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08 de Aug de 2020

Columnistas

Anatomía de un virus

La pérdida del sentido nos incrusta en un estado de liminaridad interminable, exentos de horarios, libres como nunca antes en este rito de crisis vital impuesto por la ceremonia del confinamiento; el encierro

El amor en los tiempos del COVID proclamaba sin asomo de pudor Rosario Murillo, vicepresidenta de Nicaragua, exhortando a su pueblo a abrazarse y besarse durante el inicio de la pandemia. Al tiempo, decretaba no cerrar las fronteras del país e invitaba a la llegada masiva del turismo internacional a modo de fiesta orgiástica.

Mientras, en gran parte del planeta, los ciudadanos nos auto recluíamos en nuestros hogares, obedientes –la mayoría- al toque de queda y, luego, a la cuarentena absoluta, temerosos a los caprichosos azares de esta suerte de plaga bíblica. ¡Ya vienen los jinetes del Apocalipsis!, escuché o leí de alguien, tal vez soñé en estos interminables días en los que cada instante se perpetúa a sí mismo a golpe de segundero idéntico. Por eso siempre es domingo, o lunes según se mire. Dormir se ha tornado conjugación antojadiza, maniática, mientras el cuerpo se yergue incólume en el fragor de esta lucha contra un enemigo invisible para mantenerlo a raya. Supervivencia. Somos adaptación en términos antropológicos. 

Las vigilias se suceden a medida que acumulan jornadas, recuerda al hombre sin vínculos, Der Mann ohne Eigenschaften, de Robert Musil. Los mismos vínculos que desde hace fechas, de pronto sempiternas, se descubren simulacros en demasiadas parejas, acaso imaginarios atávicos. Caballitos de cartón como los escasos juguetes de nuestros abuelos fragmentados por otra guerra: cuando se disparaban fusiles y el soldado de infantería se debatía entre la sopa de la nieve derretida por la lluvia inclemente, cuajado de barro hasta las rodillas, en una trinchera inmunda de cualquier no-lugar, en tierra de nadie. Un mapamundi o atlas errático. Mambrú se fue a la guerra… no sé cuándo vendrá. 

Para otros, sin embargo, los vínculos se manifiestan con poderío en este período marcado por la virulencia covidiana; un portazo, una frase altisonante, otra nueva pelea con el hijo, la madre, el marido, el perro, la lora... Suerte del vecino que permanece encerrado a cal y canto. Una mosca peligra mientras un celular sale volando para estamparse de bruces contra la pared. Fin de la historia-etcétera. Silencio. Quietud. Paz. Las alas de un ángel templan la atmósfera. Seré olvido. Es un hecho. Ninguna acción precisa reivindicarse con palabras. Y lo prefiero. 

Seré olvido. ¿Título de un nuevo poema o de un artículo para la prensa? ¿Relato breve, crónica imprudente o destino inapelable en rincón papelera? Seré olvido… Mientras dejo que la frase me transite y, a falta de otras salidas, me callejee reflexiono en torno a mi otra profesión, condición o naufragio; la de científica social. Lo esbozó Marc Augé en el tiempo en ruinas: la contemplación de las ruinas nos permite entrever fugazmente la existencia de un tiempo distinto, puro, sin fecha, lejos del habitual, sin anclajes, a la deriva. ¿Metáfora o reflejo de lo que acontece? Prosigo. El amor en los tiempos del cólera. Eso es literatura -me respondo. También vale, manifiesta la otra, la que nunca calla, como la mosca de antes pero además con altoparlante. Caricaturesco remake el de la Murillo. Una obra de arte no puede ensombrecerse con tosquedades. No way. Los pájaros frente a la ventana asienten con sus cánticos mañaneros. La “otra”, al fin, calla. Y el que calla otorga. 

Wuhan, China, un lejano oriente que de súbito se nos hizo muy cercano. Seré olvido. El hombre sin vínculos descubriéndonos como peces fuera de nuestras tradicionales peceras. Despojados de símbolos, pompas, boatos cualquier mínimo asomo de socialidad. Seré olvido. Mantén el distanciamiento social. Adiós a las carreras, las urgencias fallecieron de infarto, no hay más trajes ni corbatas que lucir tampoco blowers que presumir. Adiós a las batallas cotidianas ahora que las rutinas quedaron sepultas. Muchos se sorprendieron insoportablemente ajenos para con sus relaciones de parentesco. También la unidad familiar se había reducido a mero consumismo, una ferocidad antropofágica resumida al deseo fugaz y puntual. Viendo Netflix y engullendo pizza o sushi. Vivimos conectados a un cúmulo de puertos y nos habíamos convertido en seres periféricos; extraños a lo simple, a la belleza libre de apariencias, ajenos a nosotros mismos. Este juego de hechizos al que llamamos belleza se torna risa que destruye la realidad esgrimía Hannah Arendt. Desconectados íntima y socialmente, como tal vez nunca antes, en este tiempo protagonizado por el COVID-19 y el Homo Ludens de videojuegos, el streaming y tantas virtualidades infinito-obsesivas. Enajena la ausencia de un abrazo, una caricia apacible, un beso en la frente.

