• 23/06/2026 10:12

Las condiciones y los rostros del Congreso Anfictiónico

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El 22 de junio de 1826 se inauguró en la ciudad de Panamá el Congreso Anfictiónico, con la presencia de representantes de Colombia, México, América Central y Perú. La reunión tuvo lugar en la sala capitular del convento de San Francisco, frente al océano Pacífico, en un edificio que pocos años antes había sido expropiado a la Iglesia por el gobierno colombiano.

Los países recién independizados intentaron construir un sistema de cooperación y seguridad continental. Su propósito era defender la independencia recién alcanzada, resolver pacíficamente sus diferencias y actuar de manera coordinada frente a las amenazas externas. El resultado más importante fue el Tratado de Unión, Liga y Confederación Perpetua, mediante el cual las repúblicas participantes intentaron establecer una alianza permanente para proteger su soberanía y fortalecer sus relaciones mutuas.

Sin embargo, el tratado nunca llegó a materializarse plenamente. Sólo fue ratificado por la Gran Colombia. Las divisiones políticas desempeñaron un papel importante en ese desenlace, pero no fueron el único obstáculo. También influyeron las enormes distancias, las dificultades de comunicación, la fragilidad de las nuevas repúblicas, los cambios de gobierno, las rivalidades regionales y la complejidad de sostener una organización internacional en una época en que una simple comunicación podía tardar semanas o incluso meses.

Cada acuerdo requería no solo consenso político, sino también la capacidad de sostenerlo en un mundo donde todo era lento, incierto y fragmentado.

Cuando hoy se recuerda al Congreso Anfictiónico de Panamá de 1826, la atención suele concentrarse en Simón Bolívar, en los tratados firmados o en los ideales de unidad americana. Mucho menos frecuente es reflexionar sobre las condiciones materiales bajo las cuales aquella reunión pudo celebrarse y sobre los hombres que hicieron posible el encuentro en 1826.

El Panamá que recibía a los delegados

El Panamá de 1826 era muy distinto al de hoy. La ciudad tenía menos de diez mil habitantes y conservaba plenamente el aspecto de una pequeña urbe colonial. Todavía faltaban casi treinta años para la construcción del ferrocarril transístmico y más de ocho décadas para la apertura del Canal de Panamá.

No existían sistemas modernos de agua potable ni alcantarillado. Tampoco había electricidad. Cuando llegaba la noche, la iluminación dependía de velas, lámparas de aceite y algunos faroles dispersos. El calor y la humedad eran tan intensos como en la actualidad, pero sin aire acondicionado, ventiladores eléctricos ni sistemas de refrigeración.

Las enfermedades tropicales, los mosquitos y las limitadas condiciones sanitarias formaban parte de la vida cotidiana. Los alimentos debían consumirse rápidamente o conservarse mediante métodos rudimentarios. Los visitantes no encontraban hoteles modernos ni servicios especializados. La ciudad ofrecía lo que podía ofrecer una pequeña capital provincial del Caribe hispanoamericano de comienzos del siglo XIX.

Viajar a Panamá era una expedición

Asistir al Congreso Anfictiónico no era un simple viaje diplomático. Era una verdadera expedición.

Las comunicaciones dependían de barcos de vela, caballos, mulas y caminos rudimentarios. No existían ferrocarriles, automóviles, telégrafo, radio ni teléfono. Las noticias viajaban al ritmo del viento sobre el mar o del paso de hombres y animales sobre tierra.

Desde Bogotá, un delegado debía descender por el río Magdalena en una travesía que podía tomar más de un mes y, en muchos casos, hasta dos meses, dependiendo de las condiciones del río y del clima. No había tiempos fijos ni garantías.

Desde Veracruz, el viaje hasta el istmo podía tomar varias semanas; desde el Callao, en el Perú, la travesía por el Pacífico podía extenderse durante un mes o más. En muchos casos, llegar al Congreso implicaba uno o incluso dos meses de viaje. Y lo mismo ocurría para regresar.

Los viajeros enfrentaban tormentas, enfermedades, retrasos, naufragios y múltiples incertidumbres. Un viaje podía prolongarse mucho más de lo previsto por razones completamente ajenas a la voluntad de los viajeros.

Además, los delegados debían prepararse para permanecer fuera de sus hogares durante meses. Viajaban con documentos oficiales, ropa adecuada para ceremonias y reuniones formales, provisiones personales y, en muchos casos, medicamentos básicos. Una vez en Panamá, no podían confiar en encontrar fácilmente aquello que necesitaran.

Los hombres detrás del Congreso

Detrás de los tratados y de las grandes ideas existieron hombres concretos.

