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- 21/06/2026 11:46
El retorno a la afictionía: Ricardo J. Alfaro y la refundación de la diplomacia panameña en el siglo XXI
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Agrega La Estrella en Google ↗️La política exterior de una nación no puede ser el resultado de la improvisación coyuntural ni de la mera administración de sus ventajas logísticas. Para los Estados que carecen de un poderío militar o económico hegemónico, la política exterior es, ante todo, una expresión de su identidad histórica y de su autoridad moral. En el caso de la República de Panamá, esa identidad está indisolublemente ligada a una vocación bicentenaria: el ideal anfictiónico que nació en el histórico Congreso de 1826 convocado por el Libertador Simón Bolívar.
Aquel sueño decimonónico de transformar al istmo en el epicentro de la concordia, el arbitraje y la solidaridad intercontinental encontró su mayor traductor institucional en el siglo XX en la figura de Don Ricardo Joaquín Alfaro. Considerado con justicia el padre de la diplomacia panameña, Alfaro no se limitó a teorizar sobre la posición geográfica del país; su gran mérito radicó en sistematizar la vocación de encuentro de Panamá y transformarla en derecho internacional positivo y en doctrina diplomática.
Hoy, en el primer tercio del siglo XXI, Panamá se encuentra en una encrucijada geopolítica. El riesgo de caer en un pragmatismo transaccional, donde el país sea visto únicamente como una ruta de paso comercial o un centro financiero bajo constante escrutinio, lo cual obliga a volver la mirada hacia nuestras bases doctrinales.
A continuación, sustentaremos el por qué la revitalización del legado de Ricardo J. Alfaro, inspirado en la vocación anfictiónica, constituye la única hoja de ruta viable para refundar la diplomacia panameña y devolver al país su rol como actor estratégico en la gobernanza global.
El Legado de Alfaro: El Derecho como el Escudo de las Naciones Pequeñas
Para comprender el alcance del pensamiento de Ricardo J. Alfaro, es imperativo analizar el contexto hostil en el que le tocó actuar. Durante las primeras décadas de la era republicana, Panamá coexistía con la presencia de una potencia extranjera en las riberas del canal interoceánico. Frente a la asimetría de poder que imponía la geopolítica de la época, Alfaro comprendió con lucidez que la soberanía nacional no se defendería mediante la fuerza de las armas, sino a través de la excelencia jurídica y la arquitectura multilateral.
Alfaro elevó la tradición del foro panameño a una escala global. Su participación activa en la transición de la Sociedad de las Naciones hacia la Organización de las Naciones Unidas (ONU), plasmada en su firma en la Carta de San Francisco en 1945, no fue un acto protocolar. Fue la oportunidad para introducir en el debate global los principios de igualdad jurídica de los Estados y la solución pacífica de las controversias.
Su mayor contribución a la jurisprudencia internacional se materializó en su rol como miembro y presidente de la Comisión de Derecho Internacional de la ONU, donde fue el redactor principal del proyecto de “Declaración de Derechos y Deberes de los Estados” (1949). En dicho documento, Alfaro plasmó legalmente lo que el Congreso de 1826 buscaba políticamente: un orden internacional basado en reglas donde los Estados pequeños gozaran de las mismas prerrogativas e inmunidades que las grandes potencias.
Bajo la doctrina Alfaro, la geografía de Panamá dejaba de ser una debilidad o una causa de intervención para convertirse en un patrimonio al servicio del comercio mundial, resguardado por el derecho internacional.
El Contexto Actual: Los Riesgos del “Pragmatismo Transaccional”
En las últimas décadas, la política exterior panameña ha tendido hacia una desideologización técnica que, si bien potenció la expansión del hub logístico y marítimo tras la reversión del Canal, ha debilitado el peso específico del país en los foros políticos globales. Este fenómeno podríamos denominar como “pragmatismo transaccional”.
Al centrar la proyección internacional casi exclusivamente en la atracción de inversión extranjera directa y en la facilitación del tránsito de mercancías, Panamá ha descuidado su rol como generador de consensos. Las consecuencias de este vacío doctrinal son evidentes:
El país ha sido relegado con frecuencia a la defensiva institucional, teniendo que reaccionar constantemente ante listas discriminatorias y presiones de organismos fiscales internacionales.
En el ámbito regional, Panamá corre el riesgo de ser percibido como un observador pasivo frente a la creciente polarización política y las crisis complejas del continente.
El abandono de la doctrina anfictiónica ha despojado a la diplomacia panameña de su carácter proactivo. Cuando un Estado renuncia a proponer soluciones a los problemas del mundo, la comunidad internacional termina imponiéndole sus propias reglas. La vigencia de Alfaro radica en que nos recuerda que la relevancia de Panamá no se mide por las toneladas de carga que cruzan el istmo, sino por la capacidad de su diplomacia para influir en la estabilidad del orden internacional.
Planteamientos Estratégicos para una Política Exterior Anfictiónica Moderna
Alinear la política exterior de Panamá con los postulados de Alfaro y el ideal bolivariano requiere traducir los principios históricos en estrategias aplicables a la realidad contemporánea, y para ello propondría cuatro ejes fundamentales:
1. La Neutralidad Activa y la Sede de Mediación Global
El tratado de Neutralidad Permanente del Canal no debe ser visto como una limitación, sino como un activo diplomático. Panamá debe transicionar de una neutralidad pasiva a una “Neutralidad Activa”. Esto implica institucionalizar al país como la Sede Global de Mediación, Conciliación y Arbitraje para conflictos internacionales, comerciales y ambientales. Inspirado en el Congreso de 1826, el istmo debe ofrecer un territorio de seguridad jurídica y política donde las partes en conflicto puedan encontrar soluciones bajo el amparo del derecho internacional.
