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02 de Apr de 2020

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Aram Cisneros Naylor

Columnistas

¿Hay opción al transitismo?

Conmovido, Chitangi observaba un imponente cuipo. En su copa, un águila harpía anidaba. Aquel indígena prehispánico, a bordo de su panga en el río Chagres, no imaginó que once mil años después, un barco Neo Panamax navegaría esas aguas para, igual que él, lograr un atajo entre un océano y otro.

Conmovido, Chitangi observaba un imponente cuipo. En su copa, un águila harpía anidaba. Aquel indígena prehispánico, a bordo de su panga en el río Chagres, no imaginó que once mil años después, un barco Neo Panamax navegaría esas aguas para, igual que él, lograr un atajo entre un océano y otro.

La escena tiene sustento científico. Richard Cooke nos recuerda que Panamá no comenzó con Bastidas “descubriéndola” en 1501. El Istmo estuvo habitado mucho antes. Lo demuestran instrumentos de caza que ese arqueólogo estudió.

El transitismo es nuestro origen. Su renta ha sido apropiada por quienes nos controlaron. España primero, Colombia luego y EUA hasta 1999. Después iniciamos el goce pleno de nuestro territorio.

La evidencia de eso es arrolladora. Durante 85 años de administración estadounidense, recibíamos del canal un promedio de 21 millones anuales. En los 20 años de administración panameña, los aportes promedio han sido 840 millones anuales.

Preguntar si existe opción al transitismo, parece desconocer nuestro origen. Pero en planificación económica y cohesión social, esa es la pregunta esencial. Veamos dos hitos históricos.

En 1939, justo antes de la II Guerra Mundial, la población habitante de la Zona del Canal se duplicó, el número de empleados de la Comisión del Canal también, se construyeron aeropuertos, carreteras, alojamientos y aumentó tanto el número de transeúntes militares como la tripulación de naves de transporte. Por tanto, se disparó el consumo de arroz, carne de res, carne de cerdo, azúcar, leche, gas y electricidad. Hubo pleno empleo durante un tiempo.

El período no fue pacífico. El reacomodo económico, promovió una batalla en la clase política, con siete presidentes en once años. El último de estos, Remón, pagó el precio máximo: fue asesinado.

El auge se agotó en 1970 y se redacta “La Estrategia Nacional 1970-1980”, con varias plumas, lideradas por Nicolás Ardito-Barletta. Es el debut de nuestro Centro Bancario. Eso nos llevó a ser una plataforma de servicios internacionales que es atacada hoy.

Basta leer los informes estadísticos de la Contraloría, para comprobar que ser un país canalero tiene impacto favorable en nueve actividades: telecomunicaciones, transporte, logística, almacenamiento, banca, seguros, finanzas, servicios legales y servicios logísticos. A su vez, ellas impulsan otras cuatro: turismo, comercio, construcción y bienes raíces.

Por eso, con excepción de la minería, gozar de un empleo bien pagado, exige residir en el área transístmica y cierta educación. El resto del país queda fuera de la fiesta. Por ello, el transitismo tiene dos aristas sociales.

La xenofobia es la primera. Aunque decimos “sean bienvenidos todos” y que estamos para “beneficio del mundo”, siempre existen posturas como “Panamá para los panameños”, expuestas por el movimiento Acción Comunal en los años treinta o por Zulay Rodríguez hace unos meses. Expresan sentimientos de un sector de nuestra población que decide creer que la llegada de extranjeros es la causa de sus problemas.

La desconfianza es la segunda. El Cieps (Centro Internacional de Estudios Políticos y Sociales), publicará en abril una encuesta. Como primicia, comparto que su principal hallazgo es que ocho de cada 10 panameños no confía en el otro. ¿Por qué?

Algunos aducen que es porque el transitismo genera instantes de bonanza donde impera el “sálvese quien pueda” y hay pocos beneficios sociales que disminuyan riesgos. Además, las oportunidades dependen de contactos.

Pregunto si existe opción al transitismo, para provocar un diálogo sobre cómo la agroindustria y la agroexportación podrían integrarse al modelo.

La productividad se alcanza sembrando grandes extensiones y financiando tecnología. Así logramos calidad y costos para competir y exportar. Sabemos también que no basta conocer la solución teórica. Hay que aplicar la teoría con gente competente. La universidad Wageningen en Holanda, puede ayudar.

Hoy, ya no es Chitangi quien observa al águila en la rivera del río Chagres. Hoy, es Clara la que gasta sus días, viendo un celular que parece estar unido a su mano con algún pegamento. Ella es una joven coclesana que no trabaja ni estudia.

Aunque el moderno aparato debería incluirla en la modernidad, ella permanece excluida de las oportunidades e ignorando que su vida cambiaría, con el desarrollo agroexportador de Panamá.

Consultor