La fragilidad de los vínculos atraviesa una prueba de fuego por un bicho mutante, suena a H.G. Wells, a argumento de novela de ciencia ficción, pero no. También nos hemos acostumbrado a eso, a vivir y sobrevivir en repentinos escenarios apocalípticos: el 11-S -la primera guerra contra un riesgo global-, ¿será esta la siguiente? Los atentados de Isis desangrando el corazón de Europa, con o sin Notre Dame, la ira del planeta regurgitada en cambio climático. Delante de nuestro propio espejo nos revelamos bocetos truncados, carentes, ferozmente absurdos. Se nos cayeron de golpe los egos, desertaron las vanidades –ni siquiera hicieron falta las hogueras de antaño-. De repente, un “agente microscópico” nos ha humanizado al relegarnos desnudos frente al incómodo reflejo que aparece por todas partes devolviéndonos una imagen grotesca de nosotros mismos. Hoy, ni siquiera somos polvo de estrellas, y lo lamento por Carl Sagan. Nos encontramos cara a cara con nuestra propia fragilidad y vulnerabilidad. Los proyectos se han desvanecido como por arte de magia para dar paso a lo verdaderamente importante “la Vida”.

Atrincherados a merced de esta incertidumbre que se estira, crece y no cesa, cercados en un sillón por los discursos de guerra diarios que arrojan los noticieros… Insisten en las redes sociales; escaparates de banalidades inconclusas, persisten las barbaries trasnochadas de impronta fúnebre. Steiner lo titularía nostalgia de lo absoluto. Seré olvido. Imágenes de satélite muestran desde el cielo que soñamos, fosas comunes de cien metros de longitud en Irán. Hay quien prefiere esconder sus muertos. En Bérgamo, los ataúdes salen en vehículos militares buscando un lugar incierto para enterrar a los difuntos. Hay quien pasea a sus caídos. El tránsito de una sociedad de clases a una sociedad de riesgos alcanza a todos por igual, tal y como nos advertía Ulrich Beck en la década de los 80. No hay salvoconducto para el corazón que yerra puesto que el efecto alcanza a todas las clases sociales, etnias, credos o afanes. No hay profesión que valga, presidencia, ministerio… La pérdida del sentido nos incrusta en un estado de liminaridad interminable, exentos de horarios, libres como nunca antes en este rito de crisis vital impuesto por la ceremonia del confinamiento; el encierro.

A continuación, siempre, comienzan a surgir los más vulnerables socialmente hablando: los “descartables”, vidas desperdiciadas a decir de Zygmunt Bauman. Los ancianos, a quienes este virus ha convertido en “desechables” por el colapso hospitalario en Italia y España. Pero el listado apenas acaba de iniciar en otras regiones del globo. Cientos de víctimas de violencia de género resisten, atrapadas, a un aislamiento demencial, día tras día, habitando en su propio matadero, presagiándose quebranto frente a sus cobardes torturadores; depredadores sin alma. Siria, destruida, se debate entre la hambruna, las bombas y el COVID-19. No sigo. Cae el telón: Saturno o Cronos, dios del tiempo, devora a su propio hijo. Anatomía de un virus que, al carecer de metabolismo propio, busca células huésped para vivir igual que un moderno Nosferatu. La pandemia trae consigo muchas lecciones para esta humanidad-deshumanizada.

Luego, sucede. A fuerza de conjurar hermanamientos espontáneos y solidaridades desprovistas de patrias, matrias y banderas nos hemos reencontrado en otros contagios; una misma piel, un idéntico latido. A fin de cuentas, la auténtica fraternidad surge de la incondicionalidad, no conoce otras hechuras porque como el amor genuino no precisa, simplemente ES.

En suma, nunca antes las estrellas brillaron como ahora, jamás, alumbró el sol tan prístino. El rumor de las cosas más sencillas se lleva la sinfonía inacabada de la vida perpetuándose a sí misma. Ajena a toda y cualquier catástrofe anunciada; presente o venidera. En consecuencia, los delfines nadan en los –ahora– canales de aguas transparentes de Venecia, antes del Covid-19 cloacas pardas. Los otros animales –olvidamos que nosotros también lo somos, jactanciosamente “racionales”– se toman las calles de las ciudades en casi todo el planeta. En Madrid hay pavos reales caminando por el asfalto, los cisnes también regresan, jabalíes en Barcelona, ciervos en Nara, Japón. Un venado corretea feliz por las calles desiertas en la Ciudad del Saber, Panamá inédito. Como en el mito de Sísifo, de Albert Camus, que abre con la cita del poeta griego Píndaro: No te afanes, alma mía, por una vida inmortal, pero agota el ámbito de lo posible. Sigamos adelante. 

Habrá que analizar los nuevos retos y desafíos que plantea la sociedad post-coronavirus. Más allá de cualquier augurio. Porque vendrán. Ya asoman.

Así, con el rumbo de nuestro asombro nos derramamos tal vez igual que islas perdidas como cantaba Víctor Heredia en razón de vivir. Por eso hoy me despido como no puedo hacerlo de otra manera, entonando el Gracias a la Vida de Violeta Parra. Seré olvido. Y lo prefiero.

*La autora es periodista, escritora, antropóloga y científica forense. Dirige el Instituto de Investigaciones iiafEC en la Ciudad del Saber y la oficina internacional para Centroamérica con sede en Panamá de la AMMPE, Asociación Mundial de Mujeres Periodistas y Escritoras. Exdirectora del departamento de noticias en español de la empresa gubernamental de comunicación suiza, en Berna, SRG-SSR.