Temas Especiales

21 de Oct de 2020

Manuel A. Cambra G.

Columnistas

Modalidades de turismo pospandemia

Escribo este artículo con el convencimiento de que voy a ser blanco de críticas por parte de sectores que, en ocasiones anteriores, han manifestado su repudio a cualquier intento similar al que aquí expongo.

Escribo este artículo con el convencimiento de que voy a ser blanco de críticas por parte de sectores que, en ocasiones anteriores, han manifestado su repudio a cualquier intento similar al que aquí expongo.

Estamos muy golpeados por la pandemia de COVID-19, que no termina de abandonarnos; una actividad muy afectada es el turismo en general, por lo tanto, a medida que vamos abriendo el país, tendremos que implementar diversas modalidades de turismo, algunas de las cuales no practicamos en Panamá.

Una de estas es el turismo histórico-religioso; esta actividad, según las estadísticas del Bureau Internacional de Turismo (en español), representó el 24 por ciento del producto total generado por el turismo mundial durante el año 2016. Orientados por la importancia que representa esta modalidad de turismo, sectores religiosos y gubernamentales comenzaron a realizar esfuerzos tendientes a organizar rutas religiosas y otras actividades colaterales, con el fin de beneficiar a numerosas comunidades del país, principalmente rurales; entre ellas destaca la Ruta de la Fe, la cual recorrería las iglesias católicas del Casco Antiguo.

Mas para ello, era necesario tener todos los templos o sus ruinas debidamente intervenidas y habilitadas, a fin de que pudieran ser visitadas por los turistas y peregrinos. Reitero que esta actividad no tiene una connotación exclusivamente religiosa, pues todos los templos encierran una rica historia, destacándose la Catedral Metropolitana, que ha sido mudo testigo de eventos importantes en la conformación de nuestra idiosincrasia. Sostengo que, si la Iglesia católica quiere fomentar este tipo de actividad, bajo una óptica eminentemente espiritual, no veo por qué no pueda coexistir con una actividad similar y paralela impulsada por el Estado laico, destacando el contenido histórico y artístico de esos templos.

Durante el quinquenio pasado, algo se adelantó en tal sentido; se realizaron seminarios y encuentros sobre turismo religioso, organizados por la Pastoral de Turismo Religioso de la Arquidiócesis de Panamá; la Autoridad de Turismo de Panamá, ATP, por su parte, organizó diversas rutas religiosas en el país y diseñó material informativo, trípticos y demás; tuvimos la visita de representantes de Opera Romana Pellegrinaggi, principal operador de turismo religioso en el mundo, y también se adelantaron algunas conversaciones tendientes a incluir a Panamá en la Ruta Jesuítica de Sur América, proyecto que organizaron seis Gobiernos y empresarios de países de esa región, a saber: Bolivia, Paraguay, Uruguay, Brasil, Argentina y Chile. Grandes beneficios para sus países debieron percibir aquellos sectores no religiosos, que decidieron unir esfuerzos para presentar tal propuesta en la Feria Internacional de Turismo celebrada en 2016, en Buenos Aires. Durante la época colonial, gran parte de los jesuitas que viajaron a diferentes regiones suramericanas, partieron desde Panamá.

¿Qué faltaría para concretar la Ruta de la Fe en el Casco Antiguo de Panamá, la cual incluiría los templos (algunos son ruinas) de Santa Ana, La Merced, San José, San Felipe Neri, San Francisco de Asís, Santo Domingo (el Arco chato) y de la Compañía de Jesús? Terminar las intervenciones iniciadas en ellos, algunas a cargo del Comité de Amigos de las Iglesias del Casco Antiguo, Caica, realizar mejoras al Museo de Arte Religioso Colonial, situado hoy en lo que fue la iglesia de Santo Domingo, e intervenir, de manera urgente, en el mejoramiento de las ruinas de la iglesia de la Compañía de Jesús, ubicadas en la avenida A.

Los muros de este último templo se encuentran en estado deplorable, algunas secciones están a punto de derrumbarse; a mediados de 2018, la parte superior de uno de los vanos de la torre de la iglesia se desprendió y tuvo que ser apuntalado en su lugar con maderos. El proyecto de intervención de este templo comprende también la reconstrucción de la casa que estuvo ubicada, durante el siglo XIX, en el amplio presbiterio, la cual sería utilizada como un museo que muestre la rica historia de los edificios contiguos al templo. La amplia nave, de más de 700 metros cuadrados, sería utilizada como sala de eventos, auditorio y escenario de actividades culturales interactivas.

Los planos del ambicioso proyecto fueron diseñados por el arquitecto Gilberto Barrio, quien labora en la Autoridad de Turismo; estos planos fueron sometidos y aprobados por la Dirección de Patrimonio Histórico del Instituto Nacional de Cultura, hoy ministerio. Además, pasaron la lupa escrutadora de la Comisión Nacional de Monumentos Históricos, Conamoh. No se ejecutó el proyecto, por razones que desconozco.

En relación con este proyecto, tuve la oportunidad de visitar La Habana en octubre de 2018, con el fin de recabar información y apoyo para una sección del museo sobre la presencia de los jesuitas en Panamá. Fui recibido por el recientemente desaparecido don Eusebio Leal, historiador de La Habana; este encuentro fue posible gracias a la intervención del entonces embajador de Panamá en Cuba, S.E. Max López Cornejo. Luego de nuestra reunión, recorrí diferentes templos católicos de la capital cubana. En su mayoría, casi todos están siendo intervenidos por la Oficina del Historiador de La Habana, con la colaboración de organismos internacionales. Entonces, un Estado eminentemente laico, más bien de orientación agnóstica, ha apreciado el valor histórico y arquitectónico de sus templos católicos. ¿Por qué nosotros no podemos hacer algo similar? ¿Qué nos cuesta hacer lo mismo?

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