01 de Dic de 2021

Columnistas

Thomas Sankara, el carismático líder burkinés

“Más de tres decenios después de su magnicidio, Thom Sank, […], es un icono para África y pasará a la posteridad como el hombre que, por encima de todo, amó intensamente a su pueblo […]”

“Yo hablo en nombre de estos millones de seres que están en los guetos porque tienen la piel negra o son de culturas diferentes y que se benefician de un estatus apenas superior al de un animal. ¡Abajo el imperialismo! ¡Abajo el neocolonialismo!” Estas elocuentes palabras fueron pronunciadas en la tribuna de las Naciones Unidas por Thomas Sankara, el 4 de octubre de 1984, ante una audiencia estupefacta que escuchó con atención la arenga del líder revolucionario.

¿Pero quién era este hombre que lucía un atuendo caqui y que llevaba una boina roja estrellada? Tres años después, concretamente, el 15 de octubre de 1987, Sankara y doce de sus compañeros fueron asesinados por un comando en el curso de una reunión en la sede del Consejo Nacional de la Revolución (CNR). Este hecho ocurrió en Ouagadougou (se pronuncia Uugadugú), capital de un Estado de África del Oeste, Burkina Faso, tras un golpe de Estado auspiciado, al parecer, por Francia, gobernada entonces por el “tándem” de la cohabitación, formado por el presidente socialdemócrata François Mitterand y el primer ministro de derecha, Jacques Chirac. Su cadáver fue desmembrado e inhumado en una tumba anónima. Blaise Compaoré, su más estrecho colaborador, su hermano de armas y amigo, capitán como él y además ministro de Justicia, le traicionó, tramando el golpe, sucediéndole en la jefatura del Estado durante 27 años, hasta el 2014 en que, a raíz de una insurrección popular, tuvo que huir del país, refugiándose desde entonces en la vecina nación sureña de Costa de Marfil.

El pasado 11 de octubre arrancó en Ouagadougou, el juicio destinado a juzgar a los presuntos autores materiales e intelectuales del asesinato del exjefe de Estado de la República, Tomas Sankara. Blaise Compaoré, de 70 años de edad, el principal inculpado y supuesto cerebro de la operación, ha hecho saber que no asistirá al proceso que será celebrado en el Tribunal Militar de la capital, evitando así tener que sentarse en el banquillo de los acusados y responder ante la justicia, en definitiva, ante el pueblo, de los tres cargos que se le imputan: atentado contra la seguridad del Estado, complicidad en asesinatos y ocultación de cadáveres; será juzgado entonces en ausencia. A petición de algunos letrados de la defensa, arguyendo falta de tiempo para una debida consulta del dosier, el presidente del Tribunal estimó oportuno aplazar el juicio hasta el día 25 del presente mes.

Thomas Isidoro Noël Sankara nació el 21 se diciembre de 1949, durante la colonización francesa en Alto Volta, que acabó siendo independiente el 5 de octubre de 1960. Tercer miembro de una fratría de diez hijos, creció en el seno de una familia católica y, en un país con una alta tasa de analfabetismo, Sankara frecuentó la escuela y fue un alumno brillante. A los 19 años, se alistó en el ejército; fue enviado en misión a Madagascar, donde estudia el marxismo-leninismo. Posteriormente viaja a Francia y allí se entrena como paracaidista. En París entabla amistad, según algunos, con el oficial que será su mano derecha hasta su asesinato, Blaise Compaoré, mientras otros autores afirman que la relación amistosa se fraguó en Marruecos en el año 1976. Hombre de izquierda y de fe marxista, en 1983, a los 33 años de edad, se convirtió en el más joven presidente de África mediante un golpe de Estado. Si uno de los puntos oscuros, susceptible de enturbiar su trayectoria política, emana de su modo de acceder al poder en un continente plagado de intentonas golpistas, su legado como gobernante, sin embargo, tiene importantes puntos positivos en la reciente historia del país por los logros conseguidos, permanece vivaz a lo largo del tiempo, y su figura de gran estadista, sin duda, no ha sido deslustrada. El histórico psicólogo polaco Salomón Asch dijo: “la mayoría de los actos sociales deben ser entendidos en su contexto, ya que pierden significado si son aislados”. Treinta cuatro años después de su brutal asesinato, el personaje es considerado como un héroe, no solo en su tierra, sino también en una buena parte del continente negro.

