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23 de Sep de 2020

Roberto Díaz Herrera

Columnistas

¿Somos o no somos lavandería?

“[...] ¿quiénes nos enseñaron? Respuesta: los mismos policías financieros que hoy les duele que el mero quiso ser tiburoncito”

Panamá, sus altas autoridades financieras, y los altos ejecutivos de la Unidad de Análisis Financiera (UAF), así como las corporaciones bancarias y los altos estudios jurídicos, tienen años de pelear como burros amarrados contra tigres la inclusión del país en listas grises. La decisión de decir quiénes están en dicha lista la tiene la OMC (Organización Mundial de Comercio), que a fin de cuentas la manejan las potencias industriales.

Debemos entender en la concreta que somos un pez mero y pequeño, además luchando contra tiburones de dientes afilados. ¿Estaremos dando motivos visibles, al menos para sospechas de que aquí hay lavanderías organizadas para ocultar dinero sucio o dudoso? ¿A cuántos no les hemos oído el mismo comentario: “¿cómo hacen los promotores o inversores para tener tantos y tantos y tantos apartamentos con luces eternamente apagadas en Paitilla, Punta Pacífica o Costa del Este?”. “¿No se hacen casi siempre con préstamos bancarios?”. “¿Cómo soportan por meses o años tantos intereses?”. Y, si repasamos nacionalidades de tales inversores nos encontraremos con colombianos —en especial, que es difícil que nos muestren un récord policial creíble— y que buscan obviamente ingenieros y arquitectos nacionales, que solo hacen el trabajo técnico. Y, naturalmente, representados por abogados, casi siempre de bufetes altos y sonoros.

“[...] ¿quiénes le enseñaron a los abogados panameñitos vida mía a crear esa Ley y las sociedades anónimas? [...]”

Si la Ley 32 de 1927, que crea las sociedades anónimas viene de ese tiempo, con “Canal Zone”, Comando Sur y “gobernador de qué”, ¿cómo se fabricaban hace 93 años los Gobiernos?, ¿quiénes le enseñaron a los abogados panameñitos vida mía a crear esa Ley y las sociedades anónimas? ¿Serían abogados de Chitré o Santiago los adelantados del mar del Sur? Obviamente los clanes del poder que jugaban golf con los gringos y que comían en los comedores del Fuerte Amador; tal vez algún amigo del general de turno era banquero o financista y le enseñó a algún íntimo las normas de Estados Unidos que crearon esas figuras de “la personería jurídica”, antigua, pero perfeccionada en Londres y Washington.

Si llevábamos tantas décadas en esos negocios tan legales y tan bien coordinados con los bancos de nuestro sistema internacional, ¿por qué razones explotaron la bomba de “Mossack y Fonseca”? ¡Por allí anda la mano peluda! ¿Son solo este par de magos panameños jurídicos/financieros los que juegan ese juego supuestamente inmoral e ilegal? Claro que la Ley 32 y el sistema de décadas permite: a) La exoneración del impuesto sobre la renta obtenida de fuente extranjera o que proviene de un país que no sea Panamá; b) Facturar la venta de productos o mercancías a través de una oficina corporativa en Panamá a un precio mayor de aquel facturado a la sociedad en Panamá por esos mismos productos o mercancías mientras estos productos se mantengan fuera de Panamá. ¡No suenan tan angelicales esas palabritas, para países industriales!

¿Ocurre en la sede de la Policía Mundial? Veamos un artículo revelador: Un despacho de la agencia de prensa AFP del 2 de enero de 2016 nos dice: La ONG Global Witness llevó a cabo una investigación con cámara oculta a 13 abogados de New York para denunciar la gran facilidad con que el dinero potencialmente negro o sucio puede ser gestionado o transferido a Estados Unidos a través de empresas fantasmas (lo que aprendimos a hacer). Pese a que decíamos representar a un cliente que era ministro en un país africano, que había acumulado varios millones y que quería transferirlos de forma discreta a Estados Unidos para comprar un avión privado, un yate o una casa; sin embargo, todos los abogados, con excepción de uno, se mostraron benevolentes y sugirieron a su cliente crear empresas fantasmas en Estados Unidos, a fin de ocultar el patrimonio del ministro. Incluso sugirieron crear una compañía en Delaware y que sería propietaria del patrimonio del ministro. Solo un abogado —Jeffrey Herman— rechazó la oferta y se negó a recomendar a otro colega. De 13, 1.

La pregunta final ya no sería “si somos o no lavandería”, sino ¿quiénes nos enseñaron? Respuesta: los mismos policías financieros que hoy les duele que el mero quiso ser tiburoncito. Como dice el lema: “Al más pendejo le preguntan quién es Dios”.

Coronel retirado y abogado.