25 de Sep de 2021

Rubén Darío Paredes

Columnistas

La Constitución sí es una panacea

“[…] terminan sustentando, […], modelos de reformas constitucionales superfluas y engañosas, […], donde todo se puede reformar y sanear, menos lo que más requiere drásticas cirugías, […]: los órganos Ejecutivo y Legislativo”

La Real Academia define la palabra panacea: “Fórmula para el remedio o solución a sinnúmero de problemas, anhelos, esperanzas, objetivos, desarrollo humano, orden, justicia y libertad”. No expresa la definición un entorno de vagos, milagros, un paraíso, lluvias de oro que caerán del cielo, panes, agua, abrigo, techo, educación y salud gratis. Nuestra Constitución invoca en su preámbulo la protección de Dios y Él sentenció: “Ganarás el pan con el sudor de tu frente”.

Vistas las cosas con objetividad y un prisma nítido desapasionado, si las constituciones presentan la fórmula de organización de nuestra sociedad, derechos, deberes, educación que elijas, capacitación para trabajar y producir bienes, alimentos, servicios, formar un hogar, tener y desarrollar tu prole, derecho a la propiedad, a expresar tu pensamiento, tu devoción y libertad de culto, leyes y seguridad que te protejan, seas pobre, rico, de piel negra o blanca, indio, campesino…, por supuesto, podemos concluir que las constituciones son documentos maravillosos que propician el ambiente, normas, documentos y estímulo para el derecho a competir y surgir en la vida como parte de un conglomerado o sociedad. Se trata, entonces, de una verdadera panacea, toda vez que brinda al hombre plena libertad y oportunidades infinitas para satisfacer esa revolución de aspiraciones que todos traemos a cuestas cuando llegamos al mundo.

Sin espacio para las dudas, el alumbramiento de la Constitución representa uno de los saltos o avances en la historia de la humanidad de mayor trascendencia y primer aldabonazo para reconocer y respetar los derechos humanos de todos los hombres en el mundo. Este maravilloso acontecer se desprende de la Revolución Francesa en 1778, con la Toma de la Bastilla y la abolición de la Monarquía de Francia, siendo su último rey Luis XVI, sistema de reinado sustituido por el modelo y nace la República, con la fuerza que expresa la democracia representativa del Pueblo Soberano, en el concepto inteligente del Parlamento o la Asamblea de Francia, que se expresa en los principios de Libertad, Igualdad y Fraternidad.

Mientras tanto, ¿qué acontece en Panamá 242 años después de la caída de la Monarquía francesa y por qué nuestros gobernantes políticos, bellacos inescrupulosos, se resisten ya por tres décadas a que nuestro pueblo, quien es el Soberano y “manda”, satisfaga su deseo o impulso natural por una nueva constitución? Sencillamente, la respuesta es: porque no son presidentes demócratas, sino monarcas o reyes, que, detrás del término, inexistente en los 328 artículos de la Constitución, “Gobierno Presidencialista”, ocultan la principal debilidad de nuestra constitución.

La excesiva concentración del poder en los puños del presidente de turno. Cabe entonces la cita de la Asamblea francesa en 1789 que declaró así: “DONDE LOS PODERES NO ESTABAN SEPARADOS NO HABÍA CONSTITUCIÓN”. En consecuencia, nuestros monarcas, dos siglos y medio luego, concentran tanto poder como Luis XVI y tienen en un solo puño, la Asamblea, el procurador, el contralor y Odebrecht. En un ambiente inocultable de corrupción y apropiación de la cosa pública, ya como un derecho natural impune, de todos aquellos políticos que triunfan en las elecciones, pasando el pueblo a ser prisionero, rehén, con bozalón del sistema de monarcas presidencialistas.

Vista las cosas bajo este prisma, nos cuesta comprender y menos aceptar que sean los políticos que hoy dirigen el partido que fundara el general Omar Torrijos, quien, entre sus aciertos y desaciertos, demostró ser un verdadero dirigente demócrata y honrado, al extremo, aun después de 40 años de su deceso, de que no se le ha podido encontrar, ni a sus familiares deudos, fortuna alguna y como de todos ya es una verdad inapelable… ¡nadie puede ocultar una fortuna toda la vida, en algún exceso de debilidad, deleite, lujos y opulencia, propios de los humanos, aflora y te delata! En conclusión, dicho partido hoy ya no es ni revolucionario y, por supuesto, menos demócrata.

Finalmente, mientras el “statu quo” y el presidencialismo de los monarcas se fortalecen, el procurador sigue disimulando en el puño del presidente Cortizo, como estuvo el exprocurador Ulloa, y nos preguntamos por qué el expresidente Varela no ha devuelto los 10 millones que aceptó había recibido de Odebrecht, tras denuncia del Lic. Fonseca Mora de cara al Sol. ¿Por qué no han actuado, señor procurador Caraballo y presidente Cortizo, si son coimas de los impuestos, dineros del pueblo, como lo confesara Odebrecht?

El presidente del Partido Panameñista, Lic. Blandón, confirmó que ni un solo dólar de esos 10 millones ha ingresado al Partido Panameñista. Mientras, uno de los abogados del expresidente Martinelli, hace pocos días, lanzó una amenaza de muerte vedada contra periodistas panameños, recurriendo al ejemplo de los periodistas asesinados en México. ¿No cree usted, señor procurador, que es su obligación haber citado, formal y públicamente, a su despacho y ante los medios a este abogado para esclarecer ante el Ministerio Público, y el respeto que merece la ciudadanía, el alcance y propósito de sus declaraciones temerarias?

No debería incomodarle si pensamos entonces que, por su inacción, igual mansedumbre obediente de su antecesor, Lic. Ulloa, que el señor presidente o usted, Lic. Caraballo, están protegiendo de alguna forma o guiño de ojos a Odebrecht, Varela y Martinelli.

Por otra parte, ante la incomprensible resistencia de los actuales gobernantes, para convocar al Soberano a que alumbre una nueva constitución, por la vía del artículo 314, nada dice el prestigioso y otrora brioso Colegio de Abogados, entre ellos profesores constitucionalistas. Silencio que expresa, de manera tácita, que ya todos somos rehenes sometidos del poder de la monarquía presidencialista.

Otros constitucionalistas notables, lamentablemente, quizás frustrados o exhaustos, recurren a demeritar la importancia de la Constitución o el Contrato Social en un país como el nuestro, argumentando que nada resuelve en el país una nueva constitución, porque no sería la panacea. Cuando en realidad ellos mismos no han advertido que, por lo contrario, ¡sí lo es!, y terminan sustentando, recurriendo a sus prestigios, modelos de reformas constitucionales superfluas y engañosas, mediante el 313 de 2 Asambleas o 2 Legislaturas, donde todo se puede reformar y sanear, menos lo que más requiere drásticas cirugías, para extirpar los tumores de corrupción, ya en plena metástasis: los órganos Ejecutivo y Legislativo.

Militar retirado.