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14 de Aug de 2020

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Rafael Carles

Columnistas

María siempre virgen

“Aunque históricamente los relatos sobre la concepción virginal de Jesús están atestiguados separadamente por los evangelistas Mateo y Lucas, no fue hasta 1854 que la Iglesia aceptó finalmente la maternidad de Dios de María y su virginidad perpetua”

Hoy, el mundo católico conmemora la fiesta de la Inmaculada Concepción, fecha en que también se celebra aquí en Panamá el Día de las Madres. Debo confesar que, a pesar de toda nuestra consideración por los creyentes y no creyentes, la fe cristiana nos hace creer que Jesús nació de una virgen. Recuerdo cuando éramos niños y estudiábamos en el Colegio Javier, este dogma solía darnos problemas, pero con el tiempo nos dimos cuenta de que si Dios pudo crear el universo entero, cómo no poder embarazar a una mujer humilde y descasada.

Aunque históricamente los relatos sobre la concepción virginal de Jesús están atestiguados separadamente por los evangelistas Mateo y Lucas, no fue hasta 1854 que la Iglesia aceptó finalmente la maternidad de Dios de María y su virginidad perpetua. Y desde entonces, el culto a la Virgen María ha sido fundamental para la vida de la Iglesia católica moderna. Ella tiene sus propias oraciones: el Ave María, la Salve y la devoción del Rosario. Sus fiestas están desperdigadas por todo el calendario eclesiástico, sus santuarios se encuentran por todo el mundo y su imagen adorna las paredes de innumerables hogares piadosos.

“Porque sin duda los milagros han existido, existen y seguirán existiendo. Y quienes dicen no creer en ellos, seguramente lo hacen por pura puñetería”

Los cristianos no tienen ninguna duda sobre aquello, aunque sabemos que vamos en contra de la corriente. Sabemos que Jesús realizó un ministerio de milagros que está tan ampliamente registrado en cada estrato del cuerpo de libros del Nuevo Testamento, que lo colocan como sanador de enfermos, promotor del bien y gran maestro de la vida.

Sabemos que muchas personas no creen en Dios y que tampoco creen en el relato del Génesis, de que el mundo fue creado en seis días o que Eva fue hecha de la costilla de Adán. Debemos entender que las historias de la Biblia hebrea no deben ser tomadas literalmente, ya que son relatos vestidos con un lenguaje figurativo de la mitología típica de los escritores de la época antigua. Pero sabemos también que los Evangelios sí pertenecen al género de la biografía literaria, cuyo objetivo era proporcionar una cuenta confiable de la historia.

No somos expertos en las Escrituras ni tampoco podemos explicar las muchas contradicciones que existen dentro de ellas. No sabemos, por ejemplo, a quién creerle sobre lo que sucedió con Judas, si se ahorcó como dice Mateo o si “se cayó de cabeza y se partió por la mitad”, como aparece en el libro de Hechos de los Apóstoles. Eso no es relevante y preferimos ver mejor los temas sobre la fe y las doctrinas fundamentales del cristianismo, porque son la única forma de crecer espiritualmente y además sirven para armonizar las contradicciones que existen en la Biblia y evitar entrar en discusión con los creyentes y no creyentes.

“[...] Jesús realizó un ministerio de milagros que [...] lo colocan como sanador de enfermos, promotor del bien y gran maestro de la vida”

Lo realmente importante aquí son los temas sobre la existencia de Dios, la aplicación de los valores morales en la vida ordinaria y el propósito de la muerte de Jesús en una cruz romana para vencer nuestro pecado. Tal como nos decía el padre SJ Tadeo Ardila en su clase de Filosofía, estas son las preguntas que deben importar al ser humano y no cómo murió Judas. Porque a través de los siglos, la gente ha tenido fe en Zeus, en Confucio, en el dios de la cocina, en el calor de la candela y la energía del fuego, y en innumerables otras deidades. Y en cada una de estas tradiciones, existe un énfasis para entender y explicar los milagros.

Porque sin duda los milagros han existido, existen y seguirán existiendo. Y quienes dicen no creer en ellos, seguramente lo hacen por pura puñetería. Nadie puede negar que la vida misma es un milagro, un hecho que requirió de un Creador, de un Diseñador para que más de un trillón de moléculas del libro genético pudieran alcanzar la forma de una célula, y llegar, después de miles de millones de años, a donde estamos ahora mismo. A través del espejo de la fe es fácil entender todo este misterio.

Pero también la evidencia a favor de la existencia de Dios se encuentra en infinidades de eventos de la historia, múltiples conclusiones de la filosofía, diversas consideraciones de la lógica, innumerables leyes de las ciencias y ecuaciones exactas de las matemáticas. Tal vez por nuestra formación científica, además de la propia fe, las incontables afirmaciones sobre la existencia de Dios nos ayudan a creer en los milagros, explicar el origen del universo y aceptar la virginidad de María. Como lo señaló el filósofo John Earman: “Nadie, excepto Dios, pudo haberlo hecho mejor”.

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