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26 de Ene de 2022

Columnistas

Decodificando valores: desconfianza pública

“Debemos ser capaces de investigar y de recibir nuestra información de fuentes objetivas y con las credenciales para emitir una opinión”

En la antigüedad, los líderes eran considerados divinos, pues pretendían tener las respuestas a preguntas prácticas como filosóficas, desde “¿de dónde venimos?” hasta “¿cuándo lloverá?”. Estos líderes, al no tener respuestas, las inventaban: “Dios nos creó en su imagen; lloverá cuando otorgues más ofrendas”. Antes el pueblo no sabía mejor y les creían ciegamente.

Hoy, después de la revolución científica de los últimos 500 años, se tienen respuestas y este vasto conocimiento se distribuye de forma masiva por el internet. Aun así, ¿cómo puede ser que existan tantos ignorantes e incrédulos en el mundo? y ¿de qué nos sirve esta vasta fuente de conocimiento, si no sabemos cómo usarla?

No podemos esperar que los humanos cambien su forma de pensar en pocas décadas, si por siglos hemos creído en mitos. Igualmente, líderes han confiado en la ignorancia del pueblo para controlarlo, por lo tanto, nunca han invertido en una educación que promueva pensamiento independiente y crítico. Así, muchos piensan hoy que nuestros líderes saben mejor que cualquier experto independiente, pues cuentan con el acceso a los más calificados profesionales y, por lo tanto, creen en la ilusión de que “se les puede confiar”. Pero ellos no consideran que estos líderes se comportan según una agenda política que, de no encajar con los datos científicos, los manipulan a su conveniencia. Otros, entendiendo esta posibilidad, no aceptan ninguna limitación o regla, pretendiendo que los líderes solo actúan según su agenda política. Esta extremización es la que, en muchos casos, ha empeorado esta crisis, afectándonos a todos de forma catastral, como, por ejemplo, con los antivacunas.

Muchas democracias están siendo retadas por líderes totalitarios, quienes, con la ayuda de los medios, manipulan a sus ciudadanos con una narrativa parcial, tocando su más honda sensibilidad, su “pathos”, más que una lógica o sentido común. Así explotan asuntos subjetivos, sociales y políticos, como el trato de inmigrantes, la inversión en salud, en seguridad o en educación, las cortes de justicia y las políticas de la policía, para servir su agenda política.

El problema existe cuando el público confunde estos temas debatibles, “grises”, con aquellos basados en la ciencia y la matemática. Aun cuando la biología no es una ciencia exacta, la estadística lo es y cuando la probabilidad de sufrir o morir de COVID es más alta que la de un efecto secundario por la vacuna, la decisión de vacunarse debería ser obvia. Pero ellos no desconfían de los números, sino de la identidad de quien los presenta, haciendo una conexión absurda al pensar “si no estoy de acuerdo con las políticas de este Gobierno, ¿por qué debo aceptar vacunarme?”, hasta, inclusive, pensar que la gran mayoría de vacunados está equivocada.

Puede pensarse que todo líder, intoxicado por el alcohol del poder, influye sus decisiones (como vacunar a todos) como una acción intencionada a perpetuar su control sobre la población y no como una acción necesaria para lograr el bien común. Esta desconfianza pública es la que está perjudicándonos a todos, pues, por un lado, están los cegados por la narrativa de sus dirigentes, y, por el otro, los cegados por la desconfianza, que no aceptan nada.

¿Cómo podemos corregir esta anomalía? Primero que todo la desconfianza pública no es totalmente negativa, pues todavía no contamos con un liderazgo confiable 100 %. Inclusive las Naciones Unidas, el cuerpo diplomático más grande del mundo, no es parcial y se comporta según la agenda política de pocos de sus miembros. Segundo, debemos aceptar la verdad en la abrumadora información que recibimos de todo el mundo, gracias al internet, y debería bendecirse ante una pandemia mundial. Así entendemos que, si la gran mayoría del mundo se está vacunanda y no se han expuesto efectos secundarios en gran escala, debe ser que la vacuna es segura, pues cualquiera conspiración sería imposible de encubrir.

Además de confiar en la estadística, debemos ejercer responsabilidad mutua y entender que todo lo que hacemos influye en los demás. Para esto es necesario distribuir una sabiduría que distinga lo político de lo científico. Debemos ser capaces de investigar y de recibir nuestra información de fuentes objetivas y con las credenciales para emitir una opinión. Así como no arreglarías tu carro según la opinión de tu doctor, por más diplomas que tenga, no te vacunarás o usarás una máscara según la opinión de un político, sino según la opinión de miles de expertos, que la probabilidad que hayan conspirado para consagrar el poder de cierta elite, es nula. Y es que lo que más nos falta para tomar decisiones eficientes y positivas, es el simple sentido común.

Arquitecto