Con un consumo per cápita de hasta 400 litros diarios —el más alto de la región—, Panamá enfrenta una crisis de eficiencia donde la mitad del agua procesada...
- 03/12/2022 00:00
Decodificando valores: La paradoja democrática
Actualmente vivimos en un mundo con múltiples sistemas de Gobierno, los cuales pueden dividirse en dos grupos principales: los autoritarios y los democráticos. En los autoritarios, como los de Catar, Corea del Norte, China, Irán, Rusia, Venezuela y casi todos los países árabes, se impone la voluntad de unos pocos sobre la mayoría de forma hereditaria, violenta y/o fraudulenta. Son estas minorías quienes, de forma organizada y en torno a una sola autoridad, controlan las libertades de los ciudadanos y los recursos de los países. En ellos, el pueblo puede aceptarlos o huir. De oponerse, el pueblo puede verse en la cárcel, torturado, expulsado o “desaparecido”, como pasa hoy en Irán y Rusia.
Pero la democracia tampoco es perfecta. Aunque el pueblo escoge pacífica y periódicamente a sus dirigentes, el “voto” o “puesto público” no llegan de la nada. Estos dependen de un complejo sistema de financiamiento, conexiones, favores, retórica y demás reglamentos, y muy poco en la provisión de soluciones a los problemas del “pueblo”, “demos” en griego. Esto, en mi opinión, es la paradoja democrática de hoy.
La democracia nos obliga a confiar en la integridad de los candidatos, aceptar coaliciones problemáticas, valorar “favores” políticos, además de tolerar una gran discrepancia entre las distintas y hasta opuestas facetas del heterogéneo pueblo. En teoría, los políticos deben informarse de lo que le preocupa a su población, recorriendo “las calles”, haciendo encuestas o informándose en los medios. Pero actuar según estas indagaciones depende más de su buena voluntad y menos de una clara amenaza a su puesto de control. Igual con funcionarios nombrados más por sus conexiones que por su mérito o productividad en contraste a la empresa privada, en donde el trabajador ineficaz es despedido.
Esta paradoja se agrava aún más cuando un candidato, para ser elegido por votación, necesita de una costosa campaña publicitaria. No es casualidad que muchos candidatos sean millonarios. Casi ningún pobre o desconocido recibe financiamiento político, aunque sea un genio o digno. Algunas democracias financian campañas políticas con el presupuesto del Estado, pero sin prohibir “donaciones” que luego serán gratificadas en más contratos, menos impuestos o favores judiciales o personales. Además de presupuesto, los candidatos necesitan alianzas y activistas, quienes, como en una pirámide Fonzi, motivan a otros activistas y estos a otros más, hasta llegar a las masas electorales.
Este proceso crea un sistema de deudas entre una minoría de líderes, empresarios y oligarquía de la cúspide de la pirámide ciudadana, quienes luego ejercerán su voluntad sobre el resto. Irónicamente, es este pueblo en la base piramidal el cual más depende de las decisiones del Gobierno. En este sistema, el elegido político debe ajustarse a los deseos de sus “inversionistas” y no a los de la mayoría, quienes solo podrán expresar su oposición, protesta, huelga o propaganda. En democracias parlamentarias la situación es aún peor. Por ejemplo, en la Alemania de 1933, el partido de Adolf Hitler se convirtió en el segundo más grande, con tan solo 36 % de los votos, obligando a Hindenburg a nombrarlo canciller y el resto es historia.
La paradoja democrática tiene su solución: el poder debe limitase y balancearse a que no esté concentrado en un pequeño grupo (como hicieron los americanos), debe aumentarse la transparencia y el sistema de consulta aprovechándose de los avances tecnológicos actuales (hasta WhatsApp añadió posibilidad de encuestas). Pero en muchas democracias, como las latinoamericanas, este balance y responsabilidad personal (en inglés “accountability”) no podrá lograrse mientras cueste tanto llegar al poder. ¿Cómo esperaremos hoy que el cuerpo legislador limite su poder después de haberse endeudado tanto para conseguirlo? Aun así, debemos valorar nuestra democracia viendo las atrocidades que pasan hoy en países autoritarios. Tan solo debemos actualizarla y mejorarla, apoyando más a candidatos con valores personales y sociales y menos con valores financieros. Como lo afirmó Churchill: “La democracia es la peor forma de gobierno, excepto por todas las demás”.