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18 de Oct de 2019

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Columnistas

Combatiendo el mal

Un hormiguero humano incesante empieza a pasar las puertas eléctricas desde medianoche. Avanza hasta un espacio lleno de sillas.

Un hormiguero humano incesante empieza a pasar las puertas eléctricas desde medianoche. Avanza hasta un espacio lleno de sillas. Cada persona que llega, camina hacia el final y pregunta ¿quién es el último? Entonces, mira a aquel que ha levantado la mano y se coloca al lado o cerca para esperar el turno de ir a la computadora cuyo mecanismo arranca a las cinco de la mañana para registrar la llegada de los individuos.

Estos que realizan tal recorrido son pacientes y concurren a sus citas, previamente programadas. Arriba, en el laboratorio, otra máquina asigna cupos para los variados exámenes que los médicos revisarán y que son requeridos en los diagnósticos. A un lado, lo relacionado con rayos X e imagenología. Cuando aún no ha salido el sol, el enjambre se prepara para la jornada, la atención, el análisis y la búsqueda de signos de recuperación.

Esta es la dinámica de un día normal en el Instituto Oncológico Nacional (ION), principal centro de salud panameño que atiende a los afectados por el cáncer en sus diferentes manifestaciones. Es una lucha constante. Según datos del Ministerio de Salud, en 2016 hubo en el país 9201 casos. Este mismo año murieron 2963 personas por esa causa; lo que da una mortalidad de alrededor a 68,7 por cada 100 000 habitantes.

Este problema somático tiene múltiples rostros. Los índices de muertes más frecuentes, corresponden a próstata, mama, estómago, pulmón y colon. El equipo de peritos pone en tensión toda la tecnología posible para ganar tiempo en la proliferación de las células invadidas en cada organismo, en cada individuo, en cada ciudadano que llega en búsqueda de esperanza y de devolver la vida que en ocasiones se escapa como agua entre los dedos.

Es la dimensión del trabajo de esta institución, ubicada en uno de los edificios del antiguo complejo del hospital Gorgas, precisamente el último que se construyó; pero que ahora empieza a dar signos de agotamiento en sus instalaciones. Cada jornada aquí es el refugio de enfermos que ocupan sus pasillos, sillas, ascensores, cubículos para ser atendidos por médicos, técnicos, psicólogos, enfermeras, voluntarios que dan coherencia a la gestión.

Se sabe que la aparición del cáncer no es sinónimo de defunción cercana. Hay etapas que cumple la malformación celular y ella se esparce entre los tejidos. Su atención en forma temprana, contribuye a dominar y controlar la situación; permite, además, planificar el tratamiento y posibilita a los facultativos enfrentarse con mayor posibilidad de éxito a la contingencia suscitada. He allí la importancia de la campaña de la cinta en octubre.

La población requiere ser consciente de que las dificultades del cáncer penden sobre las cabezas de un amplio sector y la única forma de éxito en la batalla, son la prevención y atención adelantada. Todo el complejo que atiende en el ION expone esa fórmula diariamente. La sociedad no alcanza a darle importancia a este panorama hasta que aparecen signos visibles y muchas veces afectaciones demasiado avanzadas.

La sede de este instituto en las faldas del cerro Ancón empezó a quedarse chica, frente a la creciente demanda de aquellos que se resignan a recibir sus cuidados en la estrechez hospitalaria. El equipo multidisciplinario sabe de la urgencia del cambio hacia un lugar que brinde mayor facilidad y mejore la calidad de los procesos.

El compromiso que se cumple cotidianamente en el ION supone cuotas extras de dedicación, que se aprecia en cada unidad de atención y en los miembros del colectivo humano que construye con su esfuerzo el modelo de aplicación de la tecnología panameña hacia esta enfermedad. La batalla contra el mal canceroso tiene perspectivas positivas y las tareas que se cumplen en esta institución son una garantía para los panameños.

Periodista