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24 de Sep de 2020

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Rafael Carles

Columnistas

Misión: eliminar la mediocridad

Hace menos de un año publicamos un artículo titulado “Leyes que promueven la mediocridad” y numeramos las 61 leyes que existen en Panamá para proteger a profesionales panameños por nacimiento o por nacionalización en carreras que van desde abogacía e ingeniería hasta barbería y guías de turismo.

Hace menos de un año publicamos un artículo titulado “Leyes que promueven la mediocridad” y numeramos las 61 leyes que existen en Panamá para proteger a profesionales panameños por nacimiento o por nacionalización en carreras que van desde abogacía e ingeniería hasta barbería y guías de turismo. Y mencionamos que, aunque siempre hay retrógrados que piensan que estas leyes los escudan y protegen, lo cierto es que mientras existan y no les permitan trabajar y competir con los mejores del mundo, siempre serán mediocres.

La mediocridad es un tema complicado. Ataca sigilosamente y avanza rápidamente, como el cáncer insidioso. Se apodera de todas las esferas de la sociedad, sin distinción de clases, género o preferencia religiosa. Se propaga a través de la economía, invade los medios de comunicación y disfruta las redes sociales. Tiene ocupado inmensos espacios de instituciones públicas y se esconde como cómplice en corporaciones, fundaciones, gremios y organizaciones sin fines de lucro, a pesar de que todavía existen islas de inteligencia y talento habitadas por mujeres y hombres capaces de dificultar su avance.

La más reciente de estas acciones fue el mensaje de la Cámara de Comercio, Industrias y Agricultura de Panamá (Cciap) que recomienda revisar el cúmulo de leyes que promueve la mediocridad y permitir el ingreso de profesionales talentosos y comprometidos con la recuperación ética, intelectual, cultural y económica de la República.

José Ingenieros (1877-1925) escribió: “la psicología de los hombres mediocres se caracteriza por un rasgo común: la incapacidad de concebir una perfección, de formar un ideal. Son rutinarios y mansos; piensan con las cabezas de otros, comparten la hipocresía moral ajena y ajustan su carácter a las cosas domésticas convencionales (...). No viven ellos mismos, sino por el fantasma que proyectan en opinión de sus semejantes. Carecen de línea; su personalidad se desdibuja como un rastro de carbón debajo de la mancha, hasta que desaparece”.

Registra Ingenieros que, cuando se asocian, se vuelven peligrosos, porque “la fuerza de su mayoría numérica alimenta la debilidad individual: se unen por miles para acompañar a los que prefieren encadenar sus mentes con argollas de rutina y monotonía” (El Hombre Mediocre, Ed Icone, 2006).

La realidad es que el mediocre no es reservado ni discreto, sino un virus atrevido, contagioso y destructor. Además de ser inútil, es envidioso y pedante, y siempre muestra la solución de problemas objetivos con frases e ideas extravagantes. Analiza a las personas como masa anónima y sumisa, permanece ajeno al mundo real, que es indiferente y desconocido para él. Es por esto que, mientras ocupen cargos importantes y cuenten con leyes que los protegen, el país seguirá subdesarrollado, analfabeto, pobre, sin salud, sin educación, a pesar de las maravillosas cifras de desarrollo económico que tanto nos jactamos.

Tal como lo planteó Ricardo Haussmann en su última conferencia, “los países con éxito son aquellos que compiten por el talento, no los que obstaculizan el talento”. Por eso, el mensaje de la Cciap debe llamar a la reflexión, porque el modelo para alcanzar desarrollo y progreso se agotó y ahora se necesita un país más abierto a la inmigración de profesionales e inversionistas extranjeros, para elevar el nivel de la educación y crear nuevos sectores de crecimiento para aumentar nuestra productividad y competitividad.

La Cciap no propone eliminar la idoneidad, sino revisar las leyes que actualmente restringen la competencia y sirven de barrera a la entrada de panameños que estudian en el extranjero y profesionales inmigrantes talentosos que no pueden ejercer en Panamá.

En nuestro artículo del año pasado compartimos algunos casos de panameños graduados en universidades prestigiosas en EE. UU. y Europa, y que tuvieron que repetir su carrera en una universidad local para poder ejercer en su propio país. Todos sabemos que la calidad de la educación en nuestras universidades dista mucho de ser buena. Solamente analizando las altas tasas de ausentismo de sus profesores, nos damos cuenta del porqué están así. Y ni hablar de sus carencias en infraestructura, equipos, instrumentos y aparatos necesarios para una educación de clase mundial.

Es lamentable que varios gremios profesionales hayan salido a descalificar el mensaje de la Cciap, sin proponer solución alguna al problema central. Reiteramos, sin conocimiento no hay educación y sin educación nunca habrá progreso ni desarrollo a largo plazo. Y para poder acceder a ese flujo de conocimiento y mejorar nuestra educación, estamos obligados a ser más competitivos y abrir el mercado a profesionales talentosos, sean panameños o extranjeros. Porque mientras existan esas leyes proteccionistas, el país vivirá en permanente contubernio con la mediocridad y frenará toda posibilidad de aprovechar oportunidades en el futuro.

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