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05 de Feb de 2023

Columnistas

La raíz de nuestra desconfianza

Por nuestra historia y geografía, en Panamá la desconfianza prevalece y eso limita nuestro potencial. A continuación detallaremos el sustento de ese argumento.

Por nuestra historia y geografía, en Panamá la desconfianza prevalece y eso limita nuestro potencial. A continuación detallaremos el sustento de ese argumento.

Ninguna relación —ya sea sentimental o profesional— funciona bien si no confiamos en los demás. Pongo como ejemplo el acuerdo universal y tácito que creó el más eficiente sistema de confianza que existe: el dinero. Desde hace cinco mil años es el medio de cambio que nos evita el engorro del trueque.

Observe usted el caso de un billete de cien dólares. Tenemos certeza en la seguridad de ese pedacito de papel, que mide 66 x 155 milímetros, pesa un gramo y tiene impreso el rostro de Benjamin Franklin. Siempre nos permitirá cobrar o pagar cien dólares, aunque su valor intrínseco es insignificante. A esto algunos le llaman convención social, construcción psicológica, o constructo. Eso significa que el billete funciona perfectamente porque todos confiamos en él.

Ahora, para ir al punto, evaluemos qué sucede con la confianza en Panamá. Lo respondió una encuesta hecha en 2019 por el Centro Internacional de Estudios Políticos y Sociales (CIEPS). Titulada Valores, instituciones y economía en la sociedad de la hiper desconfianza, aplicaron el rigor académico que les caracteriza, respaldados por bibliografía pertinente de importantes intelectuales: Pierre Bordieu, Christian Bjørnskov, Stephen Knack, Jorge Cuartas Ricaurte y Robert David Putnam.

Las investigadoras Raisa Urribarri, Nelva Araúz y Claire Nevache, descubrieron que 8 de cada 10 panameños consideran confiable a la gente “pocas veces o nunca”. Ese hallazgo aterrador nos obliga a realizar dos preguntas: ¿por qué no confiamos? y ¿qué origina la desconfianza aquí?

A la primera pregunta, CIEPS responde que es porque somos una sociedad “discriminada y discriminadora”, donde los indígenas y los desempleados son quienes más sufren por “clase social, falta de experiencia profesional, ideas políticas y su nivel de ingresos”.

En cuanto a la segunda pregunta, pienso que las hondas raíces de nuestra desconfianza están determinadas por la geografía.

¿Por qué? Porque nuestra naturaleza es transitista. Es decir, nacimos al emerger del fondo del mar hace pocos millones de años. Fue así que unimos Norte y Suramérica. Desde antes de la conquista española, los Mayas (radicados en Centroamérica) y los Chibchas (radicados en Colombia), comerciaron aquí.

Con el pasar de los siglos, lo que cambió es la tecnología de transporte. Primero, el oro y plata rumbo a España viajaba a lomo de burro gracias a un esclavo que guiaba al animal a través de nuestro Camino de Cruces. Luego otras mercancías cruzaban en ferrocarril y por el Canal gracias a muchos obreros básicos y a unos cuantos técnicos. Hoy, además de bienes, cruzan unos intangibles llamados “plataforma de servicios globales” gracias a cables de fibra óptica y a unos panameños muy educados que reciben salarios altos .

El lado bueno del transitismo enriqueció nuestro patrimonio cultural: literatura, música, comida, arquitectura y todo tipo de bellas tradiciones. Ese lado explica también nuestra maravillosa diversidad étnica. Somos una ensalada hecha con europeos, grupos originarios, africanos y asiáticos, sazonada con aspectos caribeños. Ese lado explica también el éxito económico de los que residen en la zona interoceánica entre Panamá y Colón (allí se concentra la riqueza, mientras que el resto del país se las ve a gatas).

Pero haber sido y ser una ruta de paso que facilita hacer fortuna rápidamente gracias a atajos y deshonestidad, también tiene un lado dañino.

Por ejemplo, el transitismo explica nuestra pobre cooperación interpersonal y también el cortoplacismo que nos dificulta acordar objetivos de largo plazo. Los hijos de ese lado dañino son la corrupción, la mediocridad y el engaño.

Nótese que nuestra maleanteria se remonta —como mínimo— al siglo XVIII. En aquel momento se dio un conflicto que acaparó la atención de las autoridades : individuos se asociaron con el fin de poner en jaque al gobierno. Para el comercio irregular, crearon unas Compañías Confederadas en Natá y Penonomé. Entre ellas, una llamada “La Sacra Familia”, vinculada a ingleses residentes en Jamaica. La flota proveniente de esa isla incursionaba al istmo usando el río Coclé hasta llegar a Natá. Contrabandean mercaderías cuyo destino final eran los puertos peruanos y mexicanos del océano Pacífico. Entre las embarcaciones en la flota estaba la legendaria “Yegua de la mar del sur” una balandra —fragata pequeña— cargada con artillería para enfrentar a las autoridades.

¿Usted cree que un indígena Naso en Bocas del Toro, un campesino de Ponuga en Veraguas, un negro de Palmas Bellas en la costa abajo de Colón, un santeño residente en San Miguelito, una Boqueteña descendiente de suecos, un Hindustan de Vista Hermosa en la ciudad capital y un chinito en Cañazas compartan un interés nacional común? Pienso que no.

Nuestro carácter ha sido determinado por la ausencia de un proyecto unificador. Una vez resuelta la devolución de el Canal y su ex Zona adyacente, hace 23 años que no existe objetivo que nos una, así que estamos ante un problema que no tiene solución. ¿O si la hay?

Fuentes: “Economía y Sociedad”, de Max Weber, “Sapiens” de Yuval Noah Harari, “Panamá: país y nación de tránsito” de Octavio Méndez, “De selvas a potreros” de Stanley Heckadon, “Papel histórico de los grupos humanos de Panamá” de Hernán Porras, “Panamá en la encrucijada del mundo” de Patricia Pizzurno y en YouTube la presentación “¿Hacia dónde va Panamá?”, de Guillermo Castro.

Profesor y consultor