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17 de Ene de 2022

Columnistas

Corrupción y derechos humanos

“[…], nos toca “elegir una senda diferente” y esa senda, para iniciar las correcciones imperantes, es una guerra frontal y decidida contra la corrupción”

Hay eventos sobre los cuales es importante y necesario hacer un comentario, pero el calendario no siempre me brinda la oportunidad inmediata de referirme a ellos. El jueves pasado, 9 de diciembre, se celebró a nivel mundial el Día Internacional contra la Corrupción. Las Naciones Unidas (ONU) resaltó como lema para este año: “Tu derecho, tu desafío: dile no a la corrupción” y señaló que “La corrupción afecta en todos los ámbitos de la sociedad. Por eso su prevención permite avanzar hacia los Objetivos de Desarrollo Sostenible, [debe] ayudar a proteger nuestro planeta y crear empleos, favorecer la igualdad de género y garantizar un mayor acceso a servicios esenciales como la salud y la educación”.

En un sinnúmero de ocasiones a lo largo de los años, me he referido, al igual que otros colegas y expertos, sobre este mal que, con cada año que pasa, nos afecta y deja huellas profundas que tomará mucho tiempo borrar.

La corrupción, para estar claros, porque pareciera que muchos no lo están, la tenemos en las narices. Nos ahoga. Hiede. Pero, probablemente es mejor definirla correctamente por cuestiones de claridad, porque ya mucha gente no lo reconoce. Lo ve como normal, inclusive nuestras altas autoridades. Dice la Real Academia de la Lengua que corrupción es la: “acción y efecto de corromper”. Corromper es: “alterar y trastrocar la forma de algo. Echar a perder, depravar, dañar, pudrir. Sobornar a alguien con dádivas o de otra manera. Pervertir o seducir a alguien”.

La oficina de las Naciones Unidas para la Lucha contra el Crimen y la Droga señala que “la corrupción es un complejo fenómeno social, político y económico que afecta a todos los países del mundo. En diferentes contextos, la corrupción perjudica a las instituciones democráticas, desacelera el desarrollo económico y contribuye para la inestabilidad política. La corrupción destruye las bases de las instituciones democráticas al distorsionar los procesos electorales, socavando el imperio de la ley y deslegitimando la burocracia. Esto causa la alienación a los inversionistas y desalienta la creación y el desarrollo de empresas en el país, que no pueden pagar los 'costos' de la corrupción”. (No sé si desalienta las inversiones, Silvio Berlusconi, hace algunos años dijo que era parte de los costos para cerrar negocios en los países).

En el punto que estamos, puedo asegurar que la corrupción está en su etapa más crítica, en lo social, político y, ante todo, en lo cultural. No por el daño a la economía o a las estructuras políticas y administrativas, sino por su efecto en la sociedad y la cimentación de la duda y el cinismo en todas las personas. Y, ante todo, en la formación de jóvenes que no tiene mayores referencias de conducta social que la que han visto y vivido en los últimos años. Impera la ley de lo vivido: “veo, luego practico”.

El viernes pasado, 10 de diciembre, fue el Día Internacional de los Derechos Humanos. En su mensaje oficial sobre esta fecha, el secretario general de la ONU, António Guterres, entre otras cosas, dijo que: “Nuestro mundo se encuentra en una encrucijada. La pandemia de COVID-19, la crisis climática y la expansión de la tecnología digital en todos los ámbitos de nuestra vida han creado nuevas amenazas para los derechos humanos. La exclusión y la discriminación crecen de forma desmedida. (…) La pobreza y el hambre van en aumento por primera vez en decenios. La desigualdad es cada vez más profunda. Pero podemos elegir una senda diferente”.

También dijo Guterres: “La recuperación de la pandemia debe ser una oportunidad para llevar más allá los derechos humanos y las libertades fundamentales y para restablecer la confianza. Confianza en la justicia e imparcialidad de las leyes e instituciones”.

Las inequidades que han sido sobreexpuestas durante la pandemia y que han afectado a los más vulnerables de la población mundial, más evidente con el tema de las vacunaciones en el África, por ejemplo, nos debe dar una medida de lo real y vergonzoso de las diferencias socioculturales existente.

Concuerdo, nos toca “elegir una senda diferente” y esa senda, para iniciar las correcciones imperantes, es una guerra frontal y decidida contra la corrupción. Esa recuperación de la pandemia, en beneficio de todos, solo será posible cuando nos atrevamos, decididamente, a llevar hasta el final esa lucha.

Comunicador social.

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