28 de Sep de 2021

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Milcíades Pinzón Rodríguez

Columnistas

El engaño minero del puerto de Punta Rincón

“En la perspectiva histórica logramos comprender de dónde sale el puerto de Punta Rincón, la postura patriotera de exigir un mayor porcentaje de la ganancia bruta, mientras descuartizamos esa zona boscosa destruyendo el Corredor Mesoamericano […]”

La historia es la maestra de la nación y nada se escapa a los veraces relatos de esta educadora magistral. Al afirmarlo pienso en lo acaecido en el puerto Punta Rincón y en toda esa zona que se extiende al oeste de ese fondeadero de la ignominia nacional. Porque lo que hacen los mineros y sus adláteres enquistados en la pirámide gubernamental, refleja la triste historia de la rapiña en la costa atlántica de las actuales provincias de Colón, Veraguas y Bocas del Toro, así como sus repercusiones en la tierra de los cholos, como dijera Rubén Darío Carles Oberto en un libro memorable del siglo XX.

Desde el río Chagres, pasando por río Indio, Coclé, Calovébora y Cricamola, entre otros, se ha tejido esa trama de la expoliación; porque hay un rosario de piratería que comienza con la presencia de Colón en 1502 y se extiende hasta la época contemporánea. Esa zona siempre fue codiciada por imperios, como los ingleses y franceses, que se aliaban con los indígenas para intentar establecer empresas comerciales, las que además de tales, podrían convertirse en punta de lanza en la disputa con los españoles, hispánicos que moraban al otro lado del país, en la costa pacífica. Los mismos godos que en el siglo XVI explotaron la mina de La Concepción, al norte de Veraguas. Y no bastó con ello, porque también fue escenario de las incursiones de los indios mosquitos, que, durante el siglo XVIII, sembraron el terror en los colonos de Santiago, Cañazas, Santa Fe, San Francisco de la Montaña, Calobre y aún Penonomé.

En aquella época nunca faltaron los que se aliaban con el invasor, como en el caso de los negocios entre comerciantes de Jamaica y españoles, duchos en el contrabando mediante los ríos atlánticos, los mismos por donde subían o bajaban los indígenas para intercambiar productos e incluso vender a los ingleses a connacionales y miembros de tribus rivales.

El saqueo de esa región siempre fue posible mediante el mecanismo de alianzas entre forasteros y amanuenses nacionales, fueran indígenas, negros, mulatos, zambos o criollos. Entre otros metales, el oro deslumbró a los nacionales y extranjeros, porque el control del Istmo estuvo siempre en la antesala de los proyectos anseáticos que se vislumbraban para la cintura de América.

En el siglo XIX se repitió la historia, porque hasta Bolívar en algún momento concibió a Panamá ligada a Inglaterra. Hacía el siglo XX aún seguimos pensando en la conquista del Atlántico, con un general que se asienta en un poblado, justo en el centro de este tramo geográfico, con el que pensaba santeñizar y centroamericanizar el área de Coclesito.

En nuestra época arriban los mismos piratas y bucaneros con similar argumento. Afirman que el cobre y el oro salvarán a la nación endeudada, con problemas fiscales y Gobiernos “light”. Llenos de promesas, ofrecen regalías, de la misma manera que los curas doctrineros obsequiaban machetes y hachas para cristianizar al indio moro. Sí, porque hay que mirar hacia atrás para comprender los tiempos actuales en los que se regala un tajo de la nación (25 mil hectáreas) arropado bajo la pandemia, el respeto a la inversión extrajera y el apego a las leyes de la minería.

En la perspectiva histórica logramos comprender de dónde sale el puerto de Punta Rincón, la postura patriotera de exigir un mayor porcentaje de la ganancia bruta, mientras descuartizamos esa zona boscosa destruyendo el Corredor Mesoamericano, aunque no se aplique en este caso el respeto a la ley y valgan muy poco la flora y fauna de esta maravilla de nación que es el Panamá de Justo, Victoriano y Belisario.

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