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13 de Aug de 2020

Ernesto B. Gómez Pérez

Columnistas

Coronavirus: los microorganismos siempre han cambiado todo

¿Recuerdan cómo fueron los primeros días? Bromeábamos y reíamos, no creíamos que esta epidemia fuera la gran cosa. Todo ocurría lejos, en otros continentes, pero producto de la globalización, escuchábamos “in crescendo”: histeria de la humanidad.

¿Recuerdan cómo fueron los primeros días? Bromeábamos y reíamos, no creíamos que esta epidemia fuera la gran cosa. Todo ocurría lejos, en otros continentes, pero producto de la globalización, escuchábamos “in crescendo”: histeria de la humanidad. Luego la epidemia llegó a nuestro territorio. El número de infectados fue incrementando exponencialmente. Hubo un maestro infectado que murió y este fue el comienzo. La información nos embriagó rápidamente en la más complicada de las ignorancias. Caímos presa de la desinformación, de la histeria, de todo lo que Hollywood nos ha enseñado. Ahora sentíamos miedo, pero ¿miedo a qué? ¿Al virus que no es letal? ¿A una trama conspiratoria mundial? ¿Nos mienten? ¿O nos están diciendo toda la verdad? ¿Nuestros derechos civiles pierden poder? ¿Perdemos nuestros derechos? ¡Pandemia! ¡Muerte! ¡Toques de queda!

Llegó el silencio. Por primera vez se ponía en práctica un protocolo epidemiológico mundial y la civilización se paralizaba en cuarentena. Desde mi balcón podía divisar la ciudad en una incómoda calma. Las nueve de la noche de un viernes se sentían como un lunes a las tres de la madrugada y pensé: “Nuestra civilización cambiará para siempre, de esta crisis no saldremos iguales. Nuestras costumbres cambiarán, la amenaza microscópica es el miedo ancestral de nuestra especie ante la incertidumbre”. Soy microbiólogo por entrenamiento y estudié con meticulosa fascinación cómo las hormigas “arrieras” manejan su sistema de salud pública. Ante una infección, estos insectos ponen en práctica estrategias higiénicas, usan sustancias antimicrobiales, clausuran cámaras infectadas como si fuera un tipo de cuarentena. Puedo decir que instintivamente desencadenan un tipo de protocolo epidemiológico, siempre al nivel de la colonia: el interés común. Dependiendo del tipo de infección que enfrenten, mueren una u otra cantidad de hormigas. La biomasa de su hongo decrece, pero la colonia sobrevive; porque supieron cómo manejar la infección, en conjunto, organizadas. Esto que estamos viviendo ya lo he visto antes; las hormigas arrieras y nosotros tenemos mucho en común, no como individuos, sino como sociedad, compartimos parámetros y requisitos de salud pública bien establecidos, pero ¿seremos tan organizados y consistentes como ellas?

¡Infección! Tengo una idea muy general de cómo funcionan estos eventos. Para la mayoría de la población mundial los microorganismos son fantasmas. Las fotos y vídeos que hay de ellos parecen alienígenas, ciencia ficción hecha realidad. No los vemos. ¡Oh, pero estos agentes infecciosos, los virus, sí que existen! No tenemos idea de dónde vienen, evolutivamente hablando, son un misterio. Sus aspectos, sus diseños, sus mecanismos de engaño molecular para entrar a nuestras células y replicarse son fascinantes. A los virus ni siquiera los consideramos seres vivos, no cumplen con los siete requisitos generales de un ser vivo. Reproducción, respuesta a estímulos, nutrición, metabolismo, excreción, homeostasis, respiración y crecimiento. En base a este consenso general de lo que significa vida, los virus no encajan, sin embargo, existen, infectan, se replican. No se reproducen, no responden a estímulos, no se nutren, no poseen metabolismo. ¡Qué cosa tan curiosa! ¿Cómo matas lo que no está vivo? Lo desactivas. Algunos académicos creen que los virus funcionan como un agente de selección natural, un controlador poblacional, del cual nuestra única defensa es nuestro propio sistema inmune adaptativo. Sí, nuestro sistema inmune se adapta, aprende y por eso nos inyectan dosis mínimas de replicones virales llamadas vacunas, para que nuestro sistema inmune aprenda a identificarlos molecularmente y así nuestras células no sucumban ante su infección.

Mientras tanto, dentro de nuestros cuerpos ocurre toda esta fascinante dinámica molecular. Y afuera está la civilización en pánico ante la incertidumbre. Este virus llamado Coronavirus no es letal, no representa el fin de la humanidad; plagas mucho más letales hemos enfrentado ya. La humanidad saldrá como siempre adelante, pero nuestra civilización no será la misma. Aquí es donde mi positivismo, mi convencimiento en una nueva ruta de civilización, menos consumista y armamentista, debería entrar en acción. En esta crisis tenemos la oportunidad de alcanzar un nuevo nivel de conciencia. La ciencia y la tecnología nos pueden llevar muy lejos, pero no podemos seguir invirtiendo en guerra y explotación de los recursos naturales no renovables. En estos primeros cuatro meses de parálisis global hemos sido testigos de cómo la Tierra sobreviviría muy bien sin nosotros. La naturaleza retoma su lugar y rápidamente se sobrepone a la contaminación, producto del estrés antropogénico. Bastó la llegada de un microorganismo para devolvernos la humanidad, la solidaridad. Lo que nos ha demostrado este virus altamente contagioso es que no estamos listos como civilización para una gran plaga. Nuestro sistema de salud en analogía biológica es un sistema inmune abatido, que con poco sucumbe. Las fronteras, los Gobiernos, las políticas, la economía territorial son insuficientes. Aquí empezamos a explorar en la práctica una unidad planetaria. Debemos lograr una política mundial en pro de la humanidad y de nuestro planeta, que es nuestra única nave espacial.

¿Recuerdan cuando solíamos abrazarnos y besarnos con gente que apenas conocíamos y no nos preocupábamos por saber con quiénes habían estado?

Microbiólogo