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Cien años de ‘Seis Ensayos’

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América Latina se aproxima a la conmemoración del centenario de la publicación de “Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana” (1928) del peruano José Carlos Mariátegui y de “Seis Ensayos en busca de nuestra expresión” (1928) del dominicano Pedro Henríquez Ureña donde agrupa escritos redactados durante su estancia en Argentina donde vivió entre 1924 y 1946. Los “Siete ensayos” ya estaban publicados cuando el primero leyó al segundo tan pronto como el libro llegó al Perú formando parte de la colección argentina de obras latinoamericanas dirigida por Samuel Glusberg. La citada selección de textos se vendía en Lima en la entonces Calle Mantas nro.152, sede de la conocida revista “Mundial” (hoy desaparecida) de A. Aramburú, hebdomadario del cual Mariátegui era colaborador regular.

Mariátegui, en 1929, comentó positivamente “Seis Ensayos en busca de nuestra expresión” con el propósito de divulgar su contenido particularmente entre la intelectualidad peruana y sudamericana. Su artículo salió en la sección “Libros Americanos” de la mencionada revista que, en aquellos días, tenía alcance latinoamericano (“Mundial” nro. 471, año IX, Lima/Perú, 28 de junio de 1929).

En opinión del ideólogo peruano “los dos primeros ensayos: ‘El descontento y la promesa: en busca de nuestra expresión’ y ‘Caminos de nuestra historia literaria’ contienen lo más esencial del libro. En esos dos nutridos y sólidos escritos Henríquez logra un planteamiento de los problemas de nuestra literatura y de su orientación mucho más eficaz y hondo que embrollada o vagamente esbozan, sin tan precisos resultados, enteros volúmenes de historiografía y crítica literaria [...] Henríquez Ureña tiene las cualidades del humanista moderno, del crítico auténtico. Sus juicios no son nunca los del impresionista ni los del escolástico”. Esta descripción es medular si se toma en cuenta los intensos debates ideológicos generados, a nivel global, por la consolidación del socialismo y el surgimiento del fascismo; y a nivel regional, por el indigenismo y el antiimperialismo.

Mariátegui destaca la idea de Henríquez acerca de la función de la “energía nativa”, considerándola factor primario de toda creación americana. Sin negar raíces ancladas en el mundo latino y, por ende, occidental, Henríquez entiende que, en esos días, había una pugna constante entre condiciones materiales para el florecimiento de la literatura regional y una acentuada tendencia a la europeización que neutralizaba las construcciones intelectuales originarias o nativas. Afirma Henríquez que “el arte y la literatura no florecen en sociedades larvadas o inorgánicas, oprimidas por los más elementales y angustiosos problemas de crecimiento y estabilización”. Mariátegui opina que el dominicano “se coloca a este respecto en un terreno materialista e histórico”, por ello dice que el autor de “Seis ensayos” distingue “dos Américas, la buena y la mala. La primera es la que ha conseguido organizar aproximadamente su existencia según las reglas de la civilización occidental; la segunda es la que se debate aún en la contradicción entre las formas y exigencias de esta cultura y los densos rezagos tribales o feudales de la América primitiva o colonial. Y la literatura no escapa a una u otra influencia”. Afirmaciones que también coinciden con lo expresado en los “Siete ensayos” por Mariátegui.

Henríquez tiene palabras premonitorias -tomando en cuenta el agitado tiempo político en que fueron escritas- acerca de los próximos cuarenta años sobre los problemas literarios y artísticos del continente que, después, experimentaran un quiebre con la aparición del boom latinoamericano del siglo XX. “En el pasado -afirma- nuestros enemigos han sido la pereza y la ignorancia; en el futuro, sé que solo el esfuerzo y la disciplina darán la obra de expresión pura. Los hombres del ayer, en parte los del presente, tenemos excusa: el medio no nos ofrecía sino cultura atrasada y en pedazos; el tiempo nos lo han robado empeños urgentes, unas veces altos, otros humildes. Y, sin embargo, hasta fines del siglo XIX nuestra mejor literatura es obra de hombres ocupados en otra cosa: libertadores, presidentes de la república, educadores de pueblos combatientes de toda especie. La calamidad han sido los ociosos: esos poetas románticos, cuyo único oficio conocido era el de hacer versos, pero que eran incapaces de poner seriedad en la obra. Y lo que antes se veía en los románticos, ¿no se ve ahora en sus descendientes bajos designaciones distintas?”. Acertadamente señaló Mariátegui en su artículo que “es difícil comentar el libro de Henríquez Ureña sin ceder, a cada paso, a la tentación de citar textualmente sus palabras”.

“Seis ensayos” fue un éxito como lo fue “Ensayos críticos” (1905). Henríquez afirmaría más tarde sobre esta última obra que ”lo que más me satisfizo fueron las cartas de estímulo que recibí de algunas personalidades: Ricardo Palma (Lima), Juan Zorrilla de San Martín (Montevideo), José Santos Chocano (desde Madrid), Ricardo Jaimes Freire (desde Tucumán), Numa Pompilio Llona (Quito), José Enrique Rodó (Montevideo), Justo A. Facio (San José de Costa Rica), Gil Fortoul (desde Berlín), y otros” (Barrera, 2023).

La embajada peruana en Panamá, como parte de su plataforma cultural, divulgaba la revista Mundial en el istmo dado los intensos lazos históricos y familiares existentes, así que la columna de Mariátegui se vio favorecida por este esfuerzo diplomático y su opinión sobre Henríquez llegó a Centroamérica vía Panamá. Un año después, el presidente peruano Leguía fue depuesto por el comandante Luis M. Sánchez Cerro, jefe de la guarnición de Arequipa, quien se desentendió de toda iniciativa literaria.

* El autor es exembajador del Perú en Panamá, Guatemala y Honduras
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