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10 de Jul de 2020

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Roberto Antonio Pinnock Rodríguez

Columnistas

Planes sanitarios, planes económicos y, ¿cuál patrón civilizatorio?

A pesar de las publicitadas comisiones para dibujar las nuevas estrategias económicas y sanitarias pospandemia, se mantienen dudas razonables acerca de que de allí resulten propuestas interesantes y no solo propuestas de cambios para no cambiar.

A pesar de las publicitadas comisiones para dibujar las nuevas estrategias económicas y sanitarias pospandemia, se mantienen dudas razonables acerca de que de allí resulten propuestas interesantes y no solo propuestas de cambios para no cambiar. Esta incertidumbre, se mantiene, en tanto muy pocos se manifiestan como portadores de una cultura contraria a la codicia y la ostentación; en la exclusión de las mayorías de los beneficios, así como en un pensamiento cartesiano y kantiano que divorcia naturaleza y sociedad y hasta los órganos del cuerpo.

En las civilizaciones de la antigüedad egipcia-hebraica, con sociedades compuestas por clases sociales contradictorias, había una máxima que nos ha llegado a través de varios documentos, siendo la más popular la de los proverbios hebreos, la cual reza así: “No te canses persiguiendo la riqueza, déjate de pensar en ella; apenas se la ve ya desapareció”, Proverbios 23, 4.

Entendida al pie de la letra, esto suele no darse -si se adquiere riqueza material, no siempre desaparece-, pero entendida en el espíritu de esas culturas, sí se confirma. Lo que nos dice es que, una vez alcanzado un estadio de posesión de riquezas, pareciera que esta desapareciera, obligando a su “perseguidor” a seguir atesorando en función de alcanzar más de lo que ya alcanzó, porque es como si se le hubiera desaparecido.

En la política económica neoliberal, esto se traduce en la famosa tesis del “Derrame”, donde los ricos deben conseguir ser lo más pudientes posible, que cuando alcancen cierto nivel, los beneficios se derramarán hacia la gente pobre… el problema es que aún no hemos visto que derramen nada significativo.

De acuerdo con el prestigioso -aunque no famoso- experto en economía internacional y del desarrollo nacional, el economista Miguel Ramos, en los últimos diez años los banqueros han obtenido ganancias, gracias a los deudores y ahorristas panameños, aproximadamente 16 mil millones de dólares, lo que habla de una banca robusta, incluso a los ojos de los certificadores internacionales. ¿No sería hora de devolverle al país el favor que ahora necesitamos? Lo cierto es que ni han dejado de cobrar los intereses a los que le han permitido moratoria y peor aún, el Gobierno anunció que los beneficiarán con entre 500 y mil millones de dólares para que tengan “salud financiera”. ¿Y el derrame?... bien, gracias, ¿y usted? O sea, la sabiduría antigua egipcia-hebrea ya nos lo advertía en sus prosas populares.

Veámoslo en materia de atención de salud; las viejas pautas civilizatorias de mercantilización y dominación de las relaciones terapéuticas, que se traducen en la “universalización médica” -los médicos profesionales como únicos productores de salud- se reveló como un total fracaso en el control de la pandemia, allí donde los sistemas de salud del mundo se basaron en estas pautas. Panamá, en buena medida debe su alta prevalencia del COVID-19 y la elevación de las tasas de mortalidad en los últimos 20 años a la preminencia de esos patrones de nuestra civilización en el sistema de salud.

Ciertamente, la Comenenal (Comisión Médica Negociadora Nacional) en un comunicado, se ha atrevido a sacar a flote esta realidad, al recomendar a las autoridades del Minsa, “revivir los Comités de Salud con la mística de José Renán Esquivel” (mayo 19 de 2020). Se trata del reconocimiento de que el médico no es todólogo ni el ser omnipotente en los sistemas de salud; que sin la población organizada desde la base de la atención primaria, difícilmente alcanzan los resultados con efectividad. La identificación y apoyo a los infectados, se hubiera dado con mayor eficiencia si la propia población hubiera estado organizada, no para hacer “rifitas” para aportar fondos para los centros de salud ni para “cargar los cooler” en campañas de vacunaciones, sino para participar activa y organizadamente en la política de salud local, regional y nacional.

La Comenenal sabe que esto es factible en el Minsa. Pero la eventualidad de que esto pueda plantearse en la CSS es, por decir lo menos, remota. El hecho de que la práctica de visión mercantilizada y médica excluyente de la civilización reina en esta institución, se lo impide; de aquí la necesidad de hacer un sistema único de salud nacional y no seguir pretendiendo que sea para unos sí y de otros no. No cabe ni una CSS partida en dos ni mantenerla como está. Ambas son productos de la civilización por cambiar.

Sociólogo y docente de la UP.