Una de sus primeras medidas como gobernante consistió en hacer una auditoría de sus bienes y enarboló una política de austeridad, reduciendo drásticamente los sueldos de los altos cargos del Estado, así como el suyo, exigiéndoles “el mismo tren de vida que se impuso a sí mismo”, comenta el historiador argentino Omer Freixa. En un discurso fechado del 11 de febrero de 1984 afirmó lo siguiente: “o bien hacer un sacrificio nosotros mismos, sobre nuestros sueldos, sobre nuestras ventajas; o bien prostituirnos e ir a una u otra potencia para que venga a ayudarnos”.

Un año después de acceder al poder, Sankara cambió el nombre colonial de su país sustituyéndolo por el de Burkina Faso, que en dos idiomas locales significa: País de los Hombres Íntegros, animado de un ardoroso deseo de “descolonizar las mentalidades, como símbolo de una profunda transformación social”.

De clara tendencia antiimperialista, el joven mandatario promovió una revolución popular y emprendió una amplia reforma agraria: nacionalizó las tierras y se las entregó a los campesinos para que las trabajaran, duplicándose la producción de trigo y de algodón. Estatalizó los recursos minerales. A nivel estratégico, se crearon los Comités de Defensa de la Revolución y se inició una forma de servicio militar, como contrapeso ambos a la tradicional influencia del ejército. Algo sin precedentes en África, mejoró la condición de las mujeres, prohibiendo la mutilación genital, los matrimonios forzados, la poligamia y todo tipo de prácticas degradantes hacia ellas. Elevó a algunas a puestos de responsabilidad y promovió la planificación familiar: “No hay verdadera revolución social sin la liberación de la mujer”, sentenció.

Paralelas a la lucha contra la corrupción y la hambruna, la educación y la salud fueron las principales prioridades nacionales. Se abrieron escuelas y hospitales aminorando considerablemente el analfabetismo y se organizó una campaña de vacunación de niños contra la meningitis, la fiebre amarilla y el sarampión. Dedicó fondos para la construcción de ferrocarriles y, a nivel medioambiental, combatió la deforestación con una encomiable e inconmensurable plantación de árboles.

Pese a la efimeridad de su presidencia, Thomas Sankara, apodado el Che Guevara africano, supo galvanizar al pueblo, y su política atrajo la simpatía de una amplia capa de la sociedad de su país. Por otra parte, el mandatario irritó a la clase media, y se granjeó bastantes enemistades, como la de los presidentes Félix Houphouët-Boigny de Costa de Marfil y Gnassingbé Eyadéma de Togo, temerosos ambos de que la revolución burkinesa pudiera ser exportada a sus respectivas naciones, ya que su líder “nunca dejó de fustigar y denunciar el imperialismo y sus agentes locales”. Más de tres decenios después de su magnicidio, Thom Sank, como se le llamaba cariñosamente, es un icono para África y pasará a la posteridad como el hombre que, por encima de todo, amó intensamente a su pueblo y que, por su fascinante personalidad y sus firmes convicciones, supo infundirle ilusión y esperanza. Debido a sus nobles ideales y a su integridad moral, perdió la vida en trágicas circunstancias a los 37 años de edad. Se ha alineado al lado de prestigiosos dignatarios africanos como Patrice Lumumba y Nelson Mandela. El proceso debe hacer justicia y servir de ejemplo.

Si mi escrito ha servido para contribuir a divulgar su obra y pensamiento, me quedo inmensamente satisfecho.

Médico-psiquiatra.

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