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06 de Aug de 2020

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Ricardo Arturo Ríos Torres

Columnistas

La invasión contra Frankenstein

Panamá es intervenido por el Imperio de Wall Street desde el siglo XIX al presente. La agresión es psicológica, militar, económica y política.

El suelo nativo es hollado por imperios codiciosos y crueles, entre ellos el hispano y el estadounidense. Los conquistadores españoles luchan por más de 40 años para vencer la resistencia de indómitos guerreros. La heroicidad de Quibián, Urracá y París, es leyenda. Igual la valentía de los cimarrones como Bayano y Felipillo.

Panamá es intervenido por el imperio de Wall Street desde el siglo XIX al presente. La agresión es psicológica, militar, económica y política.

El tratado Mallarino-Bidlack de 1846 le otorga al coloso del Norte el derecho de intervenir en el istmo de Panamá. Colombia cede su soberanía incapaz de detener el ansia separatista del país canalero.

La república panameña en la Constitución de 1904, en el artículo 136 repite ese abominable acto de sumisión a las águilas imperiales de Washington.

El tratado de 1977 legaliza la intervención estadounidense con el tratado de Neutralidad y nos pone bajo el paraguas del Pentágono. La invasión de 1989 la avala el imperio de Washington con ese tratado antipatriótico de acuerdo con Miguel Antonio Bernal en su libro “El agitador de conciencias”.

Desde 1850 se dan más de 28 intervenciones armadas por los Estados Unidos en Panamá. Los imperios nunca necesitan de excusas, tratados, ni permisos para ocupar, en su expansión, el espacio vital de otros para satisfacer sus intereses.

La invasión de 1989 es un acto demencial y descomunal, la más violenta y criminal de las intervenciones estadounidenses en la patria de Victoriano Lorenzo. El imperio del dólar se desquita de lo acontecido en la gesta patriótica del 9 de enero de 1964. El mensaje es directo, aquí estamos, el paraguas del imperio es permanente.

La madrugada del 20 de diciembre se desata un violento huracán de fuego homicida, un zumbido perverso barre El Chorrillo. La noche se ilumina con soles de pólvora y metal, una lluvia de meteoritos infernales aterrorizan a una población indefensa, el infierno de Dante es real. El horror made in USA con ríos de sangre inundan con trágica desolación una tierra de música y poesía.

Lo grotesco y humillante es que Noriega, es el Frankenstein creado por la CIA. El golpe militar de 1968 se gestó en el Departamento de Estado de los yankees.

La cúpula militar de las Fuerzas de Defensa, los líderes del PRD de ese momento y la izquierda panameña avalan una dictadura pro norteamericana dirigida por un agente de la CIA, todos ellos sabían de la invasión. Nada hicieron para impedirla; era la crónica de una invasión anunciada con dos años de anticipación. Nada es casual; todos son responsables de los miles de panameños asesinados, entre ellos, la tropa y suboficiales abandonados por los mandos superiores los cuales carecieron del decoro y dignidad para defender el suelo patrio. La tropa y los oficiales de bajo rango son traicionados y llevados a un sacrificio infame.

Noriega y el Estado Mayor, el PRD brazo político de ese régimen nefasto y la izquierda oportunista deben rendir cuentas, la culpabilidad es insoslayable.

La élite dominante, sobre todo con la mentalidad del protectorado de 1903 también alentó la invasión, ellos tienen responsabilidad y también son culpables de esa masacre.

San Miguelito y otros sectores como la base de Coco Solo y Amador ofrecen una resistencia heroica y osada al ejército invasor. Mientras la alta oficialidad se entrega dócilmente a los amos de la CIA, tenientes y tropa lucharon hasta morir, así lo reconoce el General Cisneros. Germán Torres, mayor jubilado, con muchos panameños se destaca en San Miguelito y en la batalla de Tinajitas. Noriega es protegido en la nunciatura, mientras los panameños ofrecen sus vidas en aras de la Patria agredida.

El saqueo es programado por la cúpula militar, el asalto a los comercios y bancos es la venganza contra los empresarios que los adversan. La acción es ejecutada por personal asignado, entre ellos los batalloneros, fuerza de choque de Noriega. El saqueo es el juego macabro para distraer al populacho de los actos de agresión del ejército estadounidense. Aurelio Díaz, propietario de DIMAR narra en su libro Yeyo el inmigrante como salvó su negocio de las bandas delincuenciales que azotaron la ciudad en ese momento de angustia, dolor y lágrimas. Aurelio es entrevistado en Tertulia Literaria, el programa cerrado por Martinelli en Radio Panamá.

Los 29 años de esa catástrofe humana obliga a realizar investigaciones objetivas y serias del trágico acontecer, con los antecedentes, causas y consecuencias.

Las letras panameñas tienen el deber histórico de asediar a través de novelas, cuentos, poemas, dramas y ensayos el imaginario de lo sucedido. De lo contrario, Cómala nos estará acechando, los fantasmas reclaman el sueño eterno.

La patria sagrada lo demanda, ese pasado es imborrable.

Istmania, 20 de diciembre de 2019.

Historiador, escritor y docente