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- 05/01/2026 00:00
Adaptación climática - Invertir hoy para no pagar mañana
El cambio climático no es solo “más calor”. Es el día en que el agua no alcanza, la noche en que una lluvia torrencial inunda el barrio, el deslizamiento que corta la carretera, la marejada que empuja el mar tierra adentro y daña pozos, tuberías y viviendas. Si queremos vivir mejor —con salud, empleo y seguridad— la adaptación climática (prepararnos y reducir perdidas y daños) tiene que dejar de ser un “tema ambiental” y convertirse en una prioridad de desarrollo.
Primero, la amenaza más concreta se llama agua (y extremos). La Organización Meteorológica Mundial lo resume así: “El ciclo del agua se ha vuelto cada vez más errático y extremo, oscilando entre diluvios y sequías” (World Meteorological Organization). Dicho en simple: el ciclo del agua se está volviendo más impredecible, saltando de sequía a diluvio. Y no es una metáfora: la OMM indica que solo alrededor de un tercio de las cuencas fluviales globales tuvo condiciones “normales” en 2024; el resto estuvo por encima o por debajo de lo habitual (World Meteorological Organization) En la vida diaria, esto puede traducirse en más interrupciones de servicios, más golpes a la infraestructura y más riesgos para la seguridad de las familias.
Segundo, necesitamos medir el “progreso” con indicadores que miren el sistema completo, no solo el crecimiento económico. El IPCC advierte que el cambio climático inducido por el ser humano “ha causado impactos adversos generalizados y pérdidas y daños conexos” ( ipcc.ch). También recuerda que los ecosistemas sostienen medios de vida y “servicios ecosistémicos” ( ipcc.ch). Por eso, cuando el desarrollo deteriora manglares, bosques o humedales, no se pierde solo naturaleza: se debilita parte de la protección y los servicios que sostienen agua, alimentos y seguridad. Si el “progreso” no mide resiliencia, salud y ecosistemas funcionales, corremos el riesgo de un crecimiento que nos deja más vulnerables.
Tercero, las finanzas climáticas y/o sostenibles deben ser transparentes y medibles, significa decidir qué proyectos se financian, con qué dinero, para quién, y con qué resultados. La confianza ciudadana depende de que se pueda verificar qué se logró por cada dólar. El Banco Mundial lo plantea con claridad: invertir en infraestructura más resiliente genera “$4 de beneficio por cada $1 invertido” (World Bank). Si esto es así, entonces la opacidad —costos escondidos, beneficios inflados, resultados sin seguimiento— no solo es mala gestión: erosiona la confianza pública y termina saliendo más caro.
Cuarto, adaptación, mitigación y bienestar humano no compiten; se refuerzan. El IPCC describe el enfoque de implementar mitigación y adaptación “juntos en apoyo del desarrollo sostenible” ( ipcc.ch). En la región, esto ya se traduce en instrumentos que premian resultados verificables: el BID señala que BID CLIMA está diseñado para “incentivar la inversión en transparencia y en acciones a favor del clima y la naturaleza” (Inter-American Development Bank). Y CAF anunció una inversión de 40.000 millones de dólares en los próximos cinco años, con énfasis —entre otros— en seguridad hídrica y conservación de ecosistemas estratégicos, en CAF la dirección es clara: menos discursos sueltos y más carteras integradas que mejoren vidas y reduzcan riesgos reales.
Tres cosas concretas para que podamos ser resilientes al cambio climático: (1) que toda gran obra pública y todo financiamiento relevante tenga una “ficha climática” con riesgos, costos, beneficios y métricas verificables; (2) que se prioricen inversiones que protejan servicios esenciales —agua, salud, energía y movilidad— frente a sequías e inundaciones; y (3) que gobiernos y sector privado rindan cuentas con datos comparables, verificación independiente y reportes accesibles para cualquier persona.
Adaptarnos no es un lujo “verde”. Es una póliza de vida colectiva: proteger ecosistemas es proteger hogares, empleos y recursos básicos.