No fueron figuras abstractas ni nombres en documentos oficiales. Fueron diplomáticos, juristas, militares y políticos que aceptaron abandonar temporalmente sus hogares, asumir los riesgos de viajes largos y difíciles y representar a sus jóvenes repúblicas en una ciudad pequeña y distante.

Gran Colombia

La nación anfitriona estuvo representada por Pedro Gual y Pedro Briceño Méndez.

Pedro Gual, venezolano, nació en 1783. Era uno de los diplomáticos más importantes del proyecto bolivariano. Había participado en negociaciones internacionales y poseía una amplia experiencia política. Su presencia reflejaba la importancia que Bolívar daba al Congreso. En 1826 era ministro de Hacienda de Venezuela.

Pedro Briceño Méndez, venezolano, nació en 1792. Representaba otro perfil del proceso independentista. Había sido militar y colaborador cercano de Bolívar durante las campañas de independencia. Su trayectoria combinaba experiencia política y militar.

México

México envió a José Mariano Michelena y José Domínguez.

José Mariano Michelena, nació en Mexico en 1772. Era una figura importante de la política mexicana y había participado tanto en movimientos independentistas como en labores diplomáticas en Europa. Su presencia demuestra que México tomó seriamente el proyecto de integración continental.

José Domínguez, era juez en los tribunales de Guanajuato. Acompañó la representación mexicana como parte de la delegación oficial enviada al istmo.

Perú

La representación peruana estuvo integrada por Manuel Lorenzo de Vidaurre y Manuel Pérez de Tudela.

Vidaurre nació en Lima en 1773. Era uno de los intelectuales y juristas más destacados del Perú republicano. Escritor, político y pensador, poseía fama de hombre brillante e independiente.

Pérez de Tudela nació en Arica en 1774, abogado y diplomático, participó activamente en los primeros años de organización política del Perú tras la independencia.

Provincias Unidas de Centroamérica

La federación centroamericana estuvo representada por Antonio Larrazábal y Pedro Molina.

Larrazábal nació en Ciudad de Guatemala en 1769. Era sacerdote y político guatemalteco. Años antes había participado en las Cortes de Cádiz, donde las colonias españolas comenzaron a discutir nuevas ideas políticas durante la crisis del imperio español.

Pedro Molina nació en Guatemala en 1777. Era médico, periodista y político. Defensor de ideas liberales e independentistas, utilizó la prensa como herramienta política en Centroamérica.

Reino Unido

El Reino Unido envió como observador a Edward James Dawkins.

La presencia británica demuestra que Londres seguía atentamente los acontecimientos políticos de las nuevas repúblicas americanas y comprendía la importancia estratégica del istmo de Panamá.

Estados Unidos

Estados Unidos designó a Richard Clough Anderson y John Sergeant.

Anderson había sido diplomático y representante estadounidense en Bogotá. Firmó junto a Pedro Gual el Tratado de Amistad y Comercio en 1824 entre la República de Colombia y Estados Unidos.

No logró llegar al Congreso. Murió antes de arribar a Panamá, probablemente afectado por enfermedades y las duras condiciones del viaje.

John Sergeant, importante abogado y político estadounidense, llegó demasiado tarde para participar plenamente en las sesiones principales.

Sus casos muestran hasta qué punto asistir a Panamá en 1826 no era un acto ceremonial ni un simple viaje oficial. Era una misión exigente y físicamente riesgosa.

Un esfuerzo que merece ser recordado

Doscientos años después, el contraste resulta extraordinario. Hoy Panamá cuenta con aeropuertos internacionales, puertos modernos, autopistas, telecomunicaciones digitales y una infraestructura capaz de recibir delegaciones de cualquier parte del mundo en cuestión de horas.

Sin embargo, el bicentenario permite recordar algo fundamental. El Congreso Anfictiónico no fue posible únicamente por la visión de Bolívar o por los tratados que surgieron de sus sesiones. También fue posible gracias a hombres que aceptaron recorrer enormes distancias para participar en un proyecto que consideraban importante para el futuro de América.

Quizás allí reside una de las imágenes más poderosas del Congreso de 1826. Antes que una ceremonia o un monumento, fue un esfuerzo humano. Fue el encuentro de diplomáticos, juristas, militares y políticos que atravesaron mares, montañas, ríos y caminos difíciles para intentar construir una conversación continental en una época en que el mundo todavía se movía lentamente.

Hoy muchos de sus nombres resultan poco conocidos. Sin embargo, fueron ellos quienes ayudaron a convertir a Panamá, por primera vez, en escenario de un diálogo entre naciones americanas.

Y quizás esa sea una de las mejores maneras de honrar el bicentenario. Recordar no solamente la idea de Bolívar, sino también a los hombres que hicieron posible aquel encuentro en las difíciles condiciones del Panamá de 1826.

* El autor es ingeniero
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