2. La Diplomacia Azul y Climática
En el siglo XXI, el concepto de anfictionía debe incorporar la sostenibilidad planetaria. La mayor amenaza para la vía interoceánica y la plataforma logística del país es el cambio climático y la escasez de recursos hídricos. Panamá debe liderar la agenda de la “Diplomacia Azul” a nivel global, convirtiéndose en el portavoz de los Estados con huella de carbono negativo y un defensor de la gobernanza de los océanos. Al ligar el funcionamiento del Canal a la preservación del agua y los ecosistemas, Panamá elevaría su interés nacional a la categoría de bien común para la humanidad.
3. El Multilateralismo basado en Reglas frente a las Listas Discriminatorias
Siguiendo la premisa de Alfaro sobre la igualdad de los Estados, Panamá debería adoptar una postura multilateral firme y técnica frente a los foros fiscales y regulatorios que imponen normativas de manera unilateral. La respuesta idónea no es el aislamiento ni la confrontación retórica, sino la exigencia de que los procesos de evaluación internacional se basen en el principio de reciprocidad, trato justo y debido proceso, elevando estas discusiones a los tribunales y organismos competentes del sistema de Naciones Unidas.
4. La Convocatoria a una Nueva Anfictionía Migratoria
La crisis humanitaria en el Tapón del Darién no puede seguir siendo abordada como una problemática local o meramente policial. Panamá, fiel a su espíritu de solidaridad continental, sería oportuno convocar a una “Moderna Anfictionía Americana”: un foro multilateral de alto nivel que reúna a los países de origen, tránsito y destino para diseñar una política migratoria hemisférica fundamentada en la corresponsabilidad, la seguridad compartida y la defensa irrestricta de los derechos humanos, tal como Alfaro lo hubiese planteado en el seno de la ONU.
La Herramienta Indispensable: La Reforma del Servicio Exterior “Al estilo Alfaro”
Ninguna estrategia de política exterior es realizable si el instrumento encargado de ejecutarla padece de debilidades institucionales. El gran anhelo de Ricardo J. Alfaro fue la profesionalización del servicio exterior panameño para erradicar el clientelismo que tradicionalmente ha afectado a la administración pública. Una reforma moderna de la carrera diplomática y consular debe estructurarse sobre tres pilares urgentes:
A. Blindaje de la Carrera y Meritocracia
Sobre este punto, es imperativo reformar la normativa vigente para elevar la cuota obligatoria de funcionarios de carrera tanto en el Servicio Exterior como en la Cancillería (embajadas, organismos multilaterales y direcciones sustantivas en la sede de la Cancillería) a un mínimo del 80%. Los nombramientos políticos deben quedar reducidos a una estricta minoría de destinos con alta sensibilidad presidencial. Asimismo, el sistema de ascensos debe ponderar más la experiencia de los funcionarios de carrera, rigiéndose exclusivamente por evaluaciones periódicas de desempeño, dominio de idiomas y producción académica.
B. Modernización Temática de la Academia Diplomática
La Dirección de Academia Diplomática de la Cancillería debe ser refundada para operar, no solo como un centro de inducción, sino como un “Think Tank” de pensamiento estratégico para el Estado. La Academia Diplomática debe plantearse de manera permanente el abordaje de temas críticos en la geopolítica contemporánea: ciberdiplomacia, inteligencia artificial, negociación de tratados ambientales complejos y seguridad de las cadenas de suministro globales.
C. Despolitización del Servicio Consular y la Marina Mercante
Siendo Panamá un registro de buques líder a nivel mundial, el servicio consular en puertos estratégicos (Singapur, Rotterdam, Shanghái, Tokio) no puede seguir siendo considerado un espacio de asignación política o de beneficio económico particular. La reforma debe exigir la fusión de los perfiles diplomáticos y consulares, asegurando que quienes lideren estas oficinas sean técnicos especializados en Derecho Marítimo Internacional y Comercio Exterior, con cuentas centralizadas y fiscalizadas de manera transparente por el Ministerio de Relaciones Exteriores.
El Destino es la Identidad
Para la República de Panamá, mirar hacia el futuro global no implica inventar una nueva doctrina geopolítica ni ensayar alianzas coyunturales que desdibujen su trayectoria histórica. El destino estratégico de la nación se encuentra en la fidelidad a su propia identidad.
El legado de Don Ricardo Joaquín Alfaro demostró al mundo entero que cuando Panamá fundamenta su actuación internacional en la solidez del derecho, la neutralidad constructiva y la vocación de encuentro, el factor del tamaño geográfico se diluye para dar paso a una potencia de carácter moral. El ideal anfictiónico de 1826 no es una utopía del pasado; es el marco de referencia idóneo para que un Panamá moderno, profesional e institucionalmente fortalecido vuelva a ser el eje de la concordia y el derecho en el concierto de las naciones del mundo.
Diplomático de carrera