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25 de Oct de 2020

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Rafael Carles

Columnistas

Estrategia para alimentar a nueve mil millones en 2050

“Comida hay bastante, tanta que una buena parte […] se utiliza para alimentar animales, […] otra buena parte se destina para convertir en combustible, y tanta que una buena cantidad se desperdicia y se bota”

De cara a la celebración del Día Mundial de la Alimentación, el viernes pasado compartimos en una entrevista radial que estábamos en contra de la idea de cultivar más alimentos de forma industrial para poder alimentar a los nueve mil millones que será la población mundial prevista para el año 2050. Algunos preguntaron entonces que cómo íbamos a producir suficiente comida para alimentar a esa masa de gente, y fue entonces cuando les sugerí el siguiente ejercicio. Pónganse en el país más pobre del mundo, imagínense en un lugar del África y pregúntense si alguno de ustedes pasará hambre o tendrá problemas para encontrar comida. La respuesta obvia es no, porque cada uno tendría en ese lugar una cartera llena de dinero y tarjetas de crédito suficientes para comprar algo de comer.

La diferencia entre nosotros y los que pasan hambre no son los niveles de producción; es el dinero. No hay gente hambrienta con dinero ni tampoco hay escasez de alimentos ni problemas de distribución. Lo que hay es que la gente no tiene tierra para producir su propia comida ni dinero para comprar comida. Y la pobreza y el hambre no son cuestión de mala suerte; son a menudo resultado de la compra de tierras tradicionales para la producción y el desplazamiento de familias por proyectos hídricos, energéticos o minerales, que reducen la capacidad de cultivo de alimentos y hace que la gente tenga hambre.

“[…] la pobreza y la falta de tierra no son los únicos problemas […]. También está el actual sistema alimentario, insostenible y desregulado, que está orientado a hacer dinero, en lugar de alimentar a la población”

Pero la pobreza y la falta de tierra no son los únicos problemas tampoco. También está el actual sistema alimentario, insostenible y desregulado, que está orientado a hacer dinero, en lugar de alimentar a la población. Solo miremos lo que se ha hecho con el maíz y las políticas del etanol y del jarabe de maíz de alta fructosa. Si la pobreza genera hambre, ahora se une otro tema al sistema alimentario para crear otra forma de desnutrición: la obesidad. Y si definimos hambre como desnutrición y aceptamos que el sobrepeso y la obesidad también son formas de desnutrición, entonces más de la mitad del mundo está desnutrida. Con lo cual, la solución a la desnutrición no es producir más alimentos, es eliminar la pobreza.

Analicemos el país más productivo en agricultura del mundo: Estados Unidos. ¿Hay hambre allá? Por supuesto, y bastante. Allí vive el porcentaje más alto de personas hambrientas de cualquier nación desarrollada, una tasa más cercana a la de Indonesia que a la de Inglaterra. ¿Falta de comida? Por supuesto que no. Al contrario, en ese país viven en un carnaval gastronómico y con exceso de comida. Es solo que el precio de entrada en ese mercado es muy alto y solo las grandes corporaciones que reciben subsidios son las que tienen mayores posibilidades de éxito. La mayor parte del mundo se alimenta de cientos de miles de pequeños agricultores, algunos de los cuales se encuentran entre los que pasan hambre. El resto de los que pasan hambre son trabajadores mal pagados o desempleados. Por tanto, no se debería preguntar cómo alimentaremos al mundo en 2050, sino cómo ayudaremos a acabar con la pobreza.

Afirmar que lo que se requiere es aumentar la producción agrícola y subir el rendimiento alimentario es como decir que producir más automóviles o aviones privados garantizaría que todos tendrán uno. Por eso, la pregunta claves es cómo podemos ayudar entonces a los que padecen desnutrición por comer en exceso. Y lo primero que podemos hacer es reconocer que el modelo industrial de producción de alimentos no es sostenible. El tipo de agricultura a la que debemos aspirar y de la que podemos aprender es la que utiliza agricultores que todavía tienen una relación con la tierra y se centran en la calidad más que en el rendimiento.

El mejor método para cultivar la tierra es la agricultura impulsada por la ciencia, una más inteligente y menos rapaz, y que tiene como objetivo producir alimentos ecológicos, saludables y asequibles. No es novedad que los pobres necesitan dinero y justicia social. Pero si hay algo positivo en todo estos es que es mucho más fácil corregir los problemas creados por la agricultura industrial que los creados por la desigualdad.

Comida hay bastante, tanta que una buena parte de lo que se produce actualmente se utiliza para alimentar animales, tanta que otra buena parte se destina para convertir en combustible, y tanta que una buena cantidad se desperdicia y se bota. Por lo tanto, no tenemos que aumentar rendimientos ni producir industrialmente ningún alimento. Simplemente tenemos que cultivar de manera más inteligente. El lema no debería ser “alimentemos al mundo”, sino “acabemos con la pobreza”.

Empresario, consultor en nutrición y asesor de salud pública.