiales de mayor influencia planetaria, sino que es alimentada por la frigidez de quienes constitucionalmente cargan con la obligación primaria de presentar un país serio con un norte diametralmente opuesto, dirigido y compuesto por profesionales idóneos, bien formados, actualizados y poseedores de cualidades que trascienden la información técnica para enfatizar en su capacidad política y habilidad para producir utilidades reales en beneficio del país que orgullosamente representan.

Aunque las obedientes autoridades nacionales hayan accedido obsecuentes, y más bien serviles, a todas las presiones foráneas para intentar corregir esa mala imagen, después de que nos incluyen en el pozo de los facilitadores del timo a las arcas y leyes nacionales de países amigos, el problema esencial persiste, porque no es el auténtico interés nacional el que ocupa la principal preocupación en las negociaciones pertinentes, sino el ánimo de cumplir los deseos de quienes viven lejos y tienen distintos intereses. Son ellos quienes hacen y colorean las listas. Del Panamá que maduró y se hizo gigante en los foros internacionales, que sentó en la mesa de negociaciones a la primera superpotencia del mundo a objeto de retirar sus soldados, no queda nada; los dos últimos Gobiernos se dedicaron conscientemente a destruir tan preciado legado.

Este panorama debe cambiar y solo Nito Cortizo ha esbozado una idea coherente para ello. En efecto, él propone que, con el propósito de alcanzar esta meta, traicionada reiteradamente por los gobernantes de turno, debemos empezar ‘como país' a ponernos ‘de acuerdo en una estrategia' y que enfrentar el tema es una ‘decisión de un presidente', no materia de herramientas jurídicas. Se trata de consensos, de visión, de luces largas y de un concepto claro del significado de Gobierno ejecutor. Es cierto, los instrumentos jurídicos existen, tanto a lo interno de la Patria, como en esos foros internacionales, que tienen en su haber muchos y atinados utensilios jurídicos que también pueden usarse con fines favorables a nuestras necesidades. Nito continúa con esa línea al introducirle a su propuesta el trabajo intenso de un ‘buen equipo de personas que estén capacitadas para darle la cara a estas organizaciones' y una ‘buena red de embajadas… y cónsules que estén trabajando por los mejores intereses del país'. La referida coherencia también se evidencia cuando demanda conocimiento total de las exigencias de esas organizaciones y un equipo negociador impregnado de dignidad. No emparapetar, sino solucionar con patriotismo y sapiencia.

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