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12 de Jul de 2020

Jaime Porcell

Columnistas

Nito, el de aquel taburete

Ante la pandemia del COVID-19, Cortizo reitera, “estamos en guerra”. Confiesa, en un discurso de lenguaje coloquial, que le abruman amigos con sugerencias tipo “Nito, hay que…”.

Ante la pandemia del COVID-19, Cortizo reitera, “estamos en guerra”. Confiesa, en un discurso de lenguaje coloquial, que le abruman amigos con sugerencias tipo “Nito, hay que…”. Conmina a no dejarnos atrapar por quienes halan a las ranas por las patas. ¿Será conmigo, maestro?

Dudo que alguno conminara al presidente, cuidar que en el tiroteo no termine destrozado aquel taburete de cuatro patas ancladas a la realidad. Menos advertirle que una guerra también arrastra psicopatologías perversas, que declara enemigo al resto que resista marchar al compás del aplauso.

Fuerzas con acceso al poder ven, en este remezón del sistema sin precedentes en tiempos de paz, una oportunidad preciosa para inculpar al pensamiento crítico por halar las patas.

La sutil cultura del halago hace sonar el cascabel de su cola. Unos habilidosos en erigir coreografías de oropel, actores consumados de la engañosa credulidad, ponen en sospecha a cualquiera que no les aplauda.

Ya era tiempo de extender solidaridad por unos que ciertamente hace rato vienen luchando por reivindicaciones, léase, médicos, paramédicos, fuerzas de seguridad, por mencionar algunos pocos.

Aquel halago perpetuo, así como los “power points” e informes voluminosos, devienen en el perfecto estacón para mantener encerrado a cualquier mandatario. Los despachos superiores de sus víctimas mutan en cúpula de cristal que los aísla de las tensiones de la realidad.

Mientras, nos preguntamos ¿qué habrán hecho de aquel taburete?

La imagen cálida de él y su taburete invitan a practicar la participación como tesoro democrático. Que unos amigos, lo confiesa él mismo, casi no le dejen dormir, reitera una tradición centenaria, las ganas de aquellos en influir y participar.

“Amigo que no jode, no es amigo”; estos ayudan a sobrellevar la carga emocional del gobernar. Resultan altamente apreciados, no en vano Nito los atiende rayando la medianoche. ¡Qué envidia para el equipo técnico!

Critican por crédulo mi intento de influir desde aquí sobre el poder. Sucede que este investigador psicopolítico carga aquella vocación familiar de formador. Otros, descalifican por pesimista, la advertencia de, al agotarse las despensas, el desabastecimiento y el llamado a la subversión de unos harían retornar el fantasma del saqueo. Para completar mi “dejavú” anoto, algunos supermercados entablan vitrinas. Y la seguridad, si no denuncian aquel tremebundo atentado contra la credibilidad, gastaba siete millones en municiones con sobreprecios.

Otros ven como apocalíptica la advertencia poscoronavirus de la llegada fácil de una barbarización y su dura vuelta de tuerca con recortes y ajustes. Sin embargo, ni mis adversarios más acérrimos querrían sumarse como cómplices de una manipulación social que enmascare la bancarrota de aquel proyecto globalizador y su limpieza privatizadora del sistema económico. Uno que, con la promesa de abaratar la vida, trajo la quiebra de los sectores productivos. Todavía Panamá califica como el más caro de Latinoamérica.

Un merengue lo degustamos, pero tres, saturan. Cuando el sonsonete publicitario empalaga genera un efecto contrario. Lo escuché a un comentarista de radio, el redundante estribillo “estamos actuando de manera muy responsable”, ya produce dudas.

Y si afirmo que al equipo falta lo que el propio Torrijos llamaba luces largas, busco taquilla o envidio al poder. ¿Seré yo maestro?

Torrijos propició la organización de asentamientos campesinos, cooperativas y sindicatos. Erigió una cultura patriótica donde florecieron héroes nacionalistas, conjuntos de música típica y de proyecciones folclóricas. El propio PRD creció acunado en estos brazos. Un Plan de Emergencia solidario ponía dinero en los bolsillos más necesitados. Recuperamos el Canal. Y entonces, tuvimos miedo de la organización social.

Hoy, una apelación a la responsabilidad ciudadana sacada de la chistera, resulta insuficiente para mantener en casa a los panameños. Hubo que añadir al cóctel persuasivo, miedo y coerción. Todo, en esta sociedad de solidaridad y credibilidad escasa, cuya mezquindad individualista ahora nos preocupa.

Hoy, entendimos que es del liderazgo de un presidente y sus cinco equipos de quienes depende la gobernabilidad pospandemia. Es necesario repensarlo en el contexto de aquel ideario torrijista y su énfasis en la organización social.

Investigador y formador político.