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21 de Nov de 2019

Columnistas

Explosiones de la potente clase media

“Evitemos, honorables diputados, la ira de una poderosa clase media panameña ya castigada y enfurecida. El gabinete hizo su parte proponiendo una reforma constitucional; hagan bien la suya en enero, antes de que todos debamos lamentarnos”

Nos sorprende cómo el aumento del pasaje del metro chileno engendrara tal disgusto popular capaz de causar una conmoción generalizada, disturbios callejeros y represión militar, dejando hasta ahora 19 muertos, más de 1000 heridos, más de 3000 arrestos, y un vandalismo con impresionantes daños a propiedades públicas y privadas. Según conocedores del fenómeno chileno, ese aumento fue solo la chispa que prendió el material combustible preexistente: el sostenido clamor popular por una mejor calidad de vida. Ese reclamo fue ignorado por gobernantes y políticos, porque “crearon fama y se acostaron a dormir”. Mientras la clase media chilena lidera las protestas, razones económicas y sociales alimentan reclamos similares en Hong Kong, Líbano, España y más. ¿Toca cuidarnos?

Resulta más fácil definir “clase media” como lo que no es. No son personas que vivan exclusivamente de las rentas de sus capitales, legítimos o no: la “clase alta”. Tampoco son quienes cada día, por falta de trabajo seguro, son subempleados o desempleados que deben aventurarse en busca de medios para no volver a la cama con el estómago vacío: la llamada “clase baja”, que incluye pobres y paupérrimos. La “media” se ubica entre ambas.

Desde la Revolución Industrial hasta las transformaciones creadas por la moderna inteligencia técnica, esa borrosa identificación de “clase media” se fundamenta en factores económicos, sociales y de poder, para subdividirla, a su vez, en media-alta, media-media y media-baja, según sea su patrimonio o nivel de ingresos. En general, incluye a profesionales, técnicos, pequeños y medianos empresarios e industriales, trabajadores bien remunerados, artistas y similares, que no disponen de capital propio, pero que confían en su capacidad para alcanzar un aceptable bienestar. No viven de sus rentas, deberán ejercer trabajos físicos o intelectuales y sus ingresos les permitirán comodidades familiares básicas: vivienda, transporte, educación, salud, vestimenta, nutrición, vacaciones anuales. Sin embargo, son precisamente ellos los más golpeados por el costo de esas comodidades: impuestos, inflación, precios de energía y alimentos, tranques, intereses bancarios, apagones y otras escaseces. Todos afectan su tranquilidad y alimentan su hostilidad, creando el cultivo apropiado para protestar por mejor calidad de vida.

Se afirma que el bienestar de la clase media chilena ha venido mermando mientras su clase política no lo entendía. Complacidos por su fama de disfrutar un impresionante desarrollo económico, no realizaron que el pastel no crecía como antes, que la economía se estancaba, que escaseaban inversión extranjera y empleos, que la corrupción persistía, que el costo de vida y los subsidios asfixiaban. Como comenta un político: “Cuando la marea sube, todos los barcos, grandes y pequeños, deben subir con ella; cuando la marea y el nivel del agua bajan, quedan al descubierto los bañistas que estaban desnudos y los que estaban vestidos”. La marea chilena subió para barcos grandes, no para pequeños. La marea baja mostró la desnudez de muchos chilenos. Es la desigualdad y clamor que causó el incendio provocado por el aumento del pasaje.

¿Existe el peligro de vernos confrontados con algo parecido? Con diputados solo preocupados por aumentos anuales de sus propios salarios; con inverosímiles propuestas para robustecer su inmunidad con un superfiscal nombrado por ellos mismos para supercontrolar a los fiscales que puedan investigarlos; con descabellada facultad para fijar rubros del presupuesto del Estado, a su antojo; con un ilimitado poder para controlar al Ejecutivo, forzando la destitución del ministro que aborrezcan; con una Asamblea dando las espaldas a las palpables necesidades del pueblo, ¿no estamos jalándole la cola al tigre que duerme? Podría despertarse con los rugidos espeluznantes en vecinas jaulas chilenas, argentinas, ecuatorianas, bolivianas, nicaragüenses, mexicanas. ¿Será la clase media y los estudiantes panameños el tigre que despierte como aquel 9 de Enero con Ascanio, como aquel diciembre de 1947 con Sebastián contra el Tratado Filós-Hines, y tantas otras jornadas patrióticas? ¿Veremos otra Cruzada Civilista tomándose las calles con cacerolazos, ondeando pañuelos blancos, gritando “Justicia”? ¿Cómo podría reaccionar la clase media panameña por los desmanes legislativos?

Los diputados deberán empinarse sobre intereses miopes, asumiendo su responsabilidad política. Por nuestro bienestar general, con o sin aplanadora, nuestra enfermedad moral, económica y política deberá curarse sin dilación. El triste desacierto que hemos visto no podrá repetirse cuando se debatan medidas sensitivas, incluyendo la protección de las jubilaciones. De reojo observamos que el Parlamento brasileño recién aumentó la edad de jubilación en ocho años, los hombres; y en nueve años, las mujeres. No sugiero nada igual, solo recuerdo que ese tema tan difícil necesitará una Asamblea muy distinta y más responsable el próximo año.

Evitemos, honorables diputados, la ira de una poderosa clase media panameña ya castigada y enfurecida. El gabinete hizo su parte proponiendo una reforma constitucional; hagan bien la suya en enero, antes de que todos debamos lamentarnos.

Exdiputada