17 de Sep de 2021

P. Fernando Pascual

Columnistas

La bioética de V. R. Potter

“Han pasado 50 años desde que Potter despertase el interés por el puente que la bioética puede ofrecer […] entre lo que conocemos […], y las responsabilidades […] a la hora de aplicar nuestros conocimientos […]”

Han pasado 50 años desde la publicación, en 1971, del primer libro dedicado por completo a la bioética. Su autor era Van Rensselaer Potter (1911-2001), y su título significaba todo un programa: “Bioethics. Bridge to the Future”. El libro recogía trabajos de años anteriores del mismo autor, y un artículo de 1970, donde ya había usado la palabra “Bioethics”.

El neologismo bioética había sido inventado hacía varias décadas, en 1927, por el teólogo alemán Fritz Jahr (1895-1953). Sin embargo, los trabajos de Jahr quedaron prácticamente en el olvido, mientras que la palabra bioética empezó a coger fuerza solo después de las publicaciones de Potter.

Releer el libro de Potter, medio siglo después, permite encontrarse con ideas y estímulos que sirven para afrontar uno de los grandes retos que tiene el mundo moderno: establecer un puente entre las ciencias humanas (filosofía, ética, etc.) y las ciencias experimentales, con un objetivo que conserva su valor: garantizar la supervivencia humana.

Algunos análisis y previsiones de Potter han quedado superados, pues dependían, en buena parte, de lo que se pensaba en su tiempo. Pero otras ideas, como la atención al ambiente, la llamada de alerta ante el peligro de la escasez de agua, y la posibilidad de hambres futuras, merecen nuestra atención.

Otras ideas y propuestas, en cambio, resultan problemáticas. Por ejemplo, Potter consideraba al ser humano como un resultado del proceso evolutivo, explicable como una “máquina”, según un planteamiento mecanicista que ha tenido y tiene amplia difusión en muchos ambientes intelectuales del mundo occidental.

Sin embargo, si lo humano fuese explicable solo a través de la materia en su desarrollo, carecería de dignidad, y no se vería por qué habría un deber ético de luchar por la propia supervivencia. Además, basta un buen análisis de nuestros comportamientos libres y de nuestras reflexiones intelectuales, para reconocer que somos mucho más que simples máquinas.

Otro tema importante defendido por Potter se refiere a los mecanismos de autocontrol que la evolución habría ofrecido a la especie humana, y a la necesidad de atender y orientar tales mecanismos para luchar a favor de la propia supervivencia.

Pero, por desgracia, en muchos seres humanos existe un insaciable deseo de consumir y agotar recursos del planeta, lo cual ha causado y causa grandes males. Se demuestra así que el autocontrol no siempre ha funcionado, y que puede fracasar completamente, por ejemplo, si un día se llegase a una catastrófica guerra nuclear.

Aunque existen límites y puntos corregibles en los planteamientos y análisis de Potter, otros conservan una actualidad sorprendente. Por ejemplo, su defensa de promover un mayor ejercicio físico para potenciar la capacidad humana de resistir ante situaciones adversas, de estrés.

En cierto modo, las tensiones y problemas surgidos a partir de la pandemia de la COVID-19 han puesto en evidencia la necesidad de hacernos fuertes ante las contrariedades que rodean nuestra existencia. La noción de “resiliencia” se encuadraría bastante bien en las reflexiones de Potter sobre este punto.

Han pasado 50 años desde que Potter despertase el interés por el puente que la bioética puede ofrecer al pensamiento humano entre lo que conocemos del mundo gracias a la ciencia, y las responsabilidades que tenemos a la hora de aplicar nuestros conocimientos, en vistas a un objetivo básico: dejar abiertos espacios para que la vida en el planeta que habitamos pueda seguir adelante por muchos años y en buenas condiciones de calidad.

Sacerdote y filósofo.