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07 de Jun de 2020

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Modesto A. Tuñón F.

Columnistas

Alejamiento y convivencia

Curiosa sensación la que se experimenta en estos días. Autoridades sanitarias han pedido un “alejamiento social” obligatorio. Su objetivo es reducir los riesgos de contagio del virus COVID-19 que amenaza la vida humana a una escala global.

Curiosa sensación la que se experimenta en estos días. Autoridades sanitarias han pedido un “alejamiento social” obligatorio. Su objetivo es reducir los riesgos de contagio del virus COVID-19 que amenaza la vida humana a una escala global. Paradójicamente, la medida tiende a hacer de cada quien una especie de ermitaño con la particularidad de que esta condición de soledad es generalizada y sobre todo compartida.

Es un raro estado que no ha tenido parangón ni con las múltiples intervenciones que tuvo el Ejército de Estados Unidos de América en el país, tanto en 1925 como en 1964 y 1989. Fueron experiencias en que hubo que quedarse en la casa y el enemigo andaba armado por las calles. No se podía ni asomar el rostro en las ventanas. Ahora es diferente; el agresor invisible ronda y es necesario mantenerse en la quietud del hogar para evitar convertirse en portador.

Las cifras panameñas establecen que el promedio de edad de los afectados tiende a ser un poco inferior al índice de otros países donde la situación es más grave. Lo que demuestra que el rango etario de los que se han movilizado o entrado en contacto con aquellos que han dado positivo, es potencialmente superior y constituye una población que está en pleno uso de sus facultades laborables y ejecuta normalmente sus actividades.

De todas formas, ha surgido la contingencia que ha creado una rutina novedosa para la que no estábamos preparados. La prueba la brindan los altos números de personas que han sido detenidas en la calle por burlar o hacer caso omiso a las disposiciones de quedarse en el círculo doméstico y evitar el vínculo en el contexto de la vida cotidiana y laboral. Es preciso asumir una práctica que nos hace revisar aquello a lo que no dábamos importancia.

¿Qué hay en el entorno más cercano y que en condiciones normales no era advertido? ¿Hemos mirado íntimamente en cuanto a la calidad de individuos, a nuestras capacidades y potenciales destrezas? ¿Habremos tocado algunas de las obras que guardamos en la biblioteca como adorno para entrar a leer, analizar, reflexionar y conocer sobre las ideas que sus autores han dejado en tales textos?

La vida en la realidad familiar es una constante interrogación y allí se aprecia qué poco se sabe en ocasiones de los demás que comparten ese círculo. Hijos que se la pasan todo el día encerrados en la habitación y en la medida que se hacen más viejos, se distancian tanto en la comunicación con sus padres como en el trato, las costumbres y la personalidad que se aproxima más a la de sus amistades con los que coinciden en valores y otras afinidades.

Es oportunidad de cavilar sobre uno mismo y los lazos con aquellos más próximos. Lo curioso ante el encierro y constituye un aleccionador mensaje, es que según las noticias que dan vuelta por el planeta, los entornos naturales han regresado a un estado de mayor transparencia, lucidez, limpieza y tranquilidad por la ausencia de los grupos humanos y su incesable trabajo contaminante.

Se requiere atender que, si eso ocurre en lo exterior, habrá oportunidad de promover la reingeniería interna y en el núcleo más estrecho. Hay que proceder a buscar los diagnósticos en aquello que puede estar deteriorado. Es una tarea que tendrá lapsos adecuados para ejercitar la vista, los sentidos requeridos que den indicadores precisos y así, posibilitarán las tareas adecuadas para restañar heridas, cerrar fisuras, corregir y enderezar conductas.

El espíritu y la conciencia tienen esa facultad de fortalecerse sin medicamentos físicos; es ineludible contar con ambientes adecuados para alcanzar el restablecimiento. Es el valor del tiempo actual. Hay encierro; pero también oportunidad de acercamiento. Aprovechemos esta ocasión inesperada.

Periodista