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30 de May de 2020

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Marco A. Gandásegui, Hijo

Columnistas

La desigualdad social y la desconfianza contribuyen a la epidemia

La pandemia del coronavirus ha golpeado a casi todos los países del mundo. En algunos el golpe ha sido muy duro y en otros ha sido aún más duro.

La pandemia del coronavirus ha golpeado a casi todos los países del mundo. En algunos el golpe ha sido muy duro y en otros ha sido aún más duro. En el mundo se llegará pronto al millón de afectados y a 50 mil muertos. En el caso de Panamá, hay más de mil infectados y 30 decesos. Hay que partir del hecho triste de que no debería haberse dado ni una sola muerte. Todas eran y son evitables.

Los fallecimientos se deben, en parte, a la agresividad del virus, cuya composición aún se desconoce. También son responsables de las muertes y de los enfermos, la falta de organización y acción de los Gobiernos nacionales y locales. Los especialistas de salud dicen que muchos casos de muertes por coronavirus se deben a la falta de confianza que tiene la gente en quienes se autodenominan “autoridades" nacionales y locales. El vacío existente entre las autoridades y la gente es un problema que le ha permitido al coronavirus hacer estragos entre la población.

Donde hay incrementos muy rápidos del número de enfermos y muertos, existe desconfianza por parte de la población en sus gobernantes. La población se pregunta, por ejemplo, “¿tienen las “autoridades” una segunda intención detrás de sus órdenes de mantenernos en casa?”. Cuando la gente desobedece las instrucciones de quedarse en casa, las autoridades lo interpretan como actos criminales, propios de gente rebelde, que desea desestabilizar el blindaje establecido.

En países donde la desigualdad social es marcada, esta desconfianza es muy común. Todavía quedan remanentes de los prejuicios dejados por las estructuras sociales esclavistas (erradicadas hace casi dos siglos). También quedan remanentes de relaciones patriarcales propias de estructuras sociales rurales que sobreviven en áreas urbanas. Las relaciones obrero-patronales, étnicas y de género son muy desiguales, creando desconfianza entre grupos sociales y hacia los estamentos creados para mantener las diferencias (burocracias civiles y uniformadas - policía y militares).

Obviamente, la desconfianza de la gente ante una epidemia no va a cambiar de un día para otro. Esta actitud probablemente aumente. Una epidemia no es un momento para elaborar políticas represivas. Más bien hay que ser creativos y buscar herramientas para ganar la confianza de la gente. El Gobierno panameño creó un espacio diario por cadena nacional de televisión para comunicarse con la población de todo el país. Es una oportunidad para que las “autoridades” (que controlan los medios) encuentren un mecanismo para “ganarse” la teleaudiencia. Sin embargo, las autoridades crearon su distanciamiento casi de inmediato. Las autoridades se presentan como “nosotros” y el pueblo televidente como “ustedes”. “Nosotros” ordenamos y “ustedes” obedecen. El lenguaje es contraproducente. La información que se transmite es puesta en duda por sectores importantes de la población. La Policía y las fuerzas militares, sin entender la situación, se quejan del rechazo a la “autoridad”.

Una muestra de este distanciamiento entre población y autoridades se hizo evidente en medio del aumento de los enfermos en Panamá, cuando el Gobierno nacional destinó una partida de 60 millones de dólares para la compra de armas para el uso de la Fuerza Pública. Orden que se retiró cuando se dieron cuenta de la contradicción. Las autoridades también alegan que la epidemia es un “reto a la salud, la economía y la seguridad nacional”. El término “seguridad nacional” es ajeno a la cultura panameña. Por otro lado, las organizaciones sindicales y gremiales le piden a las “autoridades” que se recorten la mitad de sus elevados sueldos en estos tiempos de emergencia.

Un estudio publicado hace poco pone como ejemplo el nivel de confianza que tienen los noruegos: el 60 por ciento confía en sus instituciones políticas y el 74 por ciento cree que se puede confiar en la gente. En Italia, solo el 29 por ciento confía en la gente o en las instituciones políticas. En China, según el mismo estudio, el 80 por ciento de los encuestados confía en el Gobierno y el 60 por ciento en la gente, en general. En EE. UU., a pesar de que en el pasado la confianza pública era muy alta, en la actualidad, el 40 por ciento de la gente confía en sus vecinos y solo el 20 por ciento confía en el Gobierno.

Estas cifras describen la desigualdad social que explica la reacción negativa de la gente ante las “autoridades”. Para cerrarle el paso a las epidemias, hay que acabar con la desigualdad social y la desconfianza de la gente.

Profesor de Sociología de la UP e investigador asociado del CELA.