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20 de Sep de 2020

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Mario Velásquez Chizmar

Columnistas

Sequía política

Santiago de Chile. — Pretender que todo cambie en Panamá durante el año que comienza no es realista, justo ni ecuánime. Los últimos dos Gobiernos causaron un grave daño y el deterioro a nuestra democracia fue muy grande.

Santiago de Chile.— Pretender que todo cambie en Panamá durante el año que comienza no es realista, justo ni ecuánime. Los últimos dos Gobiernos causaron un grave daño y el deterioro a nuestra democracia fue muy grande. La fiel restauración del país demanda un trabajo muy fino, cuyo éxito requiere estricta seriedad y una agenda muy puntual, nutrida de acciones impactantes. Hoy, sí es posible señalar, con claridad, la dirección y la naturaleza del empeño que las autoridades ponen en respuesta a las más sentidas y legítimas aspiraciones y necesidades populares, en un contexto de auténtico rescate de la credibilidad en las instituciones gubernamentales y el respeto al Estado de derecho y al ejercicio de los derechos ciudadanos.

Es simple miopía política identificar la actuación de los diputados del PRD, unidos por un cordón umbilical al sistema reproductivo de una entidad alejada de la función propia que le fija la democracia, con la del Ejecutivo; que ha demostrado fehacientemente comprender a cabalidad su rol en una democracia. La “armónica colaboración” no significa ni sumisión ni coincidencias ni una relación matrimonial. Se quedarán con las ganas quienes ansiosos esperan el momento de un tira y hala provocado entre el presidente Cortizo y el Legislativo, porque el mandatario entiende perfectamente a nuestro pueblo, harto de que sus intereses se sacrifiquen por cuenta de esos forcejeos y espectáculos bochornosos.

Todos reclamamos un Gobierno diferente. Nos lo merecemos. Crecer, desarrollarse y enriquecer nuestra calidad de vida, lo requiere. Hoy, la esperanza popular está fijada en ello. Por eso las actuaciones políticas, en favor o en contra, deben mostrar alta calidad y estar en sintonía con prácticas civilizadas; enmarcarse en las reglas de la convivencia democrática y los parámetros constitucionales; constituirse en ejemplo para la adecuada formación en valores humanistas.

Levantar el edificio de la democracia no solo requiere una dirección consciente, visionaria, actualizada, honesta y dispuesta, sino también una oposición que sepa exteriorizar sensatas posturas dirigidas a evidenciar opciones distintas, viables y veraces, para fortalecer la democracia y alcanzar una mejor sociedad, solidaria, justa y que facilite al individuo surgir y vivir feliz.

Con base en esta fórmula de vida democrática, resulta contraproducente pensar que bombardeando los logros y la infraestructura que hemos alcanzado con el modelo de desarrollo vigente y que, históricamente, hemos sembrado, cultivado, corregido y cosechado, sea factible que se respiren aires nuevos en una atmósfera tan contaminada.

El nivel de protesta contra lo que no cuente con el favor de determinados sectores de la población, tiene sus límites, fijados desde hace siglos por las reglas de convivencia respectivas, recogidas regularmente en códigos, leyes y constituciones políticas, que van evolucionando con el tiempo, cierto, pero con sujeción a las particulares condiciones sociales del país pertinente.

En una verdadera democracia, las críticas y la gestión fiscalizadora son normales y muy necesarias. Es falso que las cosas buenas y positivas se alimentan solo de miel. Crecer con cimientos sólidos requiere de ideas disímiles y, en muchas ocasiones, de correctivos dolorosos. Quien lleve el liderazgo, no puede temerle a este desafío. Más bien, saber de su existencia y saltar el muro.

A pesar de una actuación general, de lado y lado, subordinada a propósitos constructivos y que apunte al progreso humano, es requisito sine qua non que las intervenciones de los distintos funcionarios sean mesuradas, responsables, claras, coherentes, concisas, sinceras y motivadas, donde la voluntad y acción políticas se expresen con convencimiento, sin gestos dubitativos, en forma concatenada y lógica, con apego a la Ley y a las reglas del Estado de derecho, con lenguaje civilizado, simple y respetuoso, alejado de espectáculos histriónicos y rabiosos que van en detrimento de las necesarias objetividad y seriedad del comportamiento de nuestras autoridades en un verdadero proceso de recuperación de un país.

Si bien el liderazgo para coronar esta tarea está concentrado en la figura del presidente, es la labor de un equipo la que muestra que hay una administración diferente. No se trata de exonerar de responsabilidad al director del equipo ni de evadir el ejercicio oportuno de sus obligaciones. Es cuestión de colocar con exactitud las fichas del juego, con el fin de llegar a la meta, ya sea que esta coincida con la del Buen Gobierno o con la de sus detractores. Los que no alcancen a ver que es un país entero el que clama avanzar, el que necesita con notoriedad mirar hacia adelante sin distracciones, sin obstáculos innecesarios, por caminos bien iluminados, en paz y armonía, con paso firme y férrea disposición de dinamizar el crecimiento material y espiritual del individuo, se quedó atrás, lo dejó el tren, el cambio climático lo paralizó, se le secaron los sesos.

Esta sequía política impide distinguir el camino recto del otro lleno de peligros y catástrofes sociales. Sin claudicación de ideales, es hora de construir.

Abogado, embajador en Chile.