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05 de Mar de 2021

Marco Quintanaropinion@laestrella.com.pa

Columnistas

​Crisis sanitaria y educación superior

La educación superior en Panamá se encuentra hoy frente a una nueva encrucijada: o se actualiza en base a una estrategia colectivo-institucional (...) o se entrega a la confianza y simulación de lo existente

La educación superior en Panamá se encuentra hoy frente a una nueva encrucijada: o se actualiza en base a una estrategia colectivo-institucional, como parte de las necesidades que impone la coyuntura pandémica y el proceso de transformaciones tecnológicas al que no hemos asistido coordinadamente en las últimas décadas, o se entrega a la confianza y simulación de lo existente, nada favorable para la misma institución, donde la responsabilidad recae en la capacidad del binomio profesores-estudiantes de adaptarse al cambio tecnológico en medio de un situación excepcional y de crisis generalizada.

El desarrollo de una política institucional, volcada al establecimiento científico de un estado de la cuestión tecnológica, en el ámbito de los procesos pedagógicos, aparenta estar lejos de convertirse en una posibilidad real en el presente inmediato. Los aspectos asociados a presupuesto y capacitación, pero fundamentalmente la formación docente en la comprensión y el uso de las herramientas tecnológicas y su lógica conceptual y práctica, son quizá, una de las mayores debilidades de la Universidad de Panamá.

El cambio y complementación de la matriz pedagógica, es decir, la inclusión en el sistema/proceso de construcción de conocimientos, basado tradicionalmente en el paradigma presencial (prusiano) y las ya, no tan nuevas, modalidades “virtuales” o electrónicas, ha representado, un trauma adaptativo bifurcado en dos vías; por un lado, referente a variables de orden social, etarias, de acceso, accesibilidad y constancia (recorrido entre el uso inicial y el perfeccionamiento o evolución en el uso); por otro lado, desde la perspectiva epistemológica, entendida ésta, como la comprensión crítica/reflexiva de la inclusión tecnológica al aula y espacio social, en tanto modelo de “gestión” del conocimiento.

La implementación de las lógicas de lo “virtual” en el proceso del conocimiento, generan sentidos y alteridades en la racionalidad socio-cultural, tanto en docentes como estudiantes. El uso de tecnología en el proceso de formación integral universitaria (estudiante-profesional-ciudadano) y su relación con el modelo de desarrollo y crecimiento (neoliberal) está influenciado por el carácter instrumental o esencial, que defina la hilbanación teórico-metodológica colegida por el docente y acompañada por sus estudiantes; pero fundamentalmente por la estrategia general de la administración universitaria, en el sentido científico y en concomitancia con los fines de la Universidad, lo que es equivalente a preservar y legitimar el principio de autonomía (donde la administración universitaria establece la estrategia general de uso tecnológico basado en criterios científicos, en el compromiso social, los objetivos holísticos de la institución, la asignación presupuestaria, la política de co-gobierno, transparencia y el aporte intelectual a la nación) y el principio de libertad de cátedra (donde el docente establece, en dialéctica armonía con la línea general universitaria, así como críticamente, su propia identidad, pensamientos, reflexividad, objetos dialógicos y empatía académica).

No menos cierto es que se ha venido trabajando ralentizadamente en esto desde hace varios años a nivel institucional, de hecho, muchos docentes se han venido adaptando a entornos como el campus y secretaria virtual o funciones ya obligadas como subir las calificaciones vía web. Esta transición ha concitado la vocación y el ejercicio individual de “tecnologizarce” y ha instalando en situaciones cotidianas, el discurso tecnológico de modo consuetudinario. La autoformación docente en TIC´s ha sido una norma general, en la medida de sus posibilidades, capacidades y áreas de conocimiento, revestida por la presión social y de mercado.

Un aspecto no rebatible, queda manifiesto en la inversión de importantes recursos en tecnología educativa. Se ha invertido en equipos tecnológicos para dotar a la institución de herramientas como: ordenadores de escritorio, portátiles, multimedia, router, conectividad, software, plataformas, etc., lo cierto es que las limitantes presupuestarias, la negación a destinar el 6% del PIB a la educación nacional por parte de las autoridades gubernamentales, deja un impronta negativa, como camisa de fuerza, para la inversión de los procesos tecnológicos de la Universidad de Panamá. Destinando mayores recursos económicos, podría acometerse una estrategia factible para vencer la brecha tecnológica y emprender un debate universitario en condiciones democráticas de igualdad estamental y de participación política-académica sobre los fines, usos y sentidos de las TIC´s.

La necesidad de apertura de la Universidad de Panamá, en el contexto de la crisis pandémica, debe considerar las variables internas y las nacionales. En condiciones “normales” estos cambios han sido traumáticos a lo largo de las universidades latinoamericanas, con diferentes intensidades y complejos procesos de adaptación. No es cierto que en tres meses cambiaremos o complementaremos de modo real y eficiente la matriz pedagógica tradicional prusiana de la institución, por más esfuerzos que empeñemos en ello. Se reconoce la existencia de mitos y realidades respecto al uso de la tecnología en docentes de generaciones no coetáneas con las TIC´s, no obstante, hay resistencias y prejuicios que hacen imperfectible o no instrumental en diversas áreas del conocimiento sus usos. No se puede dejar de lado aspectos psico-sociales como tradiciones pedagógicas, métodos rígidos, dogmatismo, ortodoxia y antipatía a lo tecnológico en el ámbito docente.

Las autoridades universitarias deben considerar para el inicio del primer semestre 2020, las condiciones de incertidumbre, ansiedad, estrés comunitario y familiar que atraviesa el tramado social panameño, consecuencia de la supresión de la libre movilidad y desplazamiento, el toque de queda, cuarentena total, distancias físicas y el confinamiento domiciliario, aunado a las medidas de seguridad sanitaria, contextos precarios o de hacinamiento donde nuestros estudiantes habitan o coexisten, la falta de equipos y acceso doméstico a la web. Todas estas condiciones se verán reflejadas en las limitaciones y anormalidad de los cursos del primer semestre, sin dejar de mencionar la imposibilidad del uso de laboratorios, el ejercicio de experimentos, trabajos de campo y otros que hacen parte de la vida universitaria en condiciones normales.

La crisis nos está dejando muchos aprendizajes. Hemos acudido a un escenario donde las autoridades gubernamentales han desnudado, aspectos inhumanos y soberbios propios de las épocas del apartheid zoneíta, donde se ha clasificado seres humanos, ciudadanos, por razones de clase y condición social; por ejemplo, la exigencia de no reunión, festejos y diversas formas de socialización, hecho perseguido en los barrios populares y de clase media, sin embargo, se han observado en redes sociales, matrimonios extravagantes en salas o áreas sociales de zonas lujosas de la ciudad, celebrados, tal cual condiciones normales, impunemente e ignorados por las autoridades. La imposición de la solidaridad a los trabajadores y trabajadoras con mil balboas o más de salario y ninguna obligación a las empresas multimillonarias; el desabastecimiento de alimentos, medicamentos, alcohol, barbijos a los sectores pauperizados, y un plan “solidario" que entrega selectivamente bonos económicos y bolsas de alimentos insuficientes que rayan en lo ridículo; endeudamiento, uso de los ahorros del Estado, desestimación de una moratoria completa (solo en algunas entidades bancarias) junto al desenfrenado clima de represión, son solo algunas de las prácticas emergentes en la crisis. Queda patente la “pigricia” prexistente en el sistema de salud pública, la falta de asignación de recursos, ya sea en centros hospitalarios, centros de salud, policlínicas otras instancias de salud. Para los ciudadanos honrados del país un clima de inusitada injusticia, para los académicos, todo un campo de estudio para la indagación científica desde diversas posiciones teóricas y enfoques disciplinares.

Ahora, a la Universidad de Panamá le corresponde esperar hasta el 20 de abril para abrir sus puertas al semestre 2020, aunque suene metafórico, puesto que no se tiene claro en qué sentido y bajo qué condiciones se abrirán esas puertas: serán las puertas reales o será que nos abocamos una suerte de realidad virtual al estilo “Matrix”. Lo cierto es que se debe apoyar a la institución y sí, también a sus autoridades, para hacer de esta experiencia inédita, la posibilidad de construir académica, científica y políticamente un derrotero que procure humanizar reflexivamente, que aporte a la sociedad y genere un estado permanente de crítica frente al régimen neoliberal, en oposición a las profundas desigualdades sociales y en favor del cambio social.

Profesor de la Universidad de Panamá (CRUSAM)