Panamá defiende ante China fallo sobre el Canal y la separación de poderes, exigiendo respeto a su soberanía y Constitución ante la OEA
- 11/04/2014 02:00
Ciego de poder
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Agrega La Estrella en Google ↗️Desperté a la hora acostumbrada. Asomé la vista hacia el país por el que un día anhelaba trabajar. Pensé toda la noche en lo que una sencilla decisión representaría para nuestro futuro. Tracé con la mente el horizonte que soñaba para mis hijos y mi sociedad y me juré como cada día hacer lo que estuviese en mis manos para concretarlo.
Alguien se acercó a mí, luego de evidenciar que mi preparación y experiencia me hacían digno representante de un sector de la población que clamaba por un cambio, una luz de optimismo entre tanta duda. Me ofrecieron ser un símbolo, un rostro con el que mis conciudadanos se identificasen, o al menos se abriesen a contar sus deseos y necesidades. Temí que mis intenciones fuesen tergiversadas, luego comprendí que existen sacrificios necesarios para un servidor de la patria, como poner su nombre en la palestra pública, proponer ideas, sea que funcionen o no, y dejarse escudriñar su vida privada. Mas todas las posibles consecuencias no menoscabaron mi anhelo, mi llamado de ser ese agente de cambio, un ejecutor de estrategias para defender el bienestar del único equipo al que siempre perteneceré: mi sociedad.
Corrí el riesgo, contra opiniones y críticas de mis allegados. Sacrifique tiempo y espacio de mi familia, mi empresa, mi espiritualidad. Dediqué horas a reunir a los más acertados aliados, a escuchar propuestas que complementasen mi visión de país, a diseñar campañas que alentaran a mis conciudadanos a darme su voto de confianza sin tener que mancillar el honor ajeno en una sucia movida, clásica de aquel cuyos argumentos carecen de fuerza. No obstante, una voz extraña se me acercaba en los momentos más inoportunos, para recordarme el tamaño de las arcas que en mis manos quedarían en caso de lograr mi propósito. La voz me repetía cuánto merecía la prosperidad, el reconocimiento público y sobre todo, ese premio que tanto acaricié desde que respondía a caprichos ajenos: el poder. Cuántas posibilidades se concretarían con esa dádiva que un pueblo esperanzado me concedería.
Las cifras comenzaron a favorecerme. Mi nombre sonaba hasta en los teléfonos. Me dedicaban a diario artículos extensos, reportajes televisivos y caricaturas. Me conocían en lugares que no había siquiera visitado. Me abrían paso en lugares públicos y muchos personajes respetados se me acercaron. Finalmente acariciaba lo que merecía. No permitiría que ningún adversario me desplazase o me atacase en público sin recordarle quién era, y de ser posible devolverle sus propios errores. Una multitud me aprobaba y tal vez considerarían cambiar de parecer.
A diario respondí cada calumnia de mis enemigos. Invertí millones en limpiar la basura que me adjudicaban. Olvidé hablar con mis confiados seguidores y prestar atención a la clase pensante, la que sí escuchaba atenta mis propuestas. Pero a esos no los necesitaba, todavía contaba con el voto de la mayoría, que se entusiasmaba cada vez más por ver cómo atacaría al contrario. Ya no necesitaba desperdiciar tiempo en escuchar necesidades ni considerar ideas. De todos modos, el país sería mío en pocos meses.
Amanece otra vez. Asomo mi orgullosa vista hacia el país que pronto dirigiría, sin duda. Esta vez, no veo un horizonte para mis hijos ni mi sociedad. Me veo en ese puesto donde manejo esas arcas a mi antojo, donde las cuentas se ajustan primero a mis intereses y la posteridad me guarda después de haberme ido. No tengo por qué abrir los ojos a las repercusiones de un porvenir que no me corresponde, ni de un sistema educativo del que no sacaré provecho directo. No es asunto mío el descalabro que les tocará a los profesionales de mañana. Solo veo el trono, me veo a mí. Estoy ciego de poder.
ESCRITORA