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06 de Aug de 2020

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Pedro Rivera

Columnistas

Tiempos de insurgencia

¿Quién que haya sido no escuchó alguna vez en su vida una ladrería de perros de vecindario pueblerino? Empieza un perro cantalante, sigue un segundón, súmanse terceros, cuartos, quintos, así sucesivamente, hasta alcanzar los decibeles de una banda de música independiente.

¿Quién que haya sido no escuchó alguna vez en su vida una ladrería de perros de vecindario pueblerino? Empieza un perro cantalante, sigue un segundón, súmanse terceros, cuartos, quintos, así sucesivamente, hasta alcanzar los decibeles de una banda de música independiente. Esta sinfonía de ladridos es motivada por una inequívoca señal de peligro. El instinto de supervivencia atávico se dispara en medio de la noche, seguida inmediatamente de la consabida furia emocional, común a todos los mamíferos. Es inútil tratar de sosegar a estos compañeros ancestrales del hombre por vía de la razón, con caricias o látigos.

Tanto el susurrante llamado a la calma, como las amenazas —“¡cierra el hocico perro de caca!”— en vez disuadirlos, Incrementa sus niveles de agresividad. Si se los soltara, estos caninos atacarían en manada la amenaza real o imaginaria, igual si el tal “enemigo” fuese conejillo de Indias o tigre de Bengala. ¿Será que todos los vivíparos reaccionamos de la misma manera? ¿O que todas las especies entran en estado de alerta cuando husmean peligros inminentes? ¿Seremos como el pez o las hormigas que se alteran cuando presienten un terremoto? ¿En qué no nos parecemos? Estamos hechos de la misma materia. Pero no se tome a mal esta fábula animalista, no tan buena como las de Esopo, porque mi intención no es demeritar a los seres humanos, ni tampoco a los perros, ni a otros bichos, mucho menos descalificar la actividad insurreccional que se propaga como fuego sin adrar [sic] en pasto seco, abonado por cerros de cagarruta en toda la superficie del planeta. Al contrario, soy de los que observa estas manifestaciones de protesta colectiva con marcado interés científico y confesada simpatía porque está muy claro para las ciencias sociales que se trata del reflejo de una crisis recurrente, de amplio espectro [económica, territorialista, institucional, belicista, moral], de cuyo vientre emergerá posiblemente otro mundo mejor. ¡Ojalá!

¿Qué alimenta a estas reacciones instintivas-emocionales humanas? Bastaría señalar que unos 842 millones de seres humanos, 1 de cada 9, padecen hambre en el mundo, aun cuando la actual producción de alimentos alcanzaría para todos. Está claro, pues, las desigualdades sociales, la destrucción sistemática del hábitat humano, el bombardeo indiscriminado de ciudades de la periferia, las matanzas de inocentes en los cuatro puntos cardinales de la tierra, el saqueo sistemático de riquezas del subsuelo ajeno, las trampas del mercado, la globalización devastadora la ideología consumista, la usura despiadada de la banca internacional con el fin de embargar países enteros, el terrorismo inducido, el narcotráfico, la corrupción institucionalizada, la impunidad, el peligro de que la Tercera Guerra Mundial [que ya empezó aunque nos hagamos los pendejos para no verla] derive en el apocalipsis nuclear. ¿No son suficientes razones?

Esta insurrección global, aparentemente anárquica, se empieza a configurar como un poder en el imaginario colectivo de la humanidad. Ya corre la sangre. La alerta instintiva-emocional humana se disparó. Sólo falta que la razón al descubrir al enemigo común tome el control. PRO

Escritor